“Si
tuviese el poder, destruiría al hombre, limpiaría de la tierra su huella y la
dejaría libre para que la naturaleza recupere lo que siempre ha sido suyo. Y
quizá, en un futuro lejano, la evolución haría que un nuevo ser inteligente
poblara este planeta. Porque no considero que el hombre sea un ser superior, ni
inteligente, creo que es un ser peligroso por su gran (casi ilimitada) capacidad
de contaminación.”
lunes, 30 de noviembre de 2015
Ryunosuke Akutagawa - Muerte.
Ryunosuke
Akutagawa.
Diario
de un Loco, 1927.
44.
Muerte.
Bueno
era que estuviera durmiendo solo. Ató una faja a la reja de la ventana. Pero al
insertar su cuello en el nudo, el terror a la muerte lo arrasó. El miedo, sin
embargo, no era a la agonía de la muerte. En el siguiente intento, tenía en la
mano un reloj de bolsillo, para medir el tiempo de la estrangulación. Había
sólo un instante de sufrimiento, después todo empezaba a embotarse. Si al menos
pudiera cruzar al otro lado, entraría en la muerte. Estudió su reloj. El dolor
había durando alrededor de un minuto y veinte segundos. Del otro lado de la
ventana enrejada la oscuridad era total. En la oscuridad, desgarrándola, el
canto de un gallo.
Kenneth Rexroth - Las ventajas de aprender.
Soy un hombre sin
ambiciones
Y con pocos amigos,
totalmente incapaz
De ganarse la vida, que
no
Rejuvenece, fugitivo de
alguna condena.
Solitario, mal vestido,
qué importa?
A medianoche me preparo
una taza
De vino blanco caliente
y semillas de cardamomo.
En una rasgada bata
gris y vieja boina,
Me siento en el frío a
escribir poemas,
A dibujar desnudos en
los arrugados márgenes,
A copular con
quinceañeras
Ninfómanas de mi
imaginación.
martes, 28 de julio de 2015
Ciclo de Poesía / Desmadres
El día Viernes 31 de Julio del 2015 / a las 20:00 hrs / en Casa Fawaz / ubicada en San Antonio 508 local 17E / estaré junto a otros poetas leyendo mis imprecaciones / habrán diversas propuestas artísticas / siempre acompañados de un buen vino / Agur!
Cesare Pavese - Trabajar cansa.
Atravesar una calle
para escapar de casa
puede hacerlo un
muchacho, pero este hombre que anda
todo el día por las
calles ya no es un muchacho
y no escapa de casa.
Hay tardes de verano
en que hasta las plazas
se vacían, tendidas
bajo el sol declinante,
y este hombre que llega
a una alameda de
inútiles hierbas, se detiene.
¿Vale la pena estar
solo, para estar siempre más solo?
Caminar por caminar;
las plazas y las calles
están solas. Es preciso
detener a una mujer,
hablarle y persuadirla
de vivir juntos.
De no ser así, uno
habla a solas. Es por esto que a veces
el borracho nocturno
comienza a farfullar
y relata los proyectos
de toda la vida.
No es verdad que
esperando en la plaza desierta
el encuentro se dé con
alguno; pero quien va por las calles
se detiene de vez en
cuando. Si fueran dos,
aun andando en las
calles, la casa estaría
donde aquella mujer y
valdría la pena.
En la noche, la plaza
vuelve a quedarse vacía
y este hombre, que pasa
sin mirar las casas
entre inútiles luces,
ya no levanta sus ojos:
sólo mira el empedrado
hecho por otros hombres
de manos endurecidas,
como las suyas.
No es justo quedarse en
la plaza desierta.
Es seguro que existe
esa mujer en la calle
que, rogándoselo,
quisiera consolar esa casa.
miércoles, 1 de julio de 2015
Pedro Lemebel - La noche de los visones (o la última fiesta de la Unidad Popular)
Santiago se bamboleaba
con los temblores de tierra y los vaivenes políticos que fracturaban la
estabilidad de la joven Unidad Popular. Por los aires un vaho negruzco traía
olores de pólvora y sonajeras de ollas, "que golpeaban las señoras ricas a
dúo con sus pulseras y alhajas". Esas damas rubias que pedían a gritos un
golpe de estado, un cambio militar que detuviera el escándalo bolchevique. Los
obreros las miraban y se agarraban el bulto ofreciéndoles sexo, riéndose a
carcajadas, a toda hilera de dientes frescos, a todo viento libre que
respiraban felices cuando hacían cola frente a la UNCTAD para almorzar. Algunas
locas se paseaban entre ellos, simulando perder el vale de canje, buscándolo en
sus bolsos artesanales, sacando pañuelitos y cosméticos hasta encontrarlo con
grititos de triunfo, con miradas lascivas y toqueteos apresurados que
deslizaban por los cuerpos sudorosos. Esos músculos proletarios en fila,
esperando la bandeja del comedor popular ese lejano diciembre de 1972. Todas
eran felices hablando de Música Libre, el lolo Mauricio y su boca aceituna, de
su corte de pelo a lo Romeo. De sus jean's pata de elefante tan apretados, tan
ceñidos a las caderas, tan apegados a su ramillete de ilusiones. Todas lo
amaban y todas eran sus amantes secretas. "Yo lo vi. A mí me dijo. El otro
día me lo encuentro". Se apresuraban a inventar historias con el príncipe
mancebo de la TV, asegurando que era de los nuestros, que también se le quemaba
el arroz y una prometió llevarlo a la fiesta de año nuevo. A esa gran comilona
que había prometido la Palma, esa loca rota que tiene puesto de pollos en la
Vega, que quiere pasar por regia e invitó a todo Santiago a su fiesta de fin de
año. Y dijo que iba a matar veinte pavos para que las locas se hartaran y no
salieran pelando. Porque ella estaba contenta con Allende y la Unidad Popular,
decía que hasta los pobres iban a comer pavo ese año nuevo. Y por eso corrió la
bola que su fiesta sería inolvidable.
Todo el mundo estaba
invitado, las locas pobres, las de Recoleta, las de mediopelo, las del Blue
Ballet, las de la Carlina, las callejeras que patinaban la noche en la calle
Huérfanos, la Chumilou y su pandilla travesti, las regias del Coppelia y la
Pilola Alessandri. Todas se juntaban en los patios de la UNCTAD para imaginar los
modelitos que iban a lucir esa noche. Que la camisa de vuelos, que el cinturón
Saint Tropez, que los pantalones rayados, no mejor los anchos y pisados como
maxi falda, con zuecos y encima tapados de visón, suspiró la Chumilou. "De
conejo querrás decir linda porque no creo que tengas un visón". "Y tú
regia. ¿De qué color es el tuyo?". "Yo no tengo dijo la Pilola
Alessandri pero mi mamá tiene dos". "Tendría que verlos".
"Cuál quieres ¿El blanco o el negro?". Los dos dijo desafiante la
Chumilou; "El blanco para despedir el 72 que ha sido una fiesta para
nosotros los maricones pobres. Y el negro para recibir el 73, que con tanto
güeveo de cacerolas, se me ocurre que viene pesado". Y la Pilola
Alessandri que había ofrecido los abrigos, no pudo echarse para atrás, y esa
noche de año nuevo llegó en taxi a la UNCTAD, y después de los abrazos sacó las
inmensas pieles sustraídas a la mamá, diciendo que eran auténticos, que el papá
los había comprado en la Casa Dior de París, y que si algo les pasaba la
mataban. Pero las locas no la escucharon envolviéndose en los pelos, posando y
modelando mientras caminaban a tomar la micro para Recoleta, comentando que
ninguna había probado bocado, menos la Pilola que en el apuro por sacar los
abrigos, se había perdido la espléndida cena familiar con langosta y caviar,
por eso estaba muerta de hambre, con el estómago hecho un nudo, desesperada por
llegar donde la Palma a probar los pavos de la rota.
Al cruzar el grupo
frente a una comisaría, las regias se adelantaron para no tener problemas, pero
igual los pacos algo gritaron. Entonces la Chumilou se detuvo, y haciendo
resbalar el visón por su hombro, sacó un abanico y les dijo que estaba
preparada para la noche. Después en la micro, no dejó de arrastrar el tapado
por el pasillo haciéndose la azafata. Cantando un cuplé, transformando el viaje
en un show de risas y tallas que respondían las otras acaloradas por el verano
nocturno. Cuando llegaron, no quedaban rastros de pavo; una ponchera de vino
con frutas y trozos mordidos de canapés regaban la mesa. La Palma pidiendo
disculpas, corriendo de un lado a otro porque habían llegado las regias, las
famosas, las pitucas culturales, las chupás de muelas bajando del avión. Esas
rucias estiradas que en la calle Huérfanos le hacían desprecios, las mismas
locas jai que odiaban a Allende y su porotada popular. Ellas, que derramaban
chorros de perlas lagrimeras porque a la mamá los rotos le habían expropiado el
fundo. La Astaburuaga, la Zañartu y la Pilola Alessandri, tan peladoras, tan
conchudas, tan elegantes con sus abrigos de visón. Porque llegaron hasta
Recoleta con abrigos de visón, como la Taylor, como la Dietrich, en micro. No
te digo. El barrio se despobló para verlas, a ellas tan sofisticadas como
estrellas de cine, como modelos de la revista Paula. Y las viejas pobladoras no
lo podían creer, se quedaron sin habla cuando las vieron entrar a la casa de la
Palma. A esa fiesta coliza que ella había preparado por meses. Y al verlas
llegar, todas empieladas, con ese calor, mirando con asco la casa, diciendo de
reojo; regio tu plaqué niña, por los candelabros de yeso que decoraban la mesa.
La pobre mesa con mantel plástico donde nadaban algunos huesos de pollo y
restos de comida. La Palma no hallaba donde meterse, dando explicaciones,
reiterando que había tanta comida; veinte pavos, champaña por cajas, ensaladas
y helados de todos los sabores. Pero estas locas rotas son tan hambrientas, no
dejaron nada, se lo comieron todo. Como si viniera una guerra.
Toda la noche
salpicaron las cumbias maricuecas ese primer amanecer del año 73. Al correr la
farra con nuevas botellas de pisco y garrafas de vino que mandaron a comprar
las regias, los matices sociales se confundieron en brindis, abrazos y
calenturas desplegadas por el patio engalanado con globos y serpentinas.
Alianzas de ghetto, seducciones comunes, agarrones de nalgas y apretones de los
vecinos obreros que llegaban a saludar a las regias Pompadour, amigas de la
dueña de casa. Conchazos y más ironías que estallaban en risas e indirectas por
la ausente comilona. En medio de la música, la Pilola gritaba: "Se te
volaron los pavos niña", y otra vez la Palma volvía a las explicaciones,
juntaba los andamios descarnados y las plumas, mostrando un cementerio de
huesos que fue arrumbando en el centro de la mesa. Al comienzo fue el bochorno
sonrojado de la dueña de casa disculpándose, cuando paraban la cumbia y las
regias gritaban: "Ataja ese pavo niña", pero después el alcohol y la
borrachera transformó la vergüenza en un juego. Por todos lados, las locas juntaban
huesos y los iban arreglando en la mesa como una gran pirámide, como una fosa
común que iluminaron con velas. Nadie supo de dónde una diabla sacó una
banderita chilena que puso en el vértice de la siniestra escultura. Entonces la
Pilola Alessandri se molestó, e indignada dijo que era una falta de respeto que
ofendía a los militares que tanto habían hecho por la patria. Que este país era
un asco populachero con esa Unidad Popular que tenía a todos muertos de hambre.
Que las locas rascas no sabían de política y no tenían respeto ni siquiera por
la bandera. Y que ella no podía estar ni un minuto más allí, así que le pasaran
los visones porque se retiraba. ¿Qué visones niña?, le contestó la Chumilou
echándose aire con su abanico. Aquí las locas rascas no conocemos esas cosas.
Además con este calor. ¿En pleno verano?. Hay que ser muy tonta para usar
pieles linda. Entonces el grupo de pitucas cayó en cuenta que hacía mucho rato
no veían las finas pieles. Llamaron a la dueña de casa, que borracha, aún
seguía coleccionando huesos para elevar su monumento al hambre. Buscaron por
todos los rincones, deshicieron las camas, preguntaron en el vecindario, pero
nadie recordaba haber visto visones blancos volando en las fonolas de Recoleta.
La Pilola no aguantó más y amenazó con llamar a su tío comandante si no
aparecían los abrigos de la mamá. Pero todas las locas la miraron incrédulas,
sabiendo que nunca lo haría por temor a que su honorable familia se enterara de
su resfrío. La Astaburuaga, la Zañartu y unas cuantas arribistas solidarias con
la pérdida, se retiraron indignadas jurando no pisar jamás ese roterío. Y
mientras esperaban en la calle algún taxi que las sacara de esos tierrales, la
música volvió a retumbar en la casucha de la Palma, volvieron los tiritones de
pelvis y el mambo número ocho dio inicio al show travesti. De pronto alguien
cortó la música y todas gritaron a coro: "Se te voló el visón niña. Ataja
ese visón".
El primer amanecer del
73, fue una gasa descolorida sobre las bocas abiertas de los colizas durmiendo
desmadejados en la casa de la Palma. Por todos lados las cenizas de los
cigarros, bajo el parrón las guirnaldas pisoteadas. Leves quejidos de ensarte
se oían en las revueltas camas. Vasos a medio tomar, mecidos por el vaivén de
una cacha en reposo, risitas calladas recordando el vuelo del visón. Y esa luz
hueca entrando por las ventanas, esa luz de humo flotando a través de la puerta
abierta de par en par. Como si la casa hubiera sido una calavera iluminada
desde el exterior. Como si las locas durmieran a raja suelta en ese hotel cinco
calaveras. Como si el huesario velado, erigido aún en medio de la mesa, fuera
el altar de un devenir futuro, un pronóstico, un horóscopo anual que pestañeaba
lágrimas negras en la cera de las velas, a punto de apagarse, a punto de
extinguir la última chispa social en la banderita de papel que coronaba la
escena.
Desde ahí, los años se
despeñaron como derrumbe de troncos que sepultaron la fiesta nacional. Vino el
golpe y la nevazón de balas provocó la estampida de las locas que nunca más
volvieron a danzar por los patios floridos de la UNCTAD. Buscaron otros
lugares, se reunieron en los paseos recién inaugurados de la dictadura.
Siguieron las fiestas, más privadas, más silenciosas, con menos gente educada
por la cripta del toque de queda. Algunas discotecas siguieron funcionando,
porque el régimen militar nunca reprimió tanto al coliseo como en Argentina o
Brasil. Quizás, la homosexualidad acomodada nunca fue un problema subversivo
que alterara su pulcra moral. Quizás, había demasiadas locas de derecha que
apoyaban el régimen. Tal vez su hedor a cadáver era amortiguado por el perfume
francés de los maricas del barrio alto. Pero aun así, el tufo mortuorio de la
dictadura fue un adelanto del SIDA, que hizo su estreno a comienzos de los
ochenta.
De aquella sinopsis
emancipada, sólo quedó la UNCTAD, el gran elefante de cemento que por muchos
años albergó a los militares. Luego la democracia fue recuperando las terrazas
y patios, donde ya no quedan las esculturas que donaron los artistas de la
Unidad Popular. También los enormes auditoriums y salas de conferencias, donde
hoy se realizan foros y seminarios sobre homosexualidad, SIDA, utopías y
tolerancias.
De esa fiesta sólo
existe una foto, un cartón deslavado donde reaparecen los rostros colizas
lejanamente expuestos a la mirada presente. La foto no es buena, pero salta a
la vista la militancia sexual del grupo que la compone. Enmarcados en la
distancia, sus bocas son risas extinguidas, ecos de gestos congelados por el
flash del último brindis. Frases, dichos, muecas y conchazos cuelgan del labio
a punto de caer, a punto de soltar la ironía en el veneno de sus besos. La foto
no es buena, está movida, pero la bruma del desenfoque aleja para siempre la
estabilidad del recuerdo. La foto es borrosa, quizás porque el tul estropeado
del SIDA, entela la doble desaparición de casi todas las locas. Esa sombra, es
una delicada venda de celofán que enlaza la cintura de la Pilola Alessandri,
apoyando su cadera maricola en el costado derecho de la mesa. Ella se compró la
epidemia en Nueva York, fue la primera que la trajo en exclusiva, la más
auténtica, la recién estrenada moda gay para morir. La última moda fúnebre que
la adelgazó como ninguna dieta lo había conseguido. La dejó tan flaca y pálida
como una modelo del Vogue, tan estirada y chic como un suspiro de orquídea. El
SIDA le estrujó el cuerpo y murió tan apretada, tan fruncida, tan estilizada y
bella en la economía aristócrata de su mezquina muerte.
La foto no es buena, no
se sabe si es blanco y negro o si el color se fugó a paraísos tropicales. No se
sabe si el rubor de las locas o las mustias rosas del mantel plástico, las fue
lavando la lluvia y las inundaciones, mientras la foto estuvo colgada de un
clavo en la casucha de la Palma. Es difícil descifrar su cromatismo, imaginar
colores en las camisas goteadas por la escarcha del invierno pobre. Solamente
un aura de humedad, amarilla el único color que aviva la foto. Solamente esa
huella mohosa enciende el papel, lo diluvia en la mancha sepia que le cruza el
pecho a la Palma. La atraviesa, clavándola como a un insecto en el mariposario
del SIDA popular. Ella se lo pegó en Brasil, cuando vendió el puesto de pollos
que tenía en la Vega, cuando no aguantó más a los milicos, y dijo que se iba a
maraquear a las arenas de Ipanema. Para eso una es loca y tiene que vivir en
carnaval y zambearse la vida. Además con el dólar a 39 pesos, la piñata carioca
estaba al alcance de la mano. La oportunidad de ser reina por una noche al
costo de una vida. Y que fue, dijo en el aeropuerto imitando a las cuicas.
"Una se gasta lo que tiene no más".
Y fue generoso el SIDA
que le tocó a la Palma, callejeado, revolcado con cuanto perdido hambriento le
pedía sexo. Casi podría decirse que lo obtuvo en bandeja, compartido y
repartido hasta la saciedad por los viaductos ardientes de Copacabana. La Palma
sorbió el suero de Kapossi hasta la última gota, como quien se harta de su
propio fin sin miramientos. Ardiendo en fiebre, volvía a la arena, repartiendo
la serpentina contagiosa a los vagos, mendigos y leprosos que encontraba a la
sombra de su Orfeo Negro. Un SIDA ebrio de samba y partusa la fue hinchando
como un globo descolorido, como un condón inflado por los resoplidos de su ano
piadoso. Su ano filántropo, retumbando panderetas y timbales en el ardor de la
colitis sidosa. Así fuera una fiesta, una escola de samba para morir
lentejuelada y dispersa en el tumbar de las favelas, en el perfume africano
suelto, mojando de azabache la rua, la avenida Atlántida, la calle de Río
siempre dispuesta a pecar y a cancelar en carne los placeres de su delirio.
La Palma regresó y
murió feliz en su desrajada agonía. Se despidió escuchando la música de Ney
Matogrosso, susurrando el saudade de la partida. En otra fiesta nos vemos, dijo
triste mirando la foto clavada en las tablas de su miseria. Y antes de cerrar
los ojos, pudo verse tan joven, casi una doncella sonrojada empinando la copa y
un puñado de huesos en aquel verano del 73. Se vio tan bella en el espejo de la
foto, arrebozada por el visón blanco de la Pilola, se vio tan regia en la
albina aureola de los pelos, que detuvo la mano huesuda de la Muerte para
contemplarse. Le dijo a la Pálida espérate un poco, y se agarró un momento más
de la vida para saciar su narciso empielado. Luego relajó los párpados y se
dejó ir, flotando en la seda de ese recuerdo.
La foto no es buena, la
toma es apresurada por el revoltijo de locas que rodean la mesa, casi todas
nubladas por la pose rápida y el "loco afán" por saltar al futuro.
Pareciera una última cena de apóstoles colizas, donde lo único nítido es la
pirámide de huesos en el centro de la mesa. Pareciera un friso bíblico, una
acuarela del Jueves Santo atrapada en los vapores de la garrafa de vino que
sujeta la Chumilou, como cáliz chileno. Ella se puso al centro, ocupó el lugar
de Cristo a falta de luminarias. Empinada en los veinte centímetros de sus
zuecos, la Chumilou destaca su glamour travesti. El visón negro de la Pilola,
apenas resbalado por la blancura de los hombros, es un abrazo animal que
entibia su frágil corazón, su delicado suspiro de virgen nativa. Toda capullo,
toda botón de rosa enguantada en el ramaje del visón. Alguna foto del cine la
recuerda altiva en la mejilla que ofrece un beso. Sólo un beso parece decir la
Chumilou al lente de la cámara que arrebata su gesto. Un solo beso del flash
para granizarla de brillos, para dejarla encandilada por el relámpago de su
propio espejo. Su mentiroso espejo, su falsa imagen de diva proletaria
apechugando con el kilo de pan y los tomates para el desayuno de su familia.
Jugándoselas todas en la esquina del maraqueo sodomita, peleando a navajazos su
territorio prostibular. La Chumilou era brava decían las otras travestis. La
Chumilou era de armas tomar cuando alguna aparecida le quitaba un cliente. Ella
era la preferida, la más buscada, el único consuelo de los maridos aburridos
que se empotaban con su olor de maricón ardiente. Por eso, el aguijón sidoso la
eligió como carnada de su pesca milagrosa. Por trágatelas todas, por comenunca,
por incansable cachera de la luna monetaria. Por golosa, no se fijó que en la
cartera ya no le quedaban condones. Y eran tantos billetes, tanta plata, tantos
dólares que pagaba ese gringo. Tanto maquillaje, máquinas de afeitar y cera
depilatoria. Tantos vestidos y zapatos nuevos para botar los zuecos pasados de
moda. Tanto pan, tantos huevos y tallarines que podía llevar a su casa. Eran
tantos sueños apretados en el manojo de dólares. Tantas bocas abiertas de los
hermanos chicos que la perseguían noche a noche. Tantas muelas cariadas de la
madre que no tenía plata para el dentista, y la esperaba en su insomne
madrugada con ese clavo ardiendo. Eran tantas deudas, tantas matrículas de
colegio, tanto por pagar, porque ella no era ambiciosa como decían los otros
colas. La Chumilou se conformaba con poco, apenas una pilcha de la ropa
americana, una blusita, una falda, un trapo ajado que la madre cosía por aquí,
entraba por acá, pegándole encajes y brillos, acicalando el uniforme laboral de
la Chumi. Diciéndole que tuviera cuidado, que no se metiera con cualquiera, que
no olvidara el condón, que ella misma se los compraba en la farmacia de la
esquina, y tenía que pasar la vergüenza de pedirlos. Pero esa noche no le
quedaba ninguno, y el gringo impaciente, urgido por montarla, ofreciendo el
abanico verde de sus dólares. Entonces la Chumi cerró los ojos y estirando la
mano agarró el fajo de billetes. No podía ser tanta su mala suerte que por una
vez, una sola vez en muchos años que lo hacía en carne viva, se iba a pegar la
sombra. Y así la Chumi, sin quererlo, cruzó el pórtico entelado de la plaga, se
sumergió lentamente en las viscosas aguas y sacó pasaje de ida en la siniestra
barca. Fue un secuestro inevitable, decía. Además ya he vivido tanto, han sido
tan largos mis veinticinco años, que la muerte me cae y la recibo como
vacaciones. Solamente quiero que me encierren vestida de mujer; con mi uniforme
de trabajo, con los zuecos plateados y la peluca negra. Con el vestido de raso
rojo que me trajo tan buena suerte. Nada de joyas, los diamantes y esmeraldas
se los dejo a mi mamá para que se arregle los dientes. El fundo y las casas de
la costa para mis hermanos chicos que merecen un buen futuro. Y para las colas
travestis, les dejo la mansión de cincuenta habitaciones que me regaló el
Sheik. Para que hagan una casa de reposo para las más viejas. No quiero luto,
nada de llantos, ni esas coronas de flores rascas compradas a la rápida en la
pérgola. Menos esas siempre vivas tiesas que nunca se secan, como si uno no
terminara nunca de morirse. A lo más una orquídea mustia sobre el pecho,
salpicada con gotas de lluvia. Y los cirios eléctricos, que sean velas. Muchas
velas. Cientos de velas por el piso, por todos lados, bajando la escalera,
chispeando en la calle San Camilo, Maipú, Vivaceta y La Sota de Talca. Tantas
velas como en el apagón, tantas como desaparecidos. Muchas llamitas salpicando
la basta mojada de la ciudad. Como lentejuelas de fuego para nuestras lluviosas
calles. Tantas como perlas de un deshilvanado collar, miles de velas como
monedas de una alcancía rota. Tantas velas como estrellas arrancadas del
escote. Tantas, como chispas de una corona para iluminar la derrota... Necesito
ese cálido resplandor para verme como recién dormida. Apenas rosada por el beso
murciélago de la muerte. Casi irreal, en la aureola temblorosa de las velas,
casi sublime sumergida bajo el cristal. Que todos digan: Si parece que la Chumi
está durmiendo, como la bella durmiente, como una virgen serena e intacta que
el milagro de la muerte le borró las cicatrices. Ni rastros de la enfermedad;
ni hematomas, ni pústulas, ni ojeras. Quiero un maquillaje níveo, aunque tengan
que rehacerme la cara. Como la Ingrid Bergman en Anastasia, como la Betty Davis
en Jetzabel, casi una chiquilla que se durmió esperando. Y ojalá sea de
madrugada, como al regresar a casa de palacio, después de bailar toda la noche.
Nada de misas, ni curas, ni prédicas latosas. Ni pobrecito el cola, perdónelo
señor para entrar en el santo reino. Nada de llantos, ni desmayos, ni despedidas
trágicas. Que me voy bien pagá, bien cumplida como toda cupletera. Que ni falta
me hacen los responsos ni los besos que me negó el amor... Ni el amor. Miren
que ahí voy cruzando la espuma. Mírenme por última vez envidiosas, que ya no
vuelvo. Por suerte no regreso. Siento la seda empapada de la muerte amordazando
mis ojos, y digo que fui feliz este último minuto. De aquí no me llevo nada,
porque nunca tuve nada y hasta eso lo perdí.
La Chumilou murió el
mismo día que llegó la democracia, el pobre cortejo se cruzó con las marchas
que festejaban el triunfo del NO en la Alameda. Fue difícil atravesar esa
multitud de jóvenes pintados, flameando las banderas del arcoiris, gritando,
cantando eufóricos, abrazando a las locas que acompañaban el funeral de la
Chumi. Y por un momento se confundió duelo con alegría, tristeza y carnaval.
Como si la muerte hiciera un alto en su camino y se bajara de la carroza a
bailar un último pie de cueca. Como si aún se escuchara la voz moribunda de la
Chumi, cuando supo el triunfo de la elección. Dénle mis saludos a la
democracia, dijo. Y parecía que la democracia en persona le devolvía el saludo,
en los cientos de jóvenes descamisados que se encaramaron a la carroza,
brincando sobre el techo, colgándose de las ventanas, sacando pintura spray y
rayando todo el vehículo con grafitis que decían: Adiós Tirano. Hasta nunca
Pinocho. Muerte al Chacal. Así, ante los horrorizados ojos de la mamá de la
Chumi, la carroza quedó convertida en un carro alegórico, en una murga
revoltosa que acompañó el sepelio por varias cuadras. Después retomó su marcha
enlutada, su trote paquidermo por las desiertas calles hacia el cementerio.
Entre las coronas de flores, alguien ensartó una bandera con el arcoiris
vencedor. Una bandera blanca cruzada de colores que acompañó a la Chumi hasta
su jardín de invierno.
Tal vez, la foto de la
fiesta donde la Palma, es quizás el único vestigio de aquella época de utopías
sociales, donde las locas entrevieron aleteos de su futura emancipación.
Entretejidas en las muchedumbres, participaron de aquella euforia. Tanto a la
derecha como a la izquierda de Allende, tocaron cacerolas y protagonizaron
desde su anonimato público, tímidos destellos, balbuceantes discursos que irían
conformando su historia minoritaria en pos de la legalización.
Del grupo que aparece
en la foto, casi no quedan sobrevivientes. El amarillo pálido del papel, es un
sol desteñido como desahucio de las pieles que enfiestan el daguerrotipo. La
suciedad de las moscas, fue punteando de lunares las mejillas, como adelanto
maquillado del sarcoma. Todas las caras aparecen moteadas de esa llovizna
purulenta. Todas las risas que pajarean en el balcón de la foto, son pañuelos
que se despiden en una proa invisible. Antes que el barco del milenio atraque
en el dos mil, antes, incluso, de la legalidad del homosexualismo chileno,
antes de la militancia gay que en los noventa reunió a los homosexuales, antes
que esa moda masculina se impusiera como uniforme del ejército de salvación,
antes que el neoliberalismo en democracia diera permiso para aparearse. Mucho
antes de estas regalías, la foto de las locas en ese año nuevo se registra como
algo que brilla en un mundo sumergido. Todavía es subversivo el cristal obsceno
de sus carcajadas, desordenando el supuesto de los géneros. Aún, en la imagen
ajada, se puede medir la gran distancia, los años de la dictadura que educaron
virilmente los gestos. Se puede constatar la metamorfosis de las
homosexualidades en el fin de siglo; la desfunción de la loca sarcomida por el
SIDA, pero principalmente diezmada por el modelo importado del estatus gay, tan
de moda, tan penetrativo en su tranza con el poder de la nova masculinidad
homosexual. La foto despide el siglo con el plumaje raído de las locas aún
torcidas, aún folclóricas en sus ademanes ilegales. Pareciera un friso arcaico
donde la intromisión del patrón gay, todavía no había puesto su marca. Donde el
territorio nativo aún no recibía el contagio de la plaga, como recolonización a
través de los fluidos corporales. La foto de aquel entonces, muestra un
carrusel risueño, una danza de risas gorrionas tan jóvenes, tan púberes en su
dislocada forma de rearmar el mundo. Por cierto, otro corpus tribal
diferenciaba sus ritos. Otros delirios enriquecían barrocamente el discurso de
las homosexualidades latinoamericanas. Todavía la maricada chilena tejía
futuro, soñaba despierta con su emancipación junto a otras causas sociales. El
"hombre homosexual" o "mister gay", era una construcción de
potencia narcisa que no cabía en el espejo desnutrido de nuestras locas. Esos
cuerpos, esos músculos, esos bíceps que llegaban a veces por revistas
extranjeras, eran un Olimpo del Primer Mundo, una clase educativa de gimnasia,
un físicoculturismo extasiado por su propio reflejo. Una nueva conquista de la
imagen rubia que fue prendiendo en el arribismo malinche de las locas más
viajadas, las regias que copiaron el modelito en New York y lo transportaron a
este fin de mundo. Y junto al molde de Superman, precisamente en la aséptica
envoltura de esa piel blanca, tan higiénica, tan perfumada por el embrujo
capitalista. Tan diferente al cuero opaco de la geografía local. En ese Apolo,
en su imberbe mármol, venía cobijado el síndrome de inmuno deficiencia, como si
fuera un viajante, un turista que llegó a Chile de paso, y el vino dulce de
nuestra sangre lo hizo quedarse.
Seguramente, el final
común que compartieron la Palma, la Pilola Alessandri y la Chumilou, habla del
SIDA como de un repartidor público ausente de prejuicios sociales. Una fatídica
generosidad ostenta la mano sidada en su clandestina repartija. Parece decir:
Hay para todos, no se agolpen. Que no se va a agotar, no se preocupen. Hay
pasión y calvario para rato, hasta que encuentren el antídoto.
Quizás, las pequeñas
historias y las grandes epopeyas nunca son paralelas, los destinos minoritarios
siguen escaldados por las políticas de un mercado siempre al acecho de
cualquier escape. Y en este mapa ultracontrolado del modernismo, las fisuras se
detectan y se parchan con el mismo cemento, con la misma mezcla de cadáveres y
sueños que yacen bajo los andamios de la pirámide neoliberal. Quizás la última
chispa en los ojos de la Palma, la Pilola Alessandri y la Chumilou, fue un
deseo. Más bien tres deseos que se quedaron esperando el visón perdido en esa
fiesta. Porque nunca se supo dónde fueron a parar las regias pieles de la
Pilola. Se esfumaron en el aire de aquella noche de verano, como un sueño
robado que siguió construyendo la anécdota más allá de la nostalgia.
Especialmente en el invierno cero positivo de las locas, cuando el algodón
nevado de la epidemia escarchó sus pies.
viernes, 26 de junio de 2015
Jesús Lizano - Las Ratas.
Las ratas,
insidiosas, peludas,
voraces, ingratas,
innumerables,
puntiagudas,
alucinantes, piratas,
escurridizas, zancudas,
por los rincones, por
las escalinatas,
cataratas de ratas,
expectantes y mudas,
selva de dientes, de
patas,
enormes, menudas,
mortificantes,
peliagudas,
a saltos, a gatas,
agobiantes, cornudas,
lúgubres, insensatas...
Las ratas:
¡las dudas!
jueves, 18 de junio de 2015
D. H. Lawrence - Democracia.
Soy demócrata cuando amo el sol libre que encuentro
en
Los hombres,
y aristócrata cuando detesto a los posesivos, a los
de entrañas mezquinas.
En todo hombre amo el sol
cuando lo veo entre sus cejas,
claro, sin temor, aun pequeño.
Pero cuando veo esos grisáceos hombres de éxito
tan pestilentes y cadavéricos, absolutamente sin
sol,
como groseros esclavos de la prosperidad,
balanceándose mecánicamente,
entonces soy más que radical, y quiero manejar una
guillotina.
Y cuando veo obreros,
pálidos y sórdidos como insectos, hormigueando
y viviendo como piojos por un poco de dinero,
y no mirando nunca hacia arriba,
entonces quisiera como Tiberio,
que la muchedumbre tuviera una sola cabeza
para podérsela hachar.
Siento que cuando los hombres pierden el sol
no deben existir más.
César Moro - La vida escandalosa de César Moro.
Dispérsame en la lluvia
o en la humareda de las torrentes que pasan
Al margen de la noche
en que nos vemos tras el correr de nubes
Que se muestran a los
ojos de los amantes que salen
De sus poderosos
castillos de torres de sangre y de hielo
Teñir el hielo rasgar
el salto de tardíos regresos
Mi amigo el rey me
acerca al lado de su tumba real y real
Donde Wagner hace la
guardia a la puerta con la fidelidad
Del can royendo el
hueso de la gloria
Mientras lluvias
intermitentes y divinamente funestas
Corroen el peinado de
tranvía aéreo de los hipocampos relapsos
Y homicidas transitando
la terraza sublime de las pariciones
En el bosque solemne
carnívoro y bituminoso
Donde los raros
pasantes se embriagan los ojos abiertos
Debajo de grandes
catapultas y cabezas elefantinas de carneros
Suspendidos según el
gusto de Babilonia o del Transtévere
El río que corona tu
aparición terrestre saliendo de madre
Se precipita furioso
como un rayo sobre los vestigios del día
Falaz hacinamiento de
medallas de esponjas de arcabuces
Un toro alado de
significativa alegría muerde el seno o cúpula
De un templo que emerge
en la luz afrentosa del día en medio de las ramas
podridas y leves de la
hecatombe forestal
Dispérsame en el vuelo
de los caballos migratorios
En el aluvión de
escorias coronando el volcán longevo del día
En la visión aterradora
que persigue al hombre al acercarse la hora entre
todas pasmosa del
mediodía
Cuando las bailarinas
hirvientes están a punto de ser decapitadas
Y el hombre palidece en
la sospecha pavorosa de la aparición definitiva
trayendo entre los
dientes el oráculo legible como sigue:
Una
navaja sobre un caldero atraviesa un cepillo de cerdas de dimen-
sión
ultrasensible; a la proximidad del día las cerdas se alargan hasta
tocar
el crepúsculo; cuando la noche se acerca las cerdas se trans-
forman
en una lechería de apariencia modesta y campesina. Sobre la
navaja
vuela un halcón devorando un enigma en forma de condensa-
ción
de vapor; a veces es un cesto colmado de ojos de animales y de
cartas
de amor llenas con una sola letra; otras veces un perro
laborioso
devora una cabaña iluminada por dentro. La obscuridad
envolvente
puede interpretarse como una ausencia de pensamiento
provocada
por la proximidad invisible de un estanque subterráneo
habitado
por tortugas de primera magnitud.
El viento se levanta
sobre la tumba real
Luis II de Baviera
despierta entre los escombros del mundo
Y sale a visitarme
trayendo a través del bosque circundante
Un tigre moribundo
Los árboles vuelan a
ser semillas y el bosque desaparece
Y se cubre de niebla
rastrera
Miríadas de insectos
ahora en libertad ensordecen el aire
Al paso de los dos más
hermosos tigres del mundo
Taneda Santoka
por
Roberto Gárate
La poesía de Taneda
Santoka (1882 – 1940) es una experiencia de síntesis entre biografía y
escritura. Descendiente de una familia de terratenientes empobrecidos, conoció
tempranamente la decadencia y la soledad, mismas que habrían de acompañarle,
más tarde (ya en su madurez) en sus viajes (o peregrinaciones) como Bonzo
mendicante por Japón.
Es el propio Santoka
quien traza el mejor lineamiento de su biografía. Anota en su diario (Gochuan):
“Si escribiese una autobiografía tendría
que comenzar de este modo: Los infortunios de mi familia comenzaron con el
suicidio de mi madre”. Es la muerte de su madre cuando el poeta contaba 11
años, el gran acontecimiento de su vida, tal vez el único que Santoka llego a
considerar de importancia.
Vida
Taneda Santoka nació el
3 de diciembre de 1882 en el pequeño pueblo de Nishisaware (actualmente Hofu)
en la prefectura Yamaguchi (SO de Honshu, la isla principal de Japón). Su
nombre de nacimiento fue Taneda Shouichi, siendo el mayor de 4 hermanos. La de
Santoka era una familia de pequeños terratenientes, empobrecidos a causa de los
malos manejos de Takejirô, el padre del poeta. El suicidio de la madre,
ocurrido en 1893, sólo sería la primera –como lo refiere en su diario– de
múltiples tragedias que azotarían en lo sucesivo la historia familiar de los
Shouichi: cansada de la vida disipada y de las infidelidades de su esposo, la
madre del poeta se arroja al pozo de agua de la residencia familiar. Años más
tarde, Santoka escribiría en su diario: “Mi madre no puede ser culpada. Nadie
puede serlo. Si se ha de culpar a alguien, se tiene que culpar a todos. Es la
condición humana a la que se tiene que culpar. Oh mi madre! que recuerdo”. El
niño Taneda Shouichi queda, a partir del suicidio de su madre, al cuidado de su
abuela. En 1902 abandona la casa paterna para dirigirse a estudiar literatura
en la Universidad Waseda de Tokio. Sin embargo, Santoka no progresa en sus
estudios: la persistente melancolía que lo acompaña desde la muerte de su madre
y sus incipientes problemas con el alcohol (tal vez herencia paterna) lo
obligan a abandonar Waseda, dos años más tarde, tras un colapso nervioso, como
quedó consignado en los archivos de la institución. La vida familiar continua,
para el poeta, sin asentarse. En 1909, el padre de Taneda arregla su matrimonio
con una muchacha de Nishisaware, Sakino Sato. De esta unión nacería, un año más
tarde, Ken, hijo del poeta. La vida matrimonial y las relaciones con su esposa
le resultan insoportables. Confesará en su diario que la imagen del cuerpo de
su madre siendo extraído del pozo, tras su suicidio, le perseguiría para siempre
en sus relaciones con las mujeres. Es en esta época, en la que Santoka inicia
sus primeros trabajos literarios: publica, en 1911, una serie de traducciones
de Turgenev y Maupassant en la revista literaria Seinen (Juventud). Ese mismo
año, ingresa a su primera cofradía literaria, integrándose, en 1913, al grupo
de poetas Ogihaara Seiwensui, estudiosos de la tradición del haiku y de los
haijin, Masaoka Shiki y Kawahigashi Hekigoto. El grupo se caracteriza por sus
exploraciones formales respecto a la estructura silábica del Haiku (un terceto
único estructurado silábicamente 5 / 7 / 5); experimentando con las formas
libres (shinkeikô) y prescindiendo del Kigo, palabra que acompaña al Haiku
tradicional, asociando el texto a una determinada estación o evento. Santoka
colabora activamente con el movimiento, publicando con regularidad en la
revista del maestro: Sôun. Es en este punto en que la segunda de las tragedias
familiares irrumpe en la vida de Santoka. Los negocios de su padre fracasan,
llevando a la familia a la bancarrota y a la pérdida del remanente de dinero y
propiedades. La familia se traslada a la ciudad de Kumamoto en la isla de
Kyushu, al sur de Japón. El padre, Takejirô, inicia una serie de proyectos
fallidos en los que involucra a su hijo: una tienda de sake, una pequeña
librería de segunda mano. En 1918, el menor de los hermanos de Taneda, Jirô,
comete suicidio, agobiado por la situación familiar. Muy pronto le sigue, la
abuela, quien fallece unos meses más tarde. En 1919 Santoka abandona a su familia,
con miras a encontrar un trabajo en Tokio, lo que se materializaría un año más
tarde –en 1920– con la separación definitiva de Sakino. Muere el padre. Durante
dos años trabaja como bibliotecario, hasta ser despedido a causa de un nuevo
colapso nervioso. La vida del poeta se vuelve en extremo inestable: permanece
en Tokio, en donde es acusado de actividades políticas inapropiadas y es encarcelado;
vuelve brevemente a Kyushu, con su familia, pero escapa. En 1924 intenta,
borracho, arrojarse al paso de un tren; salvado en el último instante es
llevado por un monje a un monasterio. Cinco años más tarde, Taneda Santoka es
ordenado monje Soto Zen. Escribe en su diario: "En febrero de 1929 fui ordenado monje y me convertí en residente
en Mitori Kannon-do. Era una verdadera vida solitaria en el bosque, en lo que
concierne a la quietud era quieta, y a la soledad era sola, tal era allí la
vida". Santoka inicia una serie de viajes por Japón, como bonzo
mendicante; sólo lleva consigo: su cuenco (tazón) de mendigar, una toalla y sus
hábitos. Tras el peregrinaje se asienta, en 1932, por un breve periodo en una
villa (Gôchuan) en la prefectura de Yamaguchi. Publica su primer libro de
poemas: Hachi no ko. Es un periodo de gran pobreza en lo material. Santoka
sobrevive gracias al apoyo de admiradores y amigos y al dinero que le envía su
hijo Ken. En 1934 intenta iniciar un nuevo viaje, pero cae gravemente enfermo y
debe regresar. Intenta suicidarse sin éxito. Dos años más tarde, proyecta un
viaje por la senda de Oku, siguiendo la ruta de Basho. No completa la ruta,
regresando a Gôchuan ocho meses más tarde. En 1938 Santoka abandona Gôchuan
para dirigirse a un pequeño monasterio cerca de la ciudad Matsuyama, el que se
convertiría en su última residencia. En abril de 1940 publica Somokuto (“Entre
Pagodas de Hierba”), su obra más importante. Fallece seis meses más tarde, el
11 de octubre de 1940.
Poesía
El
haiku
El haiku, una de las
formas tradicionales de la poesía japonesa, es un tipo poema de 17 sílabas, organizadas
en tres versos compactos según el esquema de 5 / 7 / 5, sin rima. En su origen,
el haiku se relaciona con otras formas de composición tradicional, como el
haikai, ejercicio en el que varios poetas componían versos con sentido
humorístico partiendo de un terceto inicial silábico 5 / 7 / 5; el tanka, poema
de 5 versos organizados 5 / 7 / 5 / 7 / 7 y el renga, composición colectiva (seisaku) sobre la base de poemas tanka. El
haikai así como otras formas de composición como el Haikai-no-Renga tienen su
origen en el siglo X d.C. para servir de diversión de las clases populares, en
contraste a las formas de composición más refinadas de la corte imperial
japonesa. Es precisamente esta última forma de composición, el Haikai-no-Renga,
el antecedente directo del haiku tradicional. Comparte con las formas
anteriores, el uso de un lenguaje simple y popular, la disposición en estrofas
breves, la estructura con base en versos de 5 o 7 sílabas y la composición en
conjunto de la mano de varios poetas. Como en el haikai, en el Haikai-no-Renga,
la sucesión de estrofas comienza con un terceto 5 / 7 / 5, el que recibe el
nombre de hokku. El hokku es acompañado por un Kigo, palabra que lo sitúa,
asociándolo a una determinada estación del año. Es con Matsuo Basho, un poeta
de la tradición del Haikai-no-Renga, que el hokku se independiza de la
estructura serial y de la creación colectiva, adquiriendo una nueva dimensión
estética y expresiva. Sin embargo, la palabra haiku (y su uso asociado al texto
poético) es posterior a Basho, quien siempre se refirió a sus poemas como
“hokku” o “Ku” (palabra que ha pasado a designar genéricamente a la estrofa de
tres versos con organización silábica 5 / 7 / 5). La expresión haiku parece
surgir por la condensación de haikai-no-ku, que era la designación para las
estrofas de sucesivas en el Haikai-no-Renga. La primera alusión al término data
de 1663, pero no es hasta el poeta Masaoka Shiki (quien utilizó la palabra
haiku para designar a sus poemas, distinguiéndolos del hokku, como creaciones
autónomas) que la nueva estructura de composición se asienta como canon con
características propias. Shiki establece la obligatoriedad del Kigo y la
estructura silábica 5 / 7 / 5, dando al Haiku tradicional su forma definitiva.
Santoka
y escritura del Haiku en Verso-libre
La poesía de Santoka es
una particular revisión de la tradición del haiku y de los grandes maestros
canónicos (Bashoo, Buson y Shiki); y al mismo tiempo su superación en la
búsqueda de un verso preciso y a la vez libre, una búsqueda que lo relacionaría
(tal vez sin saberlo él) con los grandes innovadores de la poesía europea y
americana, y del uso del verso libre (Pound, Eliot, Apollinaire).
La poesía de Santoka,
es una búsqueda formal, que permita (Son palabras de Baudelaire) encontrar en
el verso, la expresión precisa que dé cuenta de las complejidades y
fluctuaciones del mundo interior. En Santoka, el misticismo del Zen requiere
una reelaboración que pasa necesariamente por la trasformación de las
estructuras que lo subyacen: la organización silábica del Haiku tradicional
heredado de Basho es insuficiente; una conformación hermosa, también de gran
precisión, pero incapaz de ajustarse a las necesidades de un hombre en busca de
nuevas formas de expresión poética. Con la aparición del verso libre, es la
propia estructura del poema la que adquiere un nuevo significado: el verso se
alarga o se comprime según las necesidades del poeta, según la naturaleza de su
visión.
Temas
Los temas de la poesía
de Santoka son esencialmente los trazados por él en el esbozo que propone como
inicio en su autobiografía: “Los
infortunios de mi familia comenzaron con el suicidio de mi madre”. La
historia de la familia Shouichi y la muerte de su madre, entregarán al poeta
los temas clave de su escritura: la muerte, la pobreza, la soledad, el alcohol,
la decadencia.
Escribe a propósito del
recuerdo de su madre en el 47º aniversario de su muerte:
Ofrendando
fideos
Madre
Yo
también comeré
Dos años más tarde, en
un nuevo aniversario:
Dientes
de león cayendo
La
muerte de mi madre
Aquello
en lo que pienso incesantemente
La pobreza, recuerdo
del pasado familiar y del presente, como bonzo mendicante:
No
tengo dinero, no tengo cosas
No
tengo dientes
Estoy
completamente solo
*
Mi
pueblo natal
En
medio de la lluvia
Caminando
descalzo
La soledad y el Sake –
como fuente de inspiración y al mismo tiempo de evasión:
Vendo
mis harapos
Y
compro algo de sake
¿Habrá
soledad todavía?
Sin embargo, aún desde
la condición extrema de su existencia, el poeta se impone, ganando para la vida
instantes de belleza, chispazos iluminativos –como el Satori del Zen–, en los
cuales es posible recuperar para el hombre la visión de la totalidad y el
contacto íntimo con el mundo que le rodea.
Dejando
entrar la luna
En
mi dormitorio
Me
voy a dormir
*
Camino
Dejando
posarse en mí casa
una
libélula
*
Mi
cuenco de mendigar
Acepta
hojas caídas
Fuente:
http://www.japones.cl/?q=santoka.html
martes, 16 de junio de 2015
César Moro - La leve pisada del demonio nocturno.
En el gran contacto del
olvido
A ciencia cierta muerto
Tratando de robarte a
la realidad
Al ensordecedor rumor
de lo real
Levanto una estatua de
fango purísimo
De barro de mi sangre
De sombra lúcida de
hambre intacto
De jadear interminable
Y te levantas como un
astro desconocido
Con tu cabellera de
centellas negras
Con tu cuerpo rabioso e
indomable
Con tu aliento de
piedra húmeda
Con tu cabeza de
cristal
Con tus orejas de
adormidera
Con tus labios de fanal
Con tu lengua de
helecho
Con tu saliva de fluido
magnético
Con tus narices de
ritmo
Con tus pies de lengua
de fuego
Con tus piernas de
millares de lágrimas petrificadas
Con tus ojos de asalto
nocturno
Con tus dientes de
tigre
Con tus venas de arco
de violín
Con tus dedos de
orquesta
Con tus uñas para abrir
las entrañas del mundo
Y vaticinar la pérdida
del mundo
En las entrañas del
alba
Con tus axilas de
bosque tibio
Bajo la lluvia de tu
sangre
Con tus labios
elásticos de planta carnívora
Con tu sombra que
intercepta el ruido
Demonio nocturno
Así te levantas para
siempre
Pisoteando el mundo que
te ignora
Y que ama sin saber tu
nombre
Y que gime tras el olor
de tu paso
De fuego de azufre de
aire de tempestad
De catástrofe
intangible y que merma cada día
Esa porción en que se
esconden los designios nefastos y la sospecha que
tuerce
la boca del tigre que en las mañanas escupe para hacer el día
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