jueves, 5 de junio de 2014

Gonzalo Arango - Los Genocidas.


Ávidas aves de rapiña oscurecieron el cielo de mi juventud.
El aire era una mezcla repugnante de incienso y pólvora: el humo del Poder.
Los genocidas cantaban alabanzas a los dioses crueles, borrachos de
odio y aguardiente.
Todos los caminos amenazados de sombras cobardes, llevaban a la muerte.
Las espigas semejaban puñales desenvainados.
Las mazorcas de maíz se volvieron de plomo.
La esperanza dejó de ser verde en las cafetales de luto y sangre.
Los pájaros huyeron de espanto y los espantapájaros de lástima
Los arados murieron de infertilidad, los campesinos de asesinato, Dios
de vergüenza.
La noche enrojeció del fuego de la venganza.
El cielo un enorme cráter sin estrellas ni ángeles.
La tierra se llenó, de locura, soledad y lamento.
La patria dividida en víctimas y verdugos abdicó su destino y se precipitó
en el infierno.
Átila cabalgaba en el lomo de los Andes y los llanos con un revólver a
diestra y un Cristo en bandolera. Lucía el uniforme de los mercenarios y era
socio del hisopo que bendice el crimen con agua bendita.
Sembró de cruces los campos de arroz, pero primero arruinó la cosecha
de espigas.
Desbordó los ríos de sangre, los mares de lágrimas, pero antes secó las
fuentes de la vida y de toda esperanza.
El sol huyó a su paso, mensajero de fatalidad. Decapito el águila del
escudo soberano y en su lugar instaló un cuervo horrendo, tenebroso,
símbolo del poder que alimentaba sus abismales delirios.
Ahogó la amistad con el escapulario del fanatismo. En su epopeya de
iniquidades ostentaba una bandera política y otra religiosa que no
representaban la dignidad de la Patria ni los mandamientos de Cristo.
Trapos piratas, sucios de sectarismo.
Los colores falsificados:
Amarillo, el cobre de la abyección.
Azul, la bastarda complicidad del cielo.
Rojo, la llamarada crujiente del infierno.
¡La Patria en exilio!
El poder sin moral es ciego y enemigo del espíritu
A falta de razones inventa la violencia para justificar su locura y regir a
los hombres con leyes de muerte.
Entonces el crimen sustituye a la justicia para salvar el principio de
autoridad y restablecer el orden con la paz de los sepulcros.
No fue fácil empresa para los virtuosos del genocidio, pero hicieron lo
posible y también lo increíble.
Por desgracia, los únicos testigos que sobrevivieron al drama fueron los
verdugos. Más, en homenaje a las víctimas, nunca olvidaremos.

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