lunes, 30 de noviembre de 2015

E.M. Cioran


“Si tuviese el poder, destruiría al hombre, limpiaría de la tierra su huella y la dejaría libre para que la naturaleza recupere lo que siempre ha sido suyo. Y quizá, en un futuro lejano, la evolución haría que un nuevo ser inteligente poblara este planeta. Porque no considero que el hombre sea un ser superior, ni inteligente, creo que es un ser peligroso por su gran (casi ilimitada) capacidad de contaminación.”

Ryunosuke Akutagawa - Muerte.


Ryunosuke Akutagawa.
Diario de un Loco, 1927.
44. Muerte.

Bueno era que estuviera durmiendo solo. Ató una faja a la reja de la ventana. Pero al insertar su cuello en el nudo, el terror a la muerte lo arrasó. El miedo, sin embargo, no era a la agonía de la muerte. En el siguiente intento, tenía en la mano un reloj de bolsillo, para medir el tiempo de la estrangulación. Había sólo un instante de sufrimiento, después todo empezaba a embotarse. Si al menos pudiera cruzar al otro lado, entraría en la muerte. Estudió su reloj. El dolor había durando alrededor de un minuto y veinte segundos. Del otro lado de la ventana enrejada la oscuridad era total. En la oscuridad, desgarrándola, el canto de un gallo.

Kenneth Rexroth - Las ventajas de aprender.


Soy un hombre sin ambiciones
Y con pocos amigos, totalmente incapaz
De ganarse la vida, que no
Rejuvenece, fugitivo de alguna condena.
Solitario, mal vestido, qué importa?
A medianoche me preparo una taza
De vino blanco caliente y semillas de cardamomo.
En una rasgada bata gris y vieja boina,
Me siento en el frío a escribir poemas,
A dibujar desnudos en los arrugados márgenes,
A copular con quinceañeras
Ninfómanas de mi imaginación.

martes, 28 de julio de 2015

Ciclo de Poesía / Desmadres


El día Viernes 31 de Julio del 2015 / a las 20:00 hrs / en Casa Fawaz / ubicada en San Antonio 508 local 17E / estaré junto a otros poetas leyendo mis imprecaciones / habrán diversas propuestas artísticas / siempre acompañados de un buen vino / Agur!

Cesare Pavese - Trabajar cansa.



Atravesar una calle para escapar de casa
puede hacerlo un muchacho, pero este hombre que anda
todo el día por las calles ya no es un muchacho
y no escapa de casa.

Hay tardes de verano
en que hasta las plazas se vacían, tendidas
bajo el sol declinante, y este hombre que llega
a una alameda de inútiles hierbas, se detiene.
¿Vale la pena estar solo, para estar siempre más solo?
Caminar por caminar; las plazas y las calles
están solas. Es preciso detener a una mujer,
hablarle y persuadirla de vivir juntos.
De no ser así, uno habla a solas. Es por esto que a veces
el borracho nocturno comienza a farfullar
y relata los proyectos de toda la vida.

No es verdad que esperando en la plaza desierta
el encuentro se dé con alguno; pero quien va por las calles
se detiene de vez en cuando. Si fueran dos,
aun andando en las calles, la casa estaría
donde aquella mujer y valdría la pena.
En la noche, la plaza vuelve a quedarse vacía
y este hombre, que pasa sin mirar las casas
entre inútiles luces, ya no levanta sus ojos:
sólo mira el empedrado hecho por otros hombres
de manos endurecidas, como las suyas.
No es justo quedarse en la plaza desierta.
Es seguro que existe esa mujer en la calle
que, rogándoselo, quisiera consolar esa casa.

miércoles, 1 de julio de 2015

Pedro Lemebel - La noche de los visones (o la última fiesta de la Unidad Popular)


Santiago se bamboleaba con los temblores de tierra y los vaivenes políticos que fracturaban la estabilidad de la joven Unidad Popular. Por los aires un vaho negruzco traía olores de pólvora y sonajeras de ollas, "que golpeaban las señoras ricas a dúo con sus pulseras y alhajas". Esas damas rubias que pedían a gritos un golpe de estado, un cambio militar que detuviera el escándalo bolchevique. Los obreros las miraban y se agarraban el bulto ofreciéndoles sexo, riéndose a carcajadas, a toda hilera de dientes frescos, a todo viento libre que respiraban felices cuando hacían cola frente a la UNCTAD para almorzar. Algunas locas se paseaban entre ellos, simulando perder el vale de canje, buscándolo en sus bolsos artesanales, sacando pañuelitos y cosméticos hasta encontrarlo con grititos de triunfo, con miradas lascivas y toqueteos apresurados que deslizaban por los cuerpos sudorosos. Esos músculos proletarios en fila, esperando la bandeja del comedor popular ese lejano diciembre de 1972. Todas eran felices hablando de Música Libre, el lolo Mauricio y su boca aceituna, de su corte de pelo a lo Romeo. De sus jean's pata de elefante tan apretados, tan ceñidos a las caderas, tan apegados a su ramillete de ilusiones. Todas lo amaban y todas eran sus amantes secretas. "Yo lo vi. A mí me dijo. El otro día me lo encuentro". Se apresuraban a inventar historias con el príncipe mancebo de la TV, asegurando que era de los nuestros, que también se le quemaba el arroz y una prometió llevarlo a la fiesta de año nuevo. A esa gran comilona que había prometido la Palma, esa loca rota que tiene puesto de pollos en la Vega, que quiere pasar por regia e invitó a todo Santiago a su fiesta de fin de año. Y dijo que iba a matar veinte pavos para que las locas se hartaran y no salieran pelando. Porque ella estaba contenta con Allende y la Unidad Popular, decía que hasta los pobres iban a comer pavo ese año nuevo. Y por eso corrió la bola que su fiesta sería inolvidable.

Todo el mundo estaba invitado, las locas pobres, las de Recoleta, las de mediopelo, las del Blue Ballet, las de la Carlina, las callejeras que patinaban la noche en la calle Huérfanos, la Chumilou y su pandilla travesti, las regias del Coppelia y la Pilola Alessandri. Todas se juntaban en los patios de la UNCTAD para imaginar los modelitos que iban a lucir esa noche. Que la camisa de vuelos, que el cinturón Saint Tropez, que los pantalones rayados, no mejor los anchos y pisados como maxi falda, con zuecos y encima tapados de visón, suspiró la Chumilou. "De conejo querrás decir linda porque no creo que tengas un visón". "Y tú regia. ¿De qué color es el tuyo?". "Yo no tengo dijo la Pilola Alessandri pero mi mamá tiene dos". "Tendría que verlos". "Cuál quieres ¿El blanco o el negro?". Los dos dijo desafiante la Chumilou; "El blanco para despedir el 72 que ha sido una fiesta para nosotros los maricones pobres. Y el negro para recibir el 73, que con tanto güeveo de cacerolas, se me ocurre que viene pesado". Y la Pilola Alessandri que había ofrecido los abrigos, no pudo echarse para atrás, y esa noche de año nuevo llegó en taxi a la UNCTAD, y después de los abrazos sacó las inmensas pieles sustraídas a la mamá, diciendo que eran auténticos, que el papá los había comprado en la Casa Dior de París, y que si algo les pasaba la mataban. Pero las locas no la escucharon envolviéndose en los pelos, posando y modelando mientras caminaban a tomar la micro para Recoleta, comentando que ninguna había probado bocado, menos la Pilola que en el apuro por sacar los abrigos, se había perdido la espléndida cena familiar con langosta y caviar, por eso estaba muerta de hambre, con el estómago hecho un nudo, desesperada por llegar donde la Palma a probar los pavos de la rota.

Al cruzar el grupo frente a una comisaría, las regias se adelantaron para no tener problemas, pero igual los pacos algo gritaron. Entonces la Chumilou se detuvo, y haciendo resbalar el visón por su hombro, sacó un abanico y les dijo que estaba preparada para la noche. Después en la micro, no dejó de arrastrar el tapado por el pasillo haciéndose la azafata. Cantando un cuplé, transformando el viaje en un show de risas y tallas que respondían las otras acaloradas por el verano nocturno. Cuando llegaron, no quedaban rastros de pavo; una ponchera de vino con frutas y trozos mordidos de canapés regaban la mesa. La Palma pidiendo disculpas, corriendo de un lado a otro porque habían llegado las regias, las famosas, las pitucas culturales, las chupás de muelas bajando del avión. Esas rucias estiradas que en la calle Huérfanos le hacían desprecios, las mismas locas jai que odiaban a Allende y su porotada popular. Ellas, que derramaban chorros de perlas lagrimeras porque a la mamá los rotos le habían expropiado el fundo. La Astaburuaga, la Zañartu y la Pilola Alessandri, tan peladoras, tan conchudas, tan elegantes con sus abrigos de visón. Porque llegaron hasta Recoleta con abrigos de visón, como la Taylor, como la Dietrich, en micro. No te digo. El barrio se despobló para verlas, a ellas tan sofisticadas como estrellas de cine, como modelos de la revista Paula. Y las viejas pobladoras no lo podían creer, se quedaron sin habla cuando las vieron entrar a la casa de la Palma. A esa fiesta coliza que ella había preparado por meses. Y al verlas llegar, todas empieladas, con ese calor, mirando con asco la casa, diciendo de reojo; regio tu plaqué niña, por los candelabros de yeso que decoraban la mesa. La pobre mesa con mantel plástico donde nadaban algunos huesos de pollo y restos de comida. La Palma no hallaba donde meterse, dando explicaciones, reiterando que había tanta comida; veinte pavos, champaña por cajas, ensaladas y helados de todos los sabores. Pero estas locas rotas son tan hambrientas, no dejaron nada, se lo comieron todo. Como si viniera una guerra.

Toda la noche salpicaron las cumbias maricuecas ese primer amanecer del año 73. Al correr la farra con nuevas botellas de pisco y garrafas de vino que mandaron a comprar las regias, los matices sociales se confundieron en brindis, abrazos y calenturas desplegadas por el patio engalanado con globos y serpentinas. Alianzas de ghetto, seducciones comunes, agarrones de nalgas y apretones de los vecinos obreros que llegaban a saludar a las regias Pompadour, amigas de la dueña de casa. Conchazos y más ironías que estallaban en risas e indirectas por la ausente comilona. En medio de la música, la Pilola gritaba: "Se te volaron los pavos niña", y otra vez la Palma volvía a las explicaciones, juntaba los andamios descarnados y las plumas, mostrando un cementerio de huesos que fue arrumbando en el centro de la mesa. Al comienzo fue el bochorno sonrojado de la dueña de casa disculpándose, cuando paraban la cumbia y las regias gritaban: "Ataja ese pavo niña", pero después el alcohol y la borrachera transformó la vergüenza en un juego. Por todos lados, las locas juntaban huesos y los iban arreglando en la mesa como una gran pirámide, como una fosa común que iluminaron con velas. Nadie supo de dónde una diabla sacó una banderita chilena que puso en el vértice de la siniestra escultura. Entonces la Pilola Alessandri se molestó, e indignada dijo que era una falta de respeto que ofendía a los militares que tanto habían hecho por la patria. Que este país era un asco populachero con esa Unidad Popular que tenía a todos muertos de hambre. Que las locas rascas no sabían de política y no tenían respeto ni siquiera por la bandera. Y que ella no podía estar ni un minuto más allí, así que le pasaran los visones porque se retiraba. ¿Qué visones niña?, le contestó la Chumilou echándose aire con su abanico. Aquí las locas rascas no conocemos esas cosas. Además con este calor. ¿En pleno verano?. Hay que ser muy tonta para usar pieles linda. Entonces el grupo de pitucas cayó en cuenta que hacía mucho rato no veían las finas pieles. Llamaron a la dueña de casa, que borracha, aún seguía coleccionando huesos para elevar su monumento al hambre. Buscaron por todos los rincones, deshicieron las camas, preguntaron en el vecindario, pero nadie recordaba haber visto visones blancos volando en las fonolas de Recoleta. La Pilola no aguantó más y amenazó con llamar a su tío comandante si no aparecían los abrigos de la mamá. Pero todas las locas la miraron incrédulas, sabiendo que nunca lo haría por temor a que su honorable familia se enterara de su resfrío. La Astaburuaga, la Zañartu y unas cuantas arribistas solidarias con la pérdida, se retiraron indignadas jurando no pisar jamás ese roterío. Y mientras esperaban en la calle algún taxi que las sacara de esos tierrales, la música volvió a retumbar en la casucha de la Palma, volvieron los tiritones de pelvis y el mambo número ocho dio inicio al show travesti. De pronto alguien cortó la música y todas gritaron a coro: "Se te voló el visón niña. Ataja ese visón".

El primer amanecer del 73, fue una gasa descolorida sobre las bocas abiertas de los colizas durmiendo desmadejados en la casa de la Palma. Por todos lados las cenizas de los cigarros, bajo el parrón las guirnaldas pisoteadas. Leves quejidos de ensarte se oían en las revueltas camas. Vasos a medio tomar, mecidos por el vaivén de una cacha en reposo, risitas calladas recordando el vuelo del visón. Y esa luz hueca entrando por las ventanas, esa luz de humo flotando a través de la puerta abierta de par en par. Como si la casa hubiera sido una calavera iluminada desde el exterior. Como si las locas durmieran a raja suelta en ese hotel cinco calaveras. Como si el huesario velado, erigido aún en medio de la mesa, fuera el altar de un devenir futuro, un pronóstico, un horóscopo anual que pestañeaba lágrimas negras en la cera de las velas, a punto de apagarse, a punto de extinguir la última chispa social en la banderita de papel que coronaba la escena.

Desde ahí, los años se despeñaron como derrumbe de troncos que sepultaron la fiesta nacional. Vino el golpe y la nevazón de balas provocó la estampida de las locas que nunca más volvieron a danzar por los patios floridos de la UNCTAD. Buscaron otros lugares, se reunieron en los paseos recién inaugurados de la dictadura. Siguieron las fiestas, más privadas, más silenciosas, con menos gente educada por la cripta del toque de queda. Algunas discotecas siguieron funcionando, porque el régimen militar nunca reprimió tanto al coliseo como en Argentina o Brasil. Quizás, la homosexualidad acomodada nunca fue un problema subversivo que alterara su pulcra moral. Quizás, había demasiadas locas de derecha que apoyaban el régimen. Tal vez su hedor a cadáver era amortiguado por el perfume francés de los maricas del barrio alto. Pero aun así, el tufo mortuorio de la dictadura fue un adelanto del SIDA, que hizo su estreno a comienzos de los ochenta.

De aquella sinopsis emancipada, sólo quedó la UNCTAD, el gran elefante de cemento que por muchos años albergó a los militares. Luego la democracia fue recuperando las terrazas y patios, donde ya no quedan las esculturas que donaron los artistas de la Unidad Popular. También los enormes auditoriums y salas de conferencias, donde hoy se realizan foros y seminarios sobre homosexualidad, SIDA, utopías y tolerancias.

De esa fiesta sólo existe una foto, un cartón deslavado donde reaparecen los rostros colizas lejanamente expuestos a la mirada presente. La foto no es buena, pero salta a la vista la militancia sexual del grupo que la compone. Enmarcados en la distancia, sus bocas son risas extinguidas, ecos de gestos congelados por el flash del último brindis. Frases, dichos, muecas y conchazos cuelgan del labio a punto de caer, a punto de soltar la ironía en el veneno de sus besos. La foto no es buena, está movida, pero la bruma del desenfoque aleja para siempre la estabilidad del recuerdo. La foto es borrosa, quizás porque el tul estropeado del SIDA, entela la doble desaparición de casi todas las locas. Esa sombra, es una delicada venda de celofán que enlaza la cintura de la Pilola Alessandri, apoyando su cadera maricola en el costado derecho de la mesa. Ella se compró la epidemia en Nueva York, fue la primera que la trajo en exclusiva, la más auténtica, la recién estrenada moda gay para morir. La última moda fúnebre que la adelgazó como ninguna dieta lo había conseguido. La dejó tan flaca y pálida como una modelo del Vogue, tan estirada y chic como un suspiro de orquídea. El SIDA le estrujó el cuerpo y murió tan apretada, tan fruncida, tan estilizada y bella en la economía aristócrata de su mezquina muerte.

La foto no es buena, no se sabe si es blanco y negro o si el color se fugó a paraísos tropicales. No se sabe si el rubor de las locas o las mustias rosas del mantel plástico, las fue lavando la lluvia y las inundaciones, mientras la foto estuvo colgada de un clavo en la casucha de la Palma. Es difícil descifrar su cromatismo, imaginar colores en las camisas goteadas por la escarcha del invierno pobre. Solamente un aura de humedad, amarilla el único color que aviva la foto. Solamente esa huella mohosa enciende el papel, lo diluvia en la mancha sepia que le cruza el pecho a la Palma. La atraviesa, clavándola como a un insecto en el mariposario del SIDA popular. Ella se lo pegó en Brasil, cuando vendió el puesto de pollos que tenía en la Vega, cuando no aguantó más a los milicos, y dijo que se iba a maraquear a las arenas de Ipanema. Para eso una es loca y tiene que vivir en carnaval y zambearse la vida. Además con el dólar a 39 pesos, la piñata carioca estaba al alcance de la mano. La oportunidad de ser reina por una noche al costo de una vida. Y que fue, dijo en el aeropuerto imitando a las cuicas. "Una se gasta lo que tiene no más".

Y fue generoso el SIDA que le tocó a la Palma, callejeado, revolcado con cuanto perdido hambriento le pedía sexo. Casi podría decirse que lo obtuvo en bandeja, compartido y repartido hasta la saciedad por los viaductos ardientes de Copacabana. La Palma sorbió el suero de Kapossi hasta la última gota, como quien se harta de su propio fin sin miramientos. Ardiendo en fiebre, volvía a la arena, repartiendo la serpentina contagiosa a los vagos, mendigos y leprosos que encontraba a la sombra de su Orfeo Negro. Un SIDA ebrio de samba y partusa la fue hinchando como un globo descolorido, como un condón inflado por los resoplidos de su ano piadoso. Su ano filántropo, retumbando panderetas y timbales en el ardor de la colitis sidosa. Así fuera una fiesta, una escola de samba para morir lentejuelada y dispersa en el tumbar de las favelas, en el perfume africano suelto, mojando de azabache la rua, la avenida Atlántida, la calle de Río siempre dispuesta a pecar y a cancelar en carne los placeres de su delirio.

La Palma regresó y murió feliz en su desrajada agonía. Se despidió escuchando la música de Ney Matogrosso, susurrando el saudade de la partida. En otra fiesta nos vemos, dijo triste mirando la foto clavada en las tablas de su miseria. Y antes de cerrar los ojos, pudo verse tan joven, casi una doncella sonrojada empinando la copa y un puñado de huesos en aquel verano del 73. Se vio tan bella en el espejo de la foto, arrebozada por el visón blanco de la Pilola, se vio tan regia en la albina aureola de los pelos, que detuvo la mano huesuda de la Muerte para contemplarse. Le dijo a la Pálida espérate un poco, y se agarró un momento más de la vida para saciar su narciso empielado. Luego relajó los párpados y se dejó ir, flotando en la seda de ese recuerdo.

La foto no es buena, la toma es apresurada por el revoltijo de locas que rodean la mesa, casi todas nubladas por la pose rápida y el "loco afán" por saltar al futuro. Pareciera una última cena de apóstoles colizas, donde lo único nítido es la pirámide de huesos en el centro de la mesa. Pareciera un friso bíblico, una acuarela del Jueves Santo atrapada en los vapores de la garrafa de vino que sujeta la Chumilou, como cáliz chileno. Ella se puso al centro, ocupó el lugar de Cristo a falta de luminarias. Empinada en los veinte centímetros de sus zuecos, la Chumilou destaca su glamour travesti. El visón negro de la Pilola, apenas resbalado por la blancura de los hombros, es un abrazo animal que entibia su frágil corazón, su delicado suspiro de virgen nativa. Toda capullo, toda botón de rosa enguantada en el ramaje del visón. Alguna foto del cine la recuerda altiva en la mejilla que ofrece un beso. Sólo un beso parece decir la Chumilou al lente de la cámara que arrebata su gesto. Un solo beso del flash para granizarla de brillos, para dejarla encandilada por el relámpago de su propio espejo. Su mentiroso espejo, su falsa imagen de diva proletaria apechugando con el kilo de pan y los tomates para el desayuno de su familia. Jugándoselas todas en la esquina del maraqueo sodomita, peleando a navajazos su territorio prostibular. La Chumilou era brava decían las otras travestis. La Chumilou era de armas tomar cuando alguna aparecida le quitaba un cliente. Ella era la preferida, la más buscada, el único consuelo de los maridos aburridos que se empotaban con su olor de maricón ardiente. Por eso, el aguijón sidoso la eligió como carnada de su pesca milagrosa. Por trágatelas todas, por comenunca, por incansable cachera de la luna monetaria. Por golosa, no se fijó que en la cartera ya no le quedaban condones. Y eran tantos billetes, tanta plata, tantos dólares que pagaba ese gringo. Tanto maquillaje, máquinas de afeitar y cera depilatoria. Tantos vestidos y zapatos nuevos para botar los zuecos pasados de moda. Tanto pan, tantos huevos y tallarines que podía llevar a su casa. Eran tantos sueños apretados en el manojo de dólares. Tantas bocas abiertas de los hermanos chicos que la perseguían noche a noche. Tantas muelas cariadas de la madre que no tenía plata para el dentista, y la esperaba en su insomne madrugada con ese clavo ardiendo. Eran tantas deudas, tantas matrículas de colegio, tanto por pagar, porque ella no era ambiciosa como decían los otros colas. La Chumilou se conformaba con poco, apenas una pilcha de la ropa americana, una blusita, una falda, un trapo ajado que la madre cosía por aquí, entraba por acá, pegándole encajes y brillos, acicalando el uniforme laboral de la Chumi. Diciéndole que tuviera cuidado, que no se metiera con cualquiera, que no olvidara el condón, que ella misma se los compraba en la farmacia de la esquina, y tenía que pasar la vergüenza de pedirlos. Pero esa noche no le quedaba ninguno, y el gringo impaciente, urgido por montarla, ofreciendo el abanico verde de sus dólares. Entonces la Chumi cerró los ojos y estirando la mano agarró el fajo de billetes. No podía ser tanta su mala suerte que por una vez, una sola vez en muchos años que lo hacía en carne viva, se iba a pegar la sombra. Y así la Chumi, sin quererlo, cruzó el pórtico entelado de la plaga, se sumergió lentamente en las viscosas aguas y sacó pasaje de ida en la siniestra barca. Fue un secuestro inevitable, decía. Además ya he vivido tanto, han sido tan largos mis veinticinco años, que la muerte me cae y la recibo como vacaciones. Solamente quiero que me encierren vestida de mujer; con mi uniforme de trabajo, con los zuecos plateados y la peluca negra. Con el vestido de raso rojo que me trajo tan buena suerte. Nada de joyas, los diamantes y esmeraldas se los dejo a mi mamá para que se arregle los dientes. El fundo y las casas de la costa para mis hermanos chicos que merecen un buen futuro. Y para las colas travestis, les dejo la mansión de cincuenta habitaciones que me regaló el Sheik. Para que hagan una casa de reposo para las más viejas. No quiero luto, nada de llantos, ni esas coronas de flores rascas compradas a la rápida en la pérgola. Menos esas siempre vivas tiesas que nunca se secan, como si uno no terminara nunca de morirse. A lo más una orquídea mustia sobre el pecho, salpicada con gotas de lluvia. Y los cirios eléctricos, que sean velas. Muchas velas. Cientos de velas por el piso, por todos lados, bajando la escalera, chispeando en la calle San Camilo, Maipú, Vivaceta y La Sota de Talca. Tantas velas como en el apagón, tantas como desaparecidos. Muchas llamitas salpicando la basta mojada de la ciudad. Como lentejuelas de fuego para nuestras lluviosas calles. Tantas como perlas de un deshilvanado collar, miles de velas como monedas de una alcancía rota. Tantas velas como estrellas arrancadas del escote. Tantas, como chispas de una corona para iluminar la derrota... Necesito ese cálido resplandor para verme como recién dormida. Apenas rosada por el beso murciélago de la muerte. Casi irreal, en la aureola temblorosa de las velas, casi sublime sumergida bajo el cristal. Que todos digan: Si parece que la Chumi está durmiendo, como la bella durmiente, como una virgen serena e intacta que el milagro de la muerte le borró las cicatrices. Ni rastros de la enfermedad; ni hematomas, ni pústulas, ni ojeras. Quiero un maquillaje níveo, aunque tengan que rehacerme la cara. Como la Ingrid Bergman en Anastasia, como la Betty Davis en Jetzabel, casi una chiquilla que se durmió esperando. Y ojalá sea de madrugada, como al regresar a casa de palacio, después de bailar toda la noche. Nada de misas, ni curas, ni prédicas latosas. Ni pobrecito el cola, perdónelo señor para entrar en el santo reino. Nada de llantos, ni desmayos, ni despedidas trágicas. Que me voy bien pagá, bien cumplida como toda cupletera. Que ni falta me hacen los responsos ni los besos que me negó el amor... Ni el amor. Miren que ahí voy cruzando la espuma. Mírenme por última vez envidiosas, que ya no vuelvo. Por suerte no regreso. Siento la seda empapada de la muerte amordazando mis ojos, y digo que fui feliz este último minuto. De aquí no me llevo nada, porque nunca tuve nada y hasta eso lo perdí.

La Chumilou murió el mismo día que llegó la democracia, el pobre cortejo se cruzó con las marchas que festejaban el triunfo del NO en la Alameda. Fue difícil atravesar esa multitud de jóvenes pintados, flameando las banderas del arcoiris, gritando, cantando eufóricos, abrazando a las locas que acompañaban el funeral de la Chumi. Y por un momento se confundió duelo con alegría, tristeza y carnaval. Como si la muerte hiciera un alto en su camino y se bajara de la carroza a bailar un último pie de cueca. Como si aún se escuchara la voz moribunda de la Chumi, cuando supo el triunfo de la elección. Dénle mis saludos a la democracia, dijo. Y parecía que la democracia en persona le devolvía el saludo, en los cientos de jóvenes descamisados que se encaramaron a la carroza, brincando sobre el techo, colgándose de las ventanas, sacando pintura spray y rayando todo el vehículo con grafitis que decían: Adiós Tirano. Hasta nunca Pinocho. Muerte al Chacal. Así, ante los horrorizados ojos de la mamá de la Chumi, la carroza quedó convertida en un carro alegórico, en una murga revoltosa que acompañó el sepelio por varias cuadras. Después retomó su marcha enlutada, su trote paquidermo por las desiertas calles hacia el cementerio. Entre las coronas de flores, alguien ensartó una bandera con el arcoiris vencedor. Una bandera blanca cruzada de colores que acompañó a la Chumi hasta su jardín de invierno.

Tal vez, la foto de la fiesta donde la Palma, es quizás el único vestigio de aquella época de utopías sociales, donde las locas entrevieron aleteos de su futura emancipación. Entretejidas en las muchedumbres, participaron de aquella euforia. Tanto a la derecha como a la izquierda de Allende, tocaron cacerolas y protagonizaron desde su anonimato público, tímidos destellos, balbuceantes discursos que irían conformando su historia minoritaria en pos de la legalización.

Del grupo que aparece en la foto, casi no quedan sobrevivientes. El amarillo pálido del papel, es un sol desteñido como desahucio de las pieles que enfiestan el daguerrotipo. La suciedad de las moscas, fue punteando de lunares las mejillas, como adelanto maquillado del sarcoma. Todas las caras aparecen moteadas de esa llovizna purulenta. Todas las risas que pajarean en el balcón de la foto, son pañuelos que se despiden en una proa invisible. Antes que el barco del milenio atraque en el dos mil, antes, incluso, de la legalidad del homosexualismo chileno, antes de la militancia gay que en los noventa reunió a los homosexuales, antes que esa moda masculina se impusiera como uniforme del ejército de salvación, antes que el neoliberalismo en democracia diera permiso para aparearse. Mucho antes de estas regalías, la foto de las locas en ese año nuevo se registra como algo que brilla en un mundo sumergido. Todavía es subversivo el cristal obsceno de sus carcajadas, desordenando el supuesto de los géneros. Aún, en la imagen ajada, se puede medir la gran distancia, los años de la dictadura que educaron virilmente los gestos. Se puede constatar la metamorfosis de las homosexualidades en el fin de siglo; la desfunción de la loca sarcomida por el SIDA, pero principalmente diezmada por el modelo importado del estatus gay, tan de moda, tan penetrativo en su tranza con el poder de la nova masculinidad homosexual. La foto despide el siglo con el plumaje raído de las locas aún torcidas, aún folclóricas en sus ademanes ilegales. Pareciera un friso arcaico donde la intromisión del patrón gay, todavía no había puesto su marca. Donde el territorio nativo aún no recibía el contagio de la plaga, como recolonización a través de los fluidos corporales. La foto de aquel entonces, muestra un carrusel risueño, una danza de risas gorrionas tan jóvenes, tan púberes en su dislocada forma de rearmar el mundo. Por cierto, otro corpus tribal diferenciaba sus ritos. Otros delirios enriquecían barrocamente el discurso de las homosexualidades latinoamericanas. Todavía la maricada chilena tejía futuro, soñaba despierta con su emancipación junto a otras causas sociales. El "hombre homosexual" o "mister gay", era una construcción de potencia narcisa que no cabía en el espejo desnutrido de nuestras locas. Esos cuerpos, esos músculos, esos bíceps que llegaban a veces por revistas extranjeras, eran un Olimpo del Primer Mundo, una clase educativa de gimnasia, un físicoculturismo extasiado por su propio reflejo. Una nueva conquista de la imagen rubia que fue prendiendo en el arribismo malinche de las locas más viajadas, las regias que copiaron el modelito en New York y lo transportaron a este fin de mundo. Y junto al molde de Superman, precisamente en la aséptica envoltura de esa piel blanca, tan higiénica, tan perfumada por el embrujo capitalista. Tan diferente al cuero opaco de la geografía local. En ese Apolo, en su imberbe mármol, venía cobijado el síndrome de inmuno deficiencia, como si fuera un viajante, un turista que llegó a Chile de paso, y el vino dulce de nuestra sangre lo hizo quedarse.

Seguramente, el final común que compartieron la Palma, la Pilola Alessandri y la Chumilou, habla del SIDA como de un repartidor público ausente de prejuicios sociales. Una fatídica generosidad ostenta la mano sidada en su clandestina repartija. Parece decir: Hay para todos, no se agolpen. Que no se va a agotar, no se preocupen. Hay pasión y calvario para rato, hasta que encuentren el antídoto.

Quizás, las pequeñas historias y las grandes epopeyas nunca son paralelas, los destinos minoritarios siguen escaldados por las políticas de un mercado siempre al acecho de cualquier escape. Y en este mapa ultracontrolado del modernismo, las fisuras se detectan y se parchan con el mismo cemento, con la misma mezcla de cadáveres y sueños que yacen bajo los andamios de la pirámide neoliberal. Quizás la última chispa en los ojos de la Palma, la Pilola Alessandri y la Chumilou, fue un deseo. Más bien tres deseos que se quedaron esperando el visón perdido en esa fiesta. Porque nunca se supo dónde fueron a parar las regias pieles de la Pilola. Se esfumaron en el aire de aquella noche de verano, como un sueño robado que siguió construyendo la anécdota más allá de la nostalgia. Especialmente en el invierno cero positivo de las locas, cuando el algodón nevado de la epidemia escarchó sus pies.

viernes, 26 de junio de 2015

Jesús Lizano - Las Ratas.


Las ratas,
insidiosas, peludas,
voraces, ingratas,
innumerables, puntiagudas,
alucinantes, piratas,
escurridizas, zancudas,
por los rincones, por las escalinatas,
cataratas de ratas,
expectantes y mudas,
selva de dientes, de patas,
enormes, menudas,
mortificantes, peliagudas,
a saltos, a gatas,
agobiantes, cornudas,
lúgubres, insensatas...
Las ratas:
¡las dudas!

jueves, 18 de junio de 2015

D. H. Lawrence - Democracia.


Soy demócrata cuando amo el sol libre que encuentro en
Los hombres,
y aristócrata cuando detesto a los posesivos, a los
de entrañas mezquinas.

En todo hombre amo el sol
cuando lo veo entre sus cejas,
claro, sin temor, aun pequeño.

Pero cuando veo esos grisáceos hombres de éxito
tan pestilentes y cadavéricos, absolutamente sin sol,
como groseros esclavos de la prosperidad,
balanceándose mecánicamente,
entonces soy más que radical, y quiero manejar una guillotina.

Y cuando veo obreros,
pálidos y sórdidos como insectos, hormigueando
y viviendo como piojos por un poco de dinero,
y no mirando nunca hacia arriba,
entonces quisiera como Tiberio,
que la muchedumbre tuviera una sola cabeza
para podérsela hachar.

Siento que cuando los hombres pierden el sol
no deben existir más.

César Moro - La vida escandalosa de César Moro.


Dispérsame en la lluvia o en la humareda de las torrentes que pasan
Al margen de la noche en que nos vemos tras el correr de nubes
Que se muestran a los ojos de los amantes que salen
De sus poderosos castillos de torres de sangre y de hielo
Teñir el hielo rasgar el salto de tardíos regresos

Mi amigo el rey me acerca al lado de su tumba real y real
Donde Wagner hace la guardia a la puerta con la fidelidad
Del can royendo el hueso de la gloria
Mientras lluvias intermitentes y divinamente funestas
Corroen el peinado de tranvía aéreo de los hipocampos relapsos
Y homicidas transitando la terraza sublime de las pariciones
En el bosque solemne carnívoro y bituminoso
Donde los raros pasantes se embriagan los ojos abiertos
Debajo de grandes catapultas y cabezas elefantinas de carneros
Suspendidos según el gusto de Babilonia o del Transtévere
El río que corona tu aparición terrestre saliendo de madre
Se precipita furioso como un rayo sobre los vestigios del día
Falaz hacinamiento de medallas de esponjas de arcabuces
Un toro alado de significativa alegría muerde el seno o cúpula
De un templo que emerge en la luz afrentosa del día en medio de las ramas
podridas y leves de la hecatombe forestal

Dispérsame en el vuelo de los caballos migratorios
En el aluvión de escorias coronando el volcán longevo del día
En la visión aterradora que persigue al hombre al acercarse la hora entre
todas pasmosa del mediodía
Cuando las bailarinas hirvientes están a punto de ser decapitadas
Y el hombre palidece en la sospecha pavorosa de la aparición definitiva
trayendo entre los dientes el oráculo legible como sigue:

Una navaja sobre un caldero atraviesa un cepillo de cerdas de dimen-
sión ultrasensible; a la proximidad del día las cerdas se alargan hasta
tocar el crepúsculo; cuando la noche se acerca las cerdas se trans-
forman en una lechería de apariencia modesta y campesina. Sobre la
navaja vuela un halcón devorando un enigma en forma de condensa-
ción de vapor; a veces es un cesto colmado de ojos de animales y de
cartas de amor llenas con una sola letra; otras veces un perro
laborioso devora una cabaña iluminada por dentro. La obscuridad
envolvente puede interpretarse como una ausencia de pensamiento
provocada por la proximidad invisible de un estanque subterráneo
habitado por tortugas de primera magnitud.

El viento se levanta sobre la tumba real
Luis II de Baviera despierta entre los escombros del mundo
Y sale a visitarme trayendo a través del bosque circundante
Un tigre moribundo
Los árboles vuelan a ser semillas y el bosque desaparece
Y se cubre de niebla rastrera
Miríadas de insectos ahora en libertad ensordecen el aire
Al paso de los dos más hermosos tigres del mundo

Taneda Santoka


por Roberto Gárate

La poesía de Taneda Santoka (1882 – 1940) es una experiencia de síntesis entre biografía y escritura. Descendiente de una familia de terratenientes empobrecidos, conoció tempranamente la decadencia y la soledad, mismas que habrían de acompañarle, más tarde (ya en su madurez) en sus viajes (o peregrinaciones) como Bonzo mendicante por Japón.

Es el propio Santoka quien traza el mejor lineamiento de su biografía. Anota en su diario (Gochuan): “Si escribiese una autobiografía tendría que comenzar de este modo: Los infortunios de mi familia comenzaron con el suicidio de mi madre”. Es la muerte de su madre cuando el poeta contaba 11 años, el gran acontecimiento de su vida, tal vez el único que Santoka llego a considerar de importancia.

Vida

Taneda Santoka nació el 3 de diciembre de 1882 en el pequeño pueblo de Nishisaware (actualmente Hofu) en la prefectura Yamaguchi (SO de Honshu, la isla principal de Japón). Su nombre de nacimiento fue Taneda Shouichi, siendo el mayor de 4 hermanos. La de Santoka era una familia de pequeños terratenientes, empobrecidos a causa de los malos manejos de Takejirô, el padre del poeta. El suicidio de la madre, ocurrido en 1893, sólo sería la primera –como lo refiere en su diario– de múltiples tragedias que azotarían en lo sucesivo la historia familiar de los Shouichi: cansada de la vida disipada y de las infidelidades de su esposo, la madre del poeta se arroja al pozo de agua de la residencia familiar. Años más tarde, Santoka escribiría en su diario: “Mi madre no puede ser culpada. Nadie puede serlo. Si se ha de culpar a alguien, se tiene que culpar a todos. Es la condición humana a la que se tiene que culpar. Oh mi madre! que recuerdo”. El niño Taneda Shouichi queda, a partir del suicidio de su madre, al cuidado de su abuela. En 1902 abandona la casa paterna para dirigirse a estudiar literatura en la Universidad Waseda de Tokio. Sin embargo, Santoka no progresa en sus estudios: la persistente melancolía que lo acompaña desde la muerte de su madre y sus incipientes problemas con el alcohol (tal vez herencia paterna) lo obligan a abandonar Waseda, dos años más tarde, tras un colapso nervioso, como quedó consignado en los archivos de la institución. La vida familiar continua, para el poeta, sin asentarse. En 1909, el padre de Taneda arregla su matrimonio con una muchacha de Nishisaware, Sakino Sato. De esta unión nacería, un año más tarde, Ken, hijo del poeta. La vida matrimonial y las relaciones con su esposa le resultan insoportables. Confesará en su diario que la imagen del cuerpo de su madre siendo extraído del pozo, tras su suicidio, le perseguiría para siempre en sus relaciones con las mujeres. Es en esta época, en la que Santoka inicia sus primeros trabajos literarios: publica, en 1911, una serie de traducciones de Turgenev y Maupassant en la revista literaria Seinen (Juventud). Ese mismo año, ingresa a su primera cofradía literaria, integrándose, en 1913, al grupo de poetas Ogihaara Seiwensui, estudiosos de la tradición del haiku y de los haijin, Masaoka Shiki y Kawahigashi Hekigoto. El grupo se caracteriza por sus exploraciones formales respecto a la estructura silábica del Haiku (un terceto único estructurado silábicamente 5 / 7 / 5); experimentando con las formas libres (shinkeikô) y prescindiendo del Kigo, palabra que acompaña al Haiku tradicional, asociando el texto a una determinada estación o evento. Santoka colabora activamente con el movimiento, publicando con regularidad en la revista del maestro: Sôun. Es en este punto en que la segunda de las tragedias familiares irrumpe en la vida de Santoka. Los negocios de su padre fracasan, llevando a la familia a la bancarrota y a la pérdida del remanente de dinero y propiedades. La familia se traslada a la ciudad de Kumamoto en la isla de Kyushu, al sur de Japón. El padre, Takejirô, inicia una serie de proyectos fallidos en los que involucra a su hijo: una tienda de sake, una pequeña librería de segunda mano. En 1918, el menor de los hermanos de Taneda, Jirô, comete suicidio, agobiado por la situación familiar. Muy pronto le sigue, la abuela, quien fallece unos meses más tarde. En 1919 Santoka abandona a su familia, con miras a encontrar un trabajo en Tokio, lo que se materializaría un año más tarde –en 1920– con la separación definitiva de Sakino. Muere el padre. Durante dos años trabaja como bibliotecario, hasta ser despedido a causa de un nuevo colapso nervioso. La vida del poeta se vuelve en extremo inestable: permanece en Tokio, en donde es acusado de actividades políticas inapropiadas y es encarcelado; vuelve brevemente a Kyushu, con su familia, pero escapa. En 1924 intenta, borracho, arrojarse al paso de un tren; salvado en el último instante es llevado por un monje a un monasterio. Cinco años más tarde, Taneda Santoka es ordenado monje Soto Zen. Escribe en su diario: "En febrero de 1929 fui ordenado monje y me convertí en residente en Mitori Kannon-do. Era una verdadera vida solitaria en el bosque, en lo que concierne a la quietud era quieta, y a la soledad era sola, tal era allí la vida". Santoka inicia una serie de viajes por Japón, como bonzo mendicante; sólo lleva consigo: su cuenco (tazón) de mendigar, una toalla y sus hábitos. Tras el peregrinaje se asienta, en 1932, por un breve periodo en una villa (Gôchuan) en la prefectura de Yamaguchi. Publica su primer libro de poemas: Hachi no ko. Es un periodo de gran pobreza en lo material. Santoka sobrevive gracias al apoyo de admiradores y amigos y al dinero que le envía su hijo Ken. En 1934 intenta iniciar un nuevo viaje, pero cae gravemente enfermo y debe regresar. Intenta suicidarse sin éxito. Dos años más tarde, proyecta un viaje por la senda de Oku, siguiendo la ruta de Basho. No completa la ruta, regresando a Gôchuan ocho meses más tarde. En 1938 Santoka abandona Gôchuan para dirigirse a un pequeño monasterio cerca de la ciudad Matsuyama, el que se convertiría en su última residencia. En abril de 1940 publica Somokuto (“Entre Pagodas de Hierba”), su obra más importante. Fallece seis meses más tarde, el 11 de octubre de 1940.

Poesía

El haiku

El haiku, una de las formas tradicionales de la poesía japonesa, es un tipo poema de 17 sílabas, organizadas en tres versos compactos según el esquema de 5 / 7 / 5, sin rima. En su origen, el haiku se relaciona con otras formas de composición tradicional, como el haikai, ejercicio en el que varios poetas componían versos con sentido humorístico partiendo de un terceto inicial silábico 5 / 7 / 5; el tanka, poema de 5 versos organizados 5 / 7 / 5 / 7 / 7 y el renga, composición colectiva  (seisaku) sobre la base de poemas tanka. El haikai así como otras formas de composición como el Haikai-no-Renga tienen su origen en el siglo X d.C. para servir de diversión de las clases populares, en contraste a las formas de composición más refinadas de la corte imperial japonesa. Es precisamente esta última forma de composición, el Haikai-no-Renga, el antecedente directo del haiku tradicional. Comparte con las formas anteriores, el uso de un lenguaje simple y popular, la disposición en estrofas breves, la estructura con base en versos de 5 o 7 sílabas y la composición en conjunto de la mano de varios poetas. Como en el haikai, en el Haikai-no-Renga, la sucesión de estrofas comienza con un terceto 5 / 7 / 5, el que recibe el nombre de hokku. El hokku es acompañado por un Kigo, palabra que lo sitúa, asociándolo a una determinada estación del año. Es con Matsuo Basho, un poeta de la tradición del Haikai-no-Renga, que el hokku se independiza de la estructura serial y de la creación colectiva, adquiriendo una nueva dimensión estética y expresiva. Sin embargo, la palabra haiku (y su uso asociado al texto poético) es posterior a Basho, quien siempre se refirió a sus poemas como “hokku” o “Ku” (palabra que ha pasado a designar genéricamente a la estrofa de tres versos con organización silábica 5 / 7 / 5). La expresión haiku parece surgir por la condensación de haikai-no-ku, que era la designación para las estrofas de sucesivas en el Haikai-no-Renga. La primera alusión al término data de 1663, pero no es hasta el poeta Masaoka Shiki (quien utilizó la palabra haiku para designar a sus poemas, distinguiéndolos del hokku, como creaciones autónomas) que la nueva estructura de composición se asienta como canon con características propias. Shiki establece la obligatoriedad del Kigo y la estructura silábica 5 / 7 / 5, dando al Haiku tradicional su forma definitiva.

Santoka y escritura del Haiku en Verso-libre

La poesía de Santoka es una particular revisión de la tradición del haiku y de los grandes maestros canónicos (Bashoo, Buson y Shiki); y al mismo tiempo su superación en la búsqueda de un verso preciso y a la vez libre, una búsqueda que lo relacionaría (tal vez sin saberlo él) con los grandes innovadores de la poesía europea y americana, y del uso del verso libre (Pound, Eliot, Apollinaire).

La poesía de Santoka, es una búsqueda formal, que permita (Son palabras de Baudelaire) encontrar en el verso, la expresión precisa que dé cuenta de las complejidades y fluctuaciones del mundo interior. En Santoka, el misticismo del Zen requiere una reelaboración que pasa necesariamente por la trasformación de las estructuras que lo subyacen: la organización silábica del Haiku tradicional heredado de Basho es insuficiente; una conformación hermosa, también de gran precisión, pero incapaz de ajustarse a las necesidades de un hombre en busca de nuevas formas de expresión poética. Con la aparición del verso libre, es la propia estructura del poema la que adquiere un nuevo significado: el verso se alarga o se comprime según las necesidades del poeta, según la naturaleza de su visión.

Temas

Los temas de la poesía de Santoka son esencialmente los trazados por él en el esbozo que propone como inicio en su autobiografía: “Los infortunios de mi familia comenzaron con el suicidio de mi madre”. La historia de la familia Shouichi y la muerte de su madre, entregarán al poeta los temas clave de su escritura: la muerte, la pobreza, la soledad, el alcohol, la decadencia.

Escribe a propósito del recuerdo de su madre en el 47º aniversario de su muerte:

Ofrendando fideos
Madre
Yo también comeré

Dos años más tarde, en un nuevo aniversario:

Dientes de león cayendo
La muerte de mi madre
Aquello en lo que pienso incesantemente

La pobreza, recuerdo del pasado familiar y del presente, como bonzo mendicante:

No tengo dinero, no tengo cosas
No tengo dientes
Estoy completamente solo

*

Mi pueblo natal
En medio de la lluvia
Caminando descalzo

La soledad y el Sake – como fuente de inspiración y al mismo tiempo de evasión:

Vendo mis harapos
Y compro algo de sake
¿Habrá soledad todavía?

Sin embargo, aún desde la condición extrema de su existencia, el poeta se impone, ganando para la vida instantes de belleza, chispazos iluminativos –como el Satori del Zen–, en los cuales es posible recuperar para el hombre la visión de la totalidad y el contacto íntimo con el mundo que le rodea.

Dejando entrar la luna
En mi dormitorio
Me voy a dormir

*

Camino
Dejando posarse en mí casa
una libélula

*

Mi cuenco de mendigar
Acepta hojas caídas

Fuente: http://www.japones.cl/?q=santoka.html

martes, 16 de junio de 2015

César Moro - La leve pisada del demonio nocturno.


En el gran contacto del olvido
A ciencia cierta muerto
Tratando de robarte a la realidad
Al ensordecedor rumor de lo real
Levanto una estatua de fango purísimo
De barro de mi sangre
De sombra lúcida de hambre intacto
De jadear interminable
Y te levantas como un astro desconocido
Con tu cabellera de centellas negras
Con tu cuerpo rabioso e indomable
Con tu aliento de piedra húmeda
Con tu cabeza de cristal
Con tus orejas de adormidera
Con tus labios de fanal
Con tu lengua de helecho
Con tu saliva de fluido magnético
Con tus narices de ritmo
Con tus pies de lengua de fuego
Con tus piernas de millares de lágrimas petrificadas
Con tus ojos de asalto nocturno
Con tus dientes de tigre
Con tus venas de arco de violín
Con tus dedos de orquesta
Con tus uñas para abrir las entrañas del mundo
Y vaticinar la pérdida del mundo
En las entrañas del alba
Con tus axilas de bosque tibio
Bajo la lluvia de tu sangre
Con tus labios elásticos de planta carnívora
Con tu sombra que intercepta el ruido
Demonio nocturno
Así te levantas para siempre
Pisoteando el mundo que te ignora
Y que ama sin saber tu nombre
Y que gime tras el olor de tu paso
De fuego de azufre de aire de tempestad
De catástrofe intangible y que merma cada día
Esa porción en que se esconden los designios nefastos y la sospecha que
tuerce la boca del tigre que en las mañanas escupe para hacer el día