lunes, 25 de marzo de 2013

Dámaso Alonso - Los Insectos.




Me están doliendo extraordinariamente los insectos,
porque no hay duda, estoy desconfiando de los insectos,
de tantas advertencias, de tantas patas, cabezas y esos ojos,
oh, sobre todo esos ojos
que no me permiten vigilar el espanto de las noches,
la terrible sequedad de las noches, cuando zumban los insectos,
de las noches de los insectos,
cuando de pronto dudo de los insectos, cuándo me pregunto ah, ¿es qué hay insectos?
cuando zumban y zumban y zumban los insectos,
cuando me duelen los insectos por toda el alma,
con tantas patas, con tantos ojos, con tantos mundos de mi vida
que me habían estado doliendo los insectos
cuando zumban, cuando vuelan, cuando se chupan el agua cuando...
¡ah! cuando los insectos...

Los insectos devoran la ceniza y me roen las noches,
porque salen de la tierra y de mi carne de insecto los insectos.
Disecados, disecados, ¡los insectos!
Eso: disecados los insectos que zumbaban, que comían, que roían, que se chapuzaban en el agua,
ah, cuando la creación, el día de la creación,
cuando roían las hojas de los insectos, de los árboles de los insectos,
y nadie, nadie veía a los insectos que roían, que roían el mundo,
el mundo de mi carne y la carne de los insectos,
los insectos del mundo de los insectos que roían.

Y estaban verdes, amarillos y de color de dátil, de color de tierra seca los insectos,
ocultos, sepultos, fuera de los insectos y dentro de mi carne,
dentro de los insectos y fuera de mi alma,
disfrazados de insectos.
Y con ojos que se reían y con caras que se reían y patas,
y patas que no se reían, estaban los insectos metálicos
royendo, royendo y royendo mi alma, la pobre,
zumbando y royendo el cadáver de mi alma que no zumbaba y que no roía,
royendo y zumbando mi alma, la pobre, que no zumbaba, eso no, pero que al fin roía, roía dulcemente,
royendo y royendo ese mundo metálico y estos insectos metálicos que me están royendo el mundo de pequeños insectos,
que me están royendo el mundo y mi alma,
que me están royendo mi alma toda hecha de pequeños insectos metálicos, que me están royendo el mundo, mi alma, mi alma,
ah!, los insectos!,
ah!, los puñeteros insectos!

Kostas Karyotakis - Suicidas ideales.



En la entrada dan un giro a la llave,
reabren cada vieja carta guardada,
leen tranquilos y después arrastran grave
por última vez sus pasos de la morada.

La vida, dicen, fue una tragedia para ellos.
Dios mío, la carcajada horripilante de los hombres,
las lágrimas, el sudor, el anhelo de los cielos,
la solitud de tan vastos parajes pobres.

Se quedan frente a la ventana, lejos mirando
a la naturaleza, a los árboles, a algún infante,
ven como los marmolistas siguen el sol martilleando
que quiere bajar al poniente para siempre.

Todo ha llegado al fin. Aquí está la nota,
breve, simple, como se merece profunda,
llena de indiferencia y del perdón la gota
por aquel que llorará leyéndola rotunda.

Se miran al espejo, ven la hora,
si es una locura o acaso error se van a preguntar,
"todo ha terminado", murmuran, "ahora",
seguros que de veras lo van a prorrogar.

Salvator Rosa. (1615-1673)



Todos los textos que repasan la vida y obra del napolitano Salvator Rosa coinciden en señalar lo poco convencional que fue este singular artista italiano del siglo XVII.

Y no es de extrañar, pues su biografía está plagada de luces y sombras. No faltan las referencias en las que se señala que vivió un tiempo entre bandidos; sus contemporáneos lo tildaban de "poco ortodoxo y extravagante" o de "eterno rebelde" y sus inquietudes artísticas le llevaron a probar suerte en la pintura, el grabado, la música, la poesía o el teatro.

Enemigo acérrimo del todopoderoso Bernini, parece ser que nunca le importaron las consecuencias de enfrentarse a destacados artistas y mecenas, e incluso dicen algunas referencias que formó parte de la llamada 'Compagnia della Morte', una hermandad siniestra dedicada a dar muerte a los por entonces poco apreciados españoles.

Con tales antecedentes, no es de extrañar que Rosa goce del honor de ser considerado uno de los genios artísticos más singulares del siglo XVII italiano.

Nacido en una pobre familia napolitana, su padre, Vito Antonio de Rosa, se había empeñado en que su vástago hiciera una carrera de provecho en el seno de la Iglesia. Pero para disgusto de su progenitor, Salvator llevaba el "veneno" del arte en sus venas, y a ello dedicó toda su vida.

Con solo veinte años se trasladó a Roma para cumplir su sueño, y no tardó en destacar entre la comunidad artística de la Ciudad Eterna. Allí reunió a un grupo de aficionados y dio forma a una peculiar compañía teatral, cuyas representaciones gozaron de un importante éxito.

Sin embargo, su carrera como actor y dramaturgo no duró mucho, pues tras inundar la ciudad con pasquines criticando a su odiado Bernini y a otros personajes influyentes, se vio obligado a escapar a Florencia. Allí pasó nueve años de su vida (entre 1640 y 1649) y dio forma a la parte de su producción artística que más nos interesa: sus pinturas de brujas y hechicerías.

Los catálogos del Louvre y de la National Gallery —museos en los que se encuentran algunas de estas obras 'brujeriles'— coinciden en señalar que las obras con temas ocultistas eran poco usuales en la pintura italiana de su época.

Pero ya hemos dicho que Salvator Rosa era poco convencional, y no faltan referencias a su persona que señalan su interés "hacia lo sobrenatural y los misterios de la mente". Unas inquietudes estas que habrían surgido al frecuentar ciertos ambientes eruditos de su ciudad natal.

(Texto extraído de: http://es.noticias.yahoo.com)
















Art Blakey & The Jazz Messengers - Free For All.

domingo, 24 de marzo de 2013

Mahfúd Massis - Nocturno del Piano.



El piano, con su quijada negra, con sus dientes blancos cruzados de gusanos,
canta como un papa melancólico. Sus notas
caen como los huevos del esturión muerto
sobre mi corazón en esta noche.
Mata al demonio del piano, amiga mía, ahoga en su vientre la furia escarlata.
Rompe su levita de caballero velado;
pero déjame solo, ahorcado en la cama.
El virrey baila el tango mientras lloramos,
agita sus orejas como toneles,
evocando a Francisca, a Leonor, a otras luces devoradoras,
(doblando un pliego de su carne, realizando hechizos sobre el fuego),
pero el piano, mi niña, resuena imperial, desierto, triunfando siempre de la fatiga,
en tanto el virrey ríe, quimérico y hostil, mostrando su halcón de oro.
Mata al demonio del piano, amiga mía;
escucha cómo resbala sobre los gladiolos, rompiendo
los sacos de la memoria, antiguas sombras, y vacila
como hembra preñada
encendiendo un candil, una muerte nueva en el ciervo blanco del pecho,
una segunda vida que desconozco, y que rechazo
como la horma negra a la nube.

Pablo de Rokha - Canto de la fórmula estética.



1

Al poema, como al candado, es menester echarle llave; al poema, como a la flor, o a la mujer, o a la actitud, que es la entrada del hombre; al poema, como al sexo, o al cielo.

2

Que nunca el canto se parezca a nada; ni a un hombre, ni a un alma, ni a un canto.

3

No es posible hacer el himno vivo con colores muertos, con verdades muertas, con deberes muertos, con amargo llanto humano; acciones de hombres, no, transmutaciones; que el poema devenga ser, acción, voluntad, organismo, virtudes y vicios, que constituya, que determine, que establezca su atmósfera, su atmósfera y la gran costumbre del gesto, juicio del acto; dejad, al animal nuevo la ley nueva que él cree, que él es, que él invente; asesinemos la amargura y aun la alegría, y ojalá el poema se ría solo, sin recuerdos, ojalá sin instintos.

4

¿Qué canta el canto? Nada: El canto canta, el canto canta, no como el pájaro, sino como el canto del pájaro.

5

Seguramente, arden grandes mares rojos, y un sol de piedra, negro, por ejemplo, hincha la soledad astronómica con su enorme fruto duro, tal vez la tierra es un gran cristal triangular, otra vida y otro tiempo gravitan; crecen, demuestran su presencia, atornillados a la arquitectura que canta su orden inaudito.

6

Cojo un tomate, adquiero la vieja moneda del otoño, tomo un cinema, voy organizando aquel beso y aquel verso que anidó en aquellas pestañas inmensas.

7

Si un volumen, únicamente, un volumen agranda o empequeñece la astronomía del poema, incendiad el poema, no el volumen, degollad el poema porque no aguantó el desorden necesario a la colosal aritmética de lo pitagórico, lo geométrico, lo matemático, lo filosófico, –en el teorema expresivo–inexpresable–; ¿sobra la forma? ¿una forma? ¿una ley? ¿una voz? ¿una luz? ¿un régimen o un vértice? ¿un ritmo índice adentro de la libertad numérica del arte? incendiad el poema, degollad el poema, el porvenir de su canto, su destino innumerable y único, exige que giren todos los elementos líricos alrededor de su eje astronómico, amarrándose a esa justicia, a esa presencia, a esa cordura que deviene lo absoluto, límite del límite, arte, lo exacto, lo exactísimo, arte, lo dinámico-trágico e inmóvil.

8

¿Edificio de intuiciones? edificio de imágenes, sí, edificio de imágenes, que son productos químicamente puros del no-consciente.

9

Arte de cristales electromagnético, ultravioletas, extrarradiales; supravitales, equilibrio de volúmenes ingrávidos e impávidos, libre juego de formas libres, y como formas, exclusivamente como formas, pero sometidas a la gran esclavitud del canto, a la gravitación lírica, que es la gravitación cósmica.

10

Escoged un material cualquiera, sí, un material cualquiera; no obstante, un material cualquiera determina la biología del poeta, la diagnostica; escoged un material cualquiera, como quien escoge estrellas entre gusanos...

11

Porque hay un material auténtico, como la aceituna del soltero, la empanada del casado, o lo mismo que el vino del día lluvioso, que es la guitarra del calendario, y un material de estafa, de escarnio, que se parece a las locomotoras en el templo, al militar que seduce garzas claras con la espada, gimiendo hacia adentro aquellas violetas enfermas de tiempo y pianos sin aureola, a la higuera que produce lirios.

12

Pero se trabaja exactamente con barro y con sueño...
13

Sólo que la alegría de la golondrina depende de la primera gota de agua...

14

Cuando Dios estaba aún azul adentro del hombre...

15

Es menester hacer océanos, no fotografiando océanos, no, es menester hacer océanos con el rumor del calzón femenino, con esos recuerdos de tamaño azul-azul, con el enorme elemento de agua que canta en la garganta de los niños chiquitos y en la línea agrícola, y aun con la gran ola oscura de aquel dios jodido de adentro; es menester hacer, poder hacer una niña de pueblo con una violeta y una aceituna y una tonada; es menester hacer la ciudad imperial de hoy con la trepidación de la gramática, aquella cosa inmensa y mecánica, dinámica, difícil, que es, por Dios! el lenguaje colocándose.

16

Que el poema haga reír y haga llorar como una mujer rubia, o un hermoso caballo.

17

Y además, que se ría solo y llore solo, y llore solo como la más morena de las colegialas, sacándose la camisa.

18

El canto, como el sueño, ha de estar cruzado de larvas.

19

El canto, como el mundo.

20

El canto, como el genio, ha de crear atmósfera, temperatura, medida del universo, ambiente, luz, que irradie de soles personales.

21

Medio a medio de la poesía, Tú, lo mismo que el sexo, medio a medio.

22

Ahora, la ronca noche, galopando entre laureles de fuego, determina aquel gran diapasón del siglo…

23

Y un yo dormido lo calcula…….



Publicado en Ecuación, 1929.

Jorge Teillier - Carta a Mariana.


¿Qué película te gustaría ver?
¿Qué canción te gustaría oír?
Esta noche no tengo a nadie
a quien hacerle estas preguntas.

Me escribes desde una ciudad que odias
a las nueve y media de la noche.
Cierto, yo estaba bebiendo,
mientras tú oías Bach y pensabas volar.

No creí que iba a recordarte
ni creí que te acordarías de mí.
¿Por qué me escribiste esa carta?
Ya no podré ir solo al cine.

Es cierto que haremos el amor
y lo haremos como me gusta a mí:
todo un día de persianas cerradas
hasta que tu cuerpo reemplace al sol.

Acuérdate que mi signo es Cáncer,
pequeña Acuario, sauce llorón.
Leeremos libros de astrología
para inventar nuevas supersticiones.

Me escribes que tendremos una casa
aunque yo he perdido tantas casas.
Aunque tú piensas tanto en volar
y yo con los amigos tomo demasiado.

Pero tú no vuelves de la ciudad que odias
y estás con quién sabe qué malas compañías,
mientras aquí hay tan pocas personas
a quien hacerles estas simples preguntas:

«¿Qué canción te gustaría oír,
qué película te gustaría ver?
¿y con quién te gustaría que soñáramos
después de las nueve y media de la noche?».

Ezra Pound - Un Pacto.



Haré un pacto contigo, Walt Whitman-
Te he detestado ya bastante.
Vengo a ti como un niño crecido
Que ha tenido un papá testarudo;
Ya tengo edad de hacer amigos.
Fuiste tú el que cortaste la madera,
Ya es tiempo ahora de labrar.
Tenemos la misma savia y la misma raíz:
Haya comercio, pues, entre nosotros.

Lee Konitz - At Storyville.

Leopoldo María Panero - Diario de un seductor.



No es tu sexo lo que en tu sexo busco
sino ensuciar tu alma:
                     desflorar
con todo el barro de la vida
lo que aún no ha vivido.

Konstantino Kavafis - Muy raramente.



Es un anciano. Agotado y giboso,
estragado por los años, y por intemperancias,
con paso lento atraviesa la calleja.
Y sin embargo cuando entra a su casa para ocultar
su ruina y su vejez, considera
la parte que él aún posee en la juventud.

Adolescentes ahora los versos suyos recitan.
Por los vivaces ojos de éstos pasan las visiones suyas.
Sus espíritus sanos, voluptuosos,
sus cuerpos armoniosos, firmes,
se conmueven con su propia expresión de la Belleza.

Samuel Beckett - Cascando.



1

Por qué no simplemente no esperar
A ser ocasión de
Un vertedero de palabras.

¿No es mejor abortar que ser estéril?

Después de tu partida las horas son tan tristes
Siempre empiezan a rastras demasiado pronto
Los garfios desgarrando con ceguedad el lecho de miseria
Rescatando los huesos los amores antiguos
Cuencas una vez llenas con ojos como tuyos
¿Es mejor siempre demasiado pronto que jamás?
Negra necesidad salpicando los rostros
Diciendo una vez más nunca flotó lo amado nueve días
Ni nueve meses
Ni nueve vidas.

2

Diciendo una vez más
Si no me enseñas tú no aprenderé
Diciendo una vez más existe un último
Atardecer de últimas veces
Últimas veces de mendigar
Últimas veces de amar
De saber no saber simular
Un último atardecer de últimas veces de decir
Sino me amas nunca seré amado
Si no te amo ya no amaré nunca.

Un batir de palabras gastadas una vez más en el corazón
Amor amor amor golpe de un émbolo antiquísimo
Moliendo el suero inalterable
De las palabras.

Una vez más aterrado
De no amar, de amar
Pero no a ti
De ser amado y no por ti
De saber no saber simular
Simular.

Yo y todos los otros que te amen
Si te aman.

3

A menos que te amen.

William Blake - El viajero mental.




He viajado a través de un país de hombres,
un país de hombres y también de mujeres,
y he oído y visto tan horrendas cosas
como nunca los caminantes de la fría Tierra han conocido.

Porque allí nace en la alegría el niño
que en el atroz dolor fue concebido,
tal como en la alegría cosechamos el fruto
que fue sembrado en lágrimas amargas.

Y si el recién nacido es un varón,
es entregado a una mujer anciana
que lo clava tendido en una roca
y en copas de oro coge sus lamentos.

Con espinas de hierro cierne su cabeza,
y agujerea sus pies y sus manos,
corta su corazón y lo desprende
para hacerle sentir calor y frío.

Sus dedos enumeran cada nervio
como un avaro contando su oro,
y de lamentos y gritos se nutre,
y él envejece, y ella se hace joven.

Hasta que convertido en un joven sangriento,
y ella mudada en espléndida virgen,
destroza sus cadenas, y la amarra
a ella a la Tierra para su placer.

Se planta él mismo en lo nervios de ella
como un labriego planta en su terreno,
y ella se convierte en su morada
y en jardín que le rinde setenta veces frutos.

Pronto se torna envejecida sombra
vagando alrededor de una cabaña terrestre,
llena de pedrerías y de oro
que ganó su trabajo.

Y éstas son las pedrerías del alma humana,
los rubíes y las perlas de un ojo enfermo de amor,
el oro innumerable del corazón que sufre,
el gemido del mártir y el suspiro del enamorado.

Son su alimento y su bebida,
mantiene a los mendigos y a lo pobres,
y para el caminante en viaje siempre
su puerta permanece abierta.

Su pena es alegría eterna en ellos;
hacen resonar los techos y los muros
hasta que de la lumbre del hogar
una pequeñuela emerge de pronto.

De fuego sólido ella es,
y pedrerías y oro, en tal manera
que nadie osa tocar su infantil forma
o envolverla en pañales.

Pero ella llega donde el que ama,
joven o viejo o rico o pobre;
muy pronto expulsan al anciano huésped
que se va mendigando por puertas ajenas.

Va llorando errante, muy lejos,
hasta que alguien admita hospedarle,
a menudo ciego por la edad, desesperado,
hasta que puede ganar una doncella.

Y para consolar su edad helada
en sus brazos la toma el pobre hombre.
La cabaña desaparece de su vista
y también el jardín con sus dulces encantos.

Los huéspedes están esparcidos por toda la región,
porque el ojo alterado altera todo.
Los sentidos se enrollan en sí mismos, con miedo,
y la Tierra plana se convierte en una pelota.

Las estrellas, el Sol, la Luna, todo huye.
Un vasto desierto sin límites,
y no queda nada de comer o beber,
y alrededor sólo el desierto oscuro.

La miel de sus labios de niña,
el pan y el vino de su dulce sonrisa,
el juego desordenado de su ojo vagabundo
a una ilusoria infancia le conducen.

Porque a medida que come y bebe se transforma
haciéndose más joven cada día,
y ambos, en el salvaje desierto
van errantes llenos de terror y congoja.

Ella huye como cierva salvaje,
su temor planta muchos matorrales salvajes,
mientras él la persigue de noche y de día,
por artificios de amor conducido.

Por artificios de amor y de odio
hasta que el salvaje desierto entero está plantado
con laberintos de díscolo amor
donde vagan el león, el lobo y el oso,

hasta que él se convierte en un díscolo niño
y ella en una llorosa mujer envejecida.
Van a vagar allí, entonces, muchos enamorados.
El Sol y las estrellas aproximan su curso.

Dulce éxtasis los árboles producen
para todos los que vagan en el desierto,
hasta que más de una ciudad allí es alzada
y más de una agradable cabaña de pastor.

Pero cuando hallan al colérico niño
el terror cunde en la extensa región:
gritan ¡El niño, el niño ha nacido!
y huyen en todas direcciones.

Porque hasta la raíz se seca el brazo
de aquel que osó tocar la colérica forma:
osos, leones, lobos, todos huyen aullando,
y todo árbol arroja sus frutos.

Y nadie puede tocar esa forma colérica
a menos que lo haga una mujer anciana.
Ella al niño tendido clava sobre la Tierra
y todo pasa como ya lo he dicho.

Iván Tubau - Atlantas.



Son suyas las praderas de Ripoll
y de Setcases y de Sant Joan
y el mar de Bellaterra y las montañas
más altas de la sierra del Montsant.
Algunos llaman patria a los paisajes
y a las lenguas e incluso al indumento
de los antepasados y a su historia
y a la muerte de antiguos enemigos.
Piensan ellos que son suyas las patrias
porque las llevan en el pasaporte
o que son suyas todas las mujeres
que ante el juez han firmado unos papeles.
Pero él sabe que es suya aquella playa
de Sausalito que pisó una tarde
y el tranvía de cable y la bahía
de San Francisco y la Jack London Place.
Son suyas esta lengua que aquí escribe
y aquella con la cual dice Je t´aime
o Help Ich liebe dich Ti voglio bene
Ves-te´n a fer punyetes Obrigado.
Él sabe que son suyas para nunca
todas las calles por las que pasó
y que su matria son las cien mujeres
que aún habitan su cuerpo y su memoria.
El mundo está preñado todavía
de Atlantas que le esperan, de praderas
abiertas como libros que desean
ser leídos un día con los pies.

Nicanor Parra - Soliloquio del Individuo.



Yo soy el Individuo.
Primero viví en una roca
(Allí grabé algunas figuras).
Luego busqué un lugar más apropiado.
Yo soy el Individuo.
Primero tuve que procurarme alimentos,
Buscar peces, pájaros, buscar leña,
(Ya me preocuparía de los demás asuntos).
Hacer una fogata,
Leña, leña, dónde encontrar un poco de leña,
Algo de leña para hacer una fogata,
Yo soy el Individuo.
Al mismo tiempo me pregunté,
Fui a un abismo lleno de aire;
Me respondió una voz:
Yo soy el Individuo.
Después traté de cambiarme a otra roca,
Allí también grabé figuras,
Grabé un río, búfalos,
Grabé una serpiente
Yo soy el Individuo.
Pero no. Me aburrí de las cosas que hacía,
El fuego me molestaba,
Quería ver más,
Yo soy el Individuo.
Bajé a un valle regado por un río,
Allí encontré lo que necesitaba,
Encontré un pueblo salvaje,
Una tribu,
Yo soy el Individuo.
Vi que allí se hacían algunas cosas,
Figuras grababan en las rocas,
Hacían fuego, ¡también hacían fuego!
Yo soy el Individuo.
Me preguntaron que de dónde venía.
Contesté que sí, que no tenía planes determinados,
Contesté que no, que de allí en adelante.
Bien.
Tomé entonces un trozo de piedra que encontré en un río
Y empecé a trabajar con ella,
Empecé a pulirla,
De ella hice una parte de mi propia vida.
Pero esto es demasiado largo.
Corté unos árboles para navegar,
Buscaba peces,
Buscaba diferentes cosas,
(Yo soy el Individuo).
Hasta que me empecé a aburrir nuevamente.
Las tempestades aburren,
Los truenos, los relámpagos,
Yo soy el Individuo.
Bien. Me puse a pensar un poco,
Preguntas estúpidas se me venían a la cabeza.
Falsos problemas.
Entonces empecé a vagar por unos bosques.
Llegué a un árbol y a otro árbol;
Llegué a una fuente,
A una fosa en que se veían algunas ratas:
Aquí vengo yo, dije entonces,
¿Habéis visto por aquí una tribu,
Un pueblo salvaje que hace fuego?
De este modo me desplacé hacia el oeste
Acompañado por otros seres,
O más bien solo.
Para ver hay que creer, me decían,
Yo soy el Individuo.
Formas veía en la obscuridad,
Nubes tal vez,
Tal vez veía nubes, veía relámpagos,
A todo esto habían pasado ya varios días,
Yo me sentía morir;
Inventé unas máquinas,
Construí relojes,
Armas, vehículos,
Yo soy el Individuo.
Apenas tenía tiempo para enterrar a mis muertos,
Apenas tenía tiempo para sembrar,
Yo soy el Individuo.
Años más tarde concebí unas cosas,
Unas formas,
Crucé las fronteras
y permanecí fijo en una especie de nicho,
En una barca que navegó cuarenta días,
Cuarenta noches,
Yo soy el Individuo.
Luego vinieron unas sequías,
Vinieron unas guerras,
Tipos de color entraron al valle,
Pero yo debía seguir adelante,
Debía producir.
Produje ciencia, verdades inmutables,
Produje tanagras,
Di a luz libros de miles de páginas,
Se me hinchó la cara,
Construí un fonógrafo,
La máquina de coser,
Empezaron a aparecer los primeros automóviles,
Yo soy el Individuo.
Alguien segregaba planetas,
¡Árboles segregaba!
Pero yo segregaba herramientas,
Muebles, útiles de escritorio,
Yo soy el Individuo.
Se construyeron también ciudades,
Rutas
Instituciones religiosas pasaron de moda,
Buscaban dicha, buscaban felicidad,
Yo soy el Individuo.
Después me dediqué mejor a viajar,
A practicar, a practicar idiomas,
Idiomas,
Yo soy el Individuo.
Miré por una cerradura,
Sí, miré, qué digo, miré,
Para salir de la duda miré,
Detrás de unas cortinas,
Yo soy el Individuo.
Bien.
Mejor es tal vez que vuelva a ese valle,
A esa roca que me sirvió de hogar,
Y empiece a grabar de nuevo,
De atrás para adelante grabar
El mundo al revés.
Pero no: la vida no tiene sentido.

Leopoldo María Panero - Necrofilia.



El acto del amor es lo más parecido
a un asesinato.
En la cama, en su terror gozoso, se trata de borrar
el alma del que está,
hombre o mujer,
debajo.
Por eso no miramos.
Eyacular es ensuciar el cuerpo
y penetrar es humillar con la
verga la
erección de otro yo.
Borrar o ser borrados, tanto da, pero
en un instante, irse
dejarlo
una vez más
entre sus labios.

Omar Cáceres - Contra la Noche.



Con sus rápidos ojos que parten el viento,
los tranvías hallan, copian la ciudad;
las frías nubes despliegan, intensifican la vida.

Mi pensamiento rueda y se alarga hasta mi casa,
derramando sus lunas de sed en la tormenta;
burgueses y mendigos y vehículos, todo lo que a mi encuentro viene,
se agranda a su contacto, resplandece,
y anula su existencia, acabase, en mí mismo.

Entonces canto mis límites, mi alegría desbordada
como un collar de olvido en la extremidad de un verso;
contra el rumbo de la noche voy ganando hojas de plata,
y he de estar dormido cuando todas me pertenezcan.

Georg Trakl - Sueño y Locura.




Al atardecer el padre se convirtió en anciano;
en cuartos oscuros se petrificó el rostro de la madre,
y sobre el muchacho pesó la maldición de la estirpe degenerada.
A veces recordaba su infancia, colmada de enfermedad,
espanto y tinieblas, juegos secretos en el jardín estrellado,
cuando alimentaba a las ratas en el patio crepuscular.
Del espejo azul surgió la delgada figura de la hermana
y se precipitó como muerto en la oscuridad.
De noche se abrió su boca como un fruto rojo,
y las estrellas brillaron sobre su muda aflicción.
Sus sueños llenaron la vieja casa de los mayores.
Al anochecer se dirigía gustoso al cementerio en ruinas
o visitaba en bóvedas en penumbra los cadáveres,
las verdes manchas de putrefacción sobre sus hermosas manos.
A la puerta del convento pidió un trozo de pan;
la sombra de un caballo negro surgió de la oscuridad y lo asustó.
Cuando yacía en su fresco lecho le brotaron lágrimas indescriptibles.
Pero nadie había que hubiera posado la mano sobre su frente.
Cuando el otoño llegó se encaminó él, un vidente, a la parda pradera.
Oh, las horas de arrebatado éxtasis, los atardeceres junto al verde río, las cacerías.
Oh, el alma, que suavemente cantaba la canción del junco amarillento; devoción ardiente.
Larga y silenciosamente miró en los ojos estrellados de los sapos,
palpó con manos horrorizadas la frescura de la vieja piedra,
y discurrió sobre la venerable leyenda del manantial azul.
Oh, los peces plateados y los frutos que caían de árboles raquíticos.
La armonía de sus pasos le infundió orgullo y desprecio por los humanos.
De regreso al hogar halló un castillo deshabitado.
Dioses en ruinas se erguían en el jardín, afligiéndose en el atardecer.
A él empero le pareció: aquí he vivido en años olvidados.
Un coral de órgano lo llenó con el terror de Dios.
Pero en una oscura caverna transcurrían sus días, mentía y robaba y se ocultaba,
un lobo ardiente, del blanco rostro de la madre.
Oh, la hora en que con boca petrificada se desplomó en el jardín de estrellas,
cuando la sombra del asesino cayó sobre él.
Con frente purpúrea se dirigió al pantano
y la cólera de Dios azotó sus metálicos hombros;
oh, los abedules en la tormenta,
el animal oscuro que evitaba su senda tenebrosa.
Odio ardió en su corazón, voluptuosidad,
cuando en el reverdecido jardín de verano atentó
contra el callado niño, en cuyo resplandeciente rostro reconoció el suyo trastornado.
Ay, al atardecer en la ventana,
cuando entre las flores purpúreas surgió un esqueleto ceniciento, la muerte.
Oh torres y campanas; y las sombras de la noche cayeron pétreas sobre él.
Nadie lo amaba.
Su cabeza ardía de mentira y lascivia en cuartos penumbrosos.
El crujido azul de un vestido femenino lo inmovilizó como una columna,
y en la puerta se irguió la efigie nocturna de su madre.
Sobre sus cabezas se alzó la sombra del mal.
Oh, noches y estrellas.
Al anochecer se dirigió contra el lisiado a la montaña.
Sobre la helada cima yacía el brillo sonrosado del crepúsculo
y su corazón latió silenciosamente en la penumbra.
Pesadamente cayeron los tempestuosos abetos sobre ellos,
y el rojo cazador salió del bosque.
Como ya era de noche,
su corazón se quebró cristalino y la tiniebla golpeó su frente.
Bajo encinas desnudas estranguló con manos heladas a un gato salvaje.
Lamentándose, apareció a su diestra la blanca efigie de un ángel,
y en la oscuridad creció la sombra del lisiado.
Él, empero, tomó una piedra y la arrojó contra aquél.
De modo que huyó gritando,
y gimiendo se desvaneció en la sombra del árbol el dulce rostro del ángel.
Largo tiempo yació sobre el campo pedregoso
y miró asombrado la áurea tienda de las estrellas.                  
Ahuyentado por murciélagos, se precipitó en la oscuridad.
Sin aliento entró en la casa en ruinas,
bebió en el patio, como un animal salvaje,
de las aguas azules de la fuente, hasta que se sintió que se helaba.
Delirando, se sentó en la congelada escalera,
furioso contra Dios porque fuera a morir.
Oh, el semblante gris del espanto,
cuando alzó los ojos redondos muy abiertos
hacia la garganta abierta de una paloma.
Corriendo rápidamente por extrañas escaleras,
encontró a una muchacha judía
y la retuvo por el negro pelo y la besó en la boca.
Algo hostil lo persiguió a través de lóbregas calles
y un rechinar de hierro desgarró su oído.
A lo largo de muros otoñales seguía él,
un sacristán, silenciosamente al callado sacerdote;
bajo árboles marchitos aspiraba embriagado
el escarlata de aquellas venerables vestiduras.
Oh, el disco declinante del sol.
Dulces torturas laceraban su carne.
En una casa desolada se le apareció,
tiesa de inmundicias, su imagen ensangrentada.
Más hondamente amaba las obras sublimes de la piedra;
la torre que con muecas infernales asalta de noche el azul cielo estrellado;
la fresca tumba que custodia el apasionado corazón del hombre.
Ay de la culpa indescriptible que aquello revela.
Pero cuando iba meditando lo ardiente,
según el curso del río otoñal,
bajo árboles desnudos,
se le apareció en peludo manto un demonio llameante, la hermana.
Al despertar se apagaron las estrellas sobre sus cabezas.
Oh, estirpe maldita.
Cuando en anchados aposentos cada uno de los destinos se ha consumado,
entra la muerte con paso corrompido en la casa.
Oh, sí afuera reinara la primavera
y en el árbol florecido cantara un dulce pájaro.
Pero ceniciento se marchita el escaso verdor en las ventanas de los seres nocturnos,
y los corazones sangrantes traman aún algo malo.
Oh, las sendas crepusculares de primavera del pensativo.
Con justicia lo regocijan el seto florido,
la nueva semilla del campesino y el ave canora, dulce criatura de Dios;
la campana del atardecer y la hermosa comunidad de los hombres.
Que pudiera olvidar su destino y el erizado aguijón.
Libre reverdece el arroyo, por donde pasa su plateado pie y un aquél.
Entonces levanta con mano enjuta la serpiente,
y en lágrimas ardientes se derritió su corazón.
Sublime el silencio del bosque,
la oscuridad verdecida y las alimañas musgosas que alzan vuelo cuando la noche llega.
Oh, el horror, cuando cada uno conociendo su culpa,
transita por espinoso sendero.
Así halló en las zarzas la figura blanca del niño,
sangrando en busca del manto de su novio.
Él, empero sepultado bajo su pelo de acero,
permanecía mudo y sufriendo delante de ella.
Oh, los ángeles radiantes, que el viento purpúreo de la noche dispersó.
Pasó toda la noche en una gruta de cristal,
y la lepra creció plateada sobre su frente.
Como una sombra descendió por el camino de herradura bajo los astros otoñales.
Caía nieve, y una tiniebla azul llenó la casa.
Como de un ciego sonó la dura voz del padre y conjuró el espanto.
Ay, la aparición agobiada de las mujeres.
Bajo rígidas manos degeneraron frutos y enseres de la estirpe aterrada.
Un lobo destrozó al primogénito
y las hermanas huyeron a oscuros jardines hacia ancianos huesudos.
Como un vidente enajenado cantaba aquel junto a muros ruinosos
y el viento de Dios devoró su voz.
Oh, la voluptuosidad de la muerte.
Oh, criaturas de una oscura estirpe.
Argénteas relucen las flores malignas de la sangre en las sienes de aquél,
la fría luna en sus ojos quebrados.
Ay, de los nocturnos: ay, de los malditos.
Honda es la somnolencia en venenos oscuros,
llena de estrellas y del blanco rostro de la madre, petrificado.
Amarga es la muerte, el alimento de los cargados de culpa;
en el ramaje moreno de la estirpe burlonamente se quebraron los rostros de barro.
Pero en voz baja cantó aquel a la verde sombra del sauce,
cuando despertó de sus malos sueños;
un dulce compañero de juego se le acercó, un ángel rosado,
y él como una mansa bestia, se durmió en la noche;
y vio el semblante estrellado de la pureza.
Áureos se inclinaron los mirasoles sobre la cerca del jardín, pues era verano.
Oh, el celo de las abejas y la verde hoja del nogal;
las tormentas que pasaban.
Argéntea florecía también la amapola,
en verde cápsula contenía nuestros sueños de estrellas.
Oh, que tranquila estaba la casa,
cuando el padre penetraba en lo oscuro.
Purpúreo maduraba el fruto en el árbol,
y en el jardinero movía las ásperas manos;
oh, los signos capilares del sol resplandeciente.
Pero silenciosa entró al atardecer la sombra del muerto en el círculo afligido de los suyos
y su paso sonaba cristalino sobre el verdeante prado ante el bosque.
Silenciosos se congregaron aquellos a la mesa;
moribundos partieron el pan, que sangraba, con manos de cera.
Dolor de los petrificados ojos de la hermana,
cuando durante la comida su locura se posó sobre la nocturna frente del hermano,
mientras el pan se convertía en piedra entre las manos dolientes de la madre.
Oh, los corrompidos, cuando negaron el infierno con plateadas lenguas.
Entonces se apagaron las lámparas en el fresco aposento,
y desde mascaras purpúreas se miraron callados los hombres dolientes.
Durante toda la noche murmuró la lluvia y refresco la campiña.
En espinoso desierto seguía el sombrío por el sendero amarillento en el grano,
la canción de la alondra y el dulce silencio del verde ramaje, para encontrar la paz.
Oh, villorrios y grandes musgosas, ardiente espectáculo.
Pero óseos vacilaron los pasos sobre serpientes dormidas en el linde del bosque,
y el oído sigue continuamente el furioso grito del buitre.
Un páramo pedregoso halló el atardecer,
el sequito de un muerto en la oscura casa del padre.
Una nube purpúrea envolvió su cabeza,
de modo que en silencio se desplomó sobre su propia sangre e imagen,
un rostro lunar;
pétreo cayó en el vacío,
cuando en el quebrado espejo de un moribundo adolescente,
la hermana apareció.
La noche devoró a la maldita estirpe.

Konstantino Kavafis - La Ciudad.




Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón – como un cadáver – sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".

Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar – no esperes –
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

Ezra Pound - El Desván.




Ven, apiadémonos de los que tienen más fortuna que nosotros.
Ven, amiga, y recuerda
que los ricos tienen mayordomos en vez de amigos,
y nosotros tenemos amigos en vez de mayordomos.
Ven, apiadémonos de los casados y de los solteros.

La aurora entra con sus pies diminutos
como una dorada Pavlova,
y yo estoy cerca de mi deseo.
Nada hay en la vida que sea mejor
que esta hora de limpia frescura,
la hora de despertarnos juntos.

César Vallejo - Espergesia.



Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que mastico... y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de ferétro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.

Todos saben... Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.

Francisco Goitia. (1882 - 1960)



Nació en Fresnillo, México, el 4 de octubre de 1882, fue un artista sui generis dentro del panorama cultural mexicano ya que se mantuvo al margen de las costumbres sociales de su época y de la corriente pictórica oficial. Aunque perteneció a la llamada Escuela Mexicana de Pintura y Escultura —personificada por Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, entre otros, no participó en el movimiento muralista iniciado en 1922.

Goitia militó en las huestes villistas, como pintor oficial del general Felipe Ángeles. Años más tarde recordaría: "fui a todas partes con su ejército, observando. Nunca porté armas porque sabía que mi misión no era matar...". Su trabajo consistía en dar testimonio pictórico de la vida en estos agitados años.

Así, presenció varias batallas, como la de Zacatecas de 1914. Los temas de su pintura de estos años muestran el horror y fascinación que le produjo la guerra. Goitia hizo cuadros que muestran paisajes del norte del país pero, sobre todo, la brutalidad y la muerte que veía cotidianamente. Para realizar su serie de cuadros sobre ahorcados, Goitia colgaba de un árbol cadáveres auténticos y observaba su descomposición para después plasmar el dramatismo de su violenta muerte.

En 1920, Goitia se va a vivir como un anacoreta a Xochimilco; allí conoce a Ignacio Rosete, hombre de una familia con escudo y con quien entabla amistad hasta el resto de sus días (se dice que éste fue quien le vendió el terreno donde construyó una choza con sus propias manos). En sí Francisco Goitia fue hombre fuera de las superficialidades de la vida cultural e intelectual de la ciudad de México, a la que se rehusaba a pertenecer.

La desolación de los paisajes de Goitia transmiten el sentimiento que la Revolución Mexicana produjo en el artista.

Falleció en Xochimilco, México, D. F., el 26 de marzo de 1960. 










Paul Valéry - Esbozo de una serpiente.




                                                        A Henry Ghéon

Sobre aquel árbol la brisa acuna
A la víbora que yo vestí;
Una sonrisa le horada el diente
Y nos aclara sus apetitos
En el Jardín donde arriesga y ronda,
Y en el triángulo mío de esmeralda
Saca su lengua de doble filo...
Bestia soy, pero bestia aguda
De quien el veneno, aunque vil,
Domina al de la cauta cicuta.

Cuán suave aquel tiempo de placer!
Temblad mortales! Yo soy muy fuerte
Cuando consigo con mi descaro,
¡En un bostezo quebrar la fuerza!
El esplendor del Cielo perfila
Este blasón de sierpe que oculta
Bajo su animal simplicidad;
¡Venid a mí, raza atolondrada!
¡Estoy de pie, atenta y proterva,
Semejante a la necesidad!

¡Sol, Sol!... ¡Mentira resplandeciente!
Tú, Sol que a la muerte la enmascaras
Bajo el azul y oro de una tienda
do celebran consejo las flores
Por entre impenetrables placeres,
¡Tú, el más fiero de mis cómplices
Y de mis trampas, la más aguda,
Protege a los corazones para
Que nunca sepan que el Universo
Es un defecto, allí en la pureza
Del No-Ser!

Gran Sol que haces retiñir la alarma
Para el ser y le compañas fuegos,
Tú, que entre los sueños lo encarcelas
Y muy tramposamente le pintas,
Campiñas, oh hacedor de fantasmas
Felices que propenden los ojos
A la presencia oscura del alma,
Siempre me ha gustado la mentira
Que tú expandes en el absoluto,
¡Oh rey de las sombras vuelto lumbre!

Vierte sobre mí tu calor basto
Donde surge mi pereza gélida
Y desvaría algún mal que le es
Propio a mi naturaleza rea...
Lugar feliz donde vive la carne,
Donde escoger y acoplarse es grato,
Donde mi furor se vuelve maduro,
Y lo recorro entre mis circuitos
Donde mi meditación murmura.

¡Oh Vanidad, Causa Primera!
Aquella que reina en los Cielos,
Y que hizo a la luz que nos abra
Al Universo espacioso exhausto
De su propio espectáculo purísimo.
Dios mismo nos ha roto el obstáculo
De su Perfecta Eternidad;
El se nos volvió Quien nos disipa
En consecuencias a su Principio,
En estrellas su Unidad.

¡Cielos, su error! ¡Tiempo, su ruina!
Y el abismo animal, boquiabierto...
¡Qué caída en el origen, una
Centella en el lugar de la nada!...
Pero en el primer vocablo en su Verbo:
YO... El más soberbio de los astros
Dicho por el loco creador,
¡Yo soy... Yo seré... Yo os ilumino
La disminución divina
De todo el fuego del Seductor!

Charlie Parker - At Storyville.

Samuel Beckett - Después de bajar un poco.




Después de bajar un poco
A través de la inmundicia
Donde todo es oscuridad
Sin tener que mendigar
Sin tener nada que dar
Sin palabras sin sentido
Sin tener necesidad
A través de la inmundicia
Bajar un poco aún
Donde todo es oscuridad
Se vislumbra el manantial.

William Blake - Proverbios del Infierno.


William Blake retratado por Thomas Phillips, 1807.



En tiempo de siembra, aprende; en tiempo de cosecha, enseña; en invierno, goza.

Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos.

El camino del exceso lleva al palacio del saber.

La Prudencia es una vieja solterona, rica y fea, que la Incapacidad corteja.

Aquel que desea pero no actúa, engendra peste.

El gusano perdona al arado que lo corta.

Sumerge en el río a aquel que ama el agua.

El necio no ve el mismo árbol que ve el sabio.

Aquel cuyo rostro no irradie luz, jamás será una estrella.

La Eternidad está enamorada de los frutos del tiempo.

La abeja laboriosa no tiene tiempo para el pesar.

Las horas de la locura las mide el reloj, pero ningún reloj puede medir las horas de la sabiduría.

Todo alimento sano se logra sin red ni cepo.

Usa número, peso y medida en año de escasez.

Ninguna ave se remonta demasiado, si lo hace con sus propias alas.

Un cuerpo muerto no venga injurias.

Tu acto más sublime es poner a otro delante de tí.

Si el necio persistiera en su necedad, se tornaría sabio.

Locura, capa de la villanía.

Vergüenza, capa del orgullo.

Las prisiones son edificadas con piedras de la Ley, los burdeles con ladrillos de la religión.

El orgullo del pavo real es la gloria de Dios.

La lujurias del chivo es la generosidad de Dios.

La ira del león es la sabiduría de Dios.

La desnudez de la mujer es obra de Dios.

El exceso de pena ríe. El exceso de gozo llora.

El rugido de los leones, el aullido de los lobos, la ira del tempestuoso mar y la espada destructiva son porciones de eternidad demasiado grandes para el ojo humano.

El zorro condena la trampa, pero no a sí mismo.

El gozo fecunda. El dolor engendra.

Dejad que el hombre vista la piel del león y la mujer el vellón de la oveja.

El ave un nido, la araña una tela, el hombre la amistad.

El egoísta necio que sonríe y el necio sombrío y ceñudo serán tenidos por sabios y se tornarán la norma.

Lo que hoy está demostrado, una vez fue imaginado.

La rata, el ratón, el zorro, el conejo, cuidan de las raíces; el león, el tigre, el caballo, el elefante, de los frutos.

La cisterna contiene, la fuente rebosa.

Un pensamiento llena la inmensidad.

Si estás siempre pronto a expresar tu opinión, el vil te evitará.

Todo lo que es creíble, es una imagen de la verdad.

Nunca perdió el águila tanto tiempo como cuando se sometió a la enseñanza del cuervo.

El zorro se provee a si mismo; pero Dios provee al león.

Medita en la mañana. Obra al mediodía. Come al atardecer. Duerme en la noche.

Quien ha soportado que abuses de él, te conoce.

Así como el arado sigue las palabras, Dios recompensa las plegarias.

Los tigres de la cólera son más sabios que los caballos del saber.

Espera veneno del agua estancada.

Nunca sabrás lo que es suficiente a menos que sepas lo que es más que suficiente.

¡Escucha el reproche de los necios! ¡Es un título real!

Los ojos de fuego, la nariz de aire, la boca de agua, la barba de tierra.

El débil en denuedo es fuerte en astucia.

Nunca pregunta el manzano al haya cómo crecer, ni el león al caballo cómo lograr su presa.

Quien recibe agradecido, fructifica abundante cosecha.

Si otros no hubieran sido necios, nosotros lo seríamos.

El alma rebosante de dulce deleite jamás será profanada.

Cuando ves un águila, ves una porción de genio: ¡Yérguete!

Así como la oruga elije las hojas más bellas para posar sus huevos, así el sacerdote deja caer su maldición en los gozos más dulces.

Crear una pequeña flor es trabajo de siglos.

La maldición vigoriza; la bendición relaja.

El mejor vino es el más añejo, la mejor agua es la más nueva.

Las plegarias no aran; las alabanzas no cosechan.

Las alegrías no ríen. Las tristezas no lloran.

La cabeza, lo Sublime; el corazón, el Pathos; los órganos genitales, lo Bello; las manos y los pies, la Proporción.

Como el aire al pájaro o el agua al pez, así es el desprecio para el despreciable.

La corneja quisiera que todo fuera negro; el búho, que todo fuese blanco.

Exuberancia es Belleza.

Si el león fuera aconsejado por el zorro, sería astuto.

El Progreso construye caminos rectos, pero los tortuosos caminos sin progreso son los caminos del genio.

Antes asesina a un niño en su cuna que nutras deseos que no realices.

Donde no está el hombre, la naturaleza es estéril.

La verdad nunca puede ser dicha de modo que sea comprendida sin ser creída.

¡Suficiente! o Demasiado.

sábado, 23 de marzo de 2013

Severino Di Giovanni - Discurso en defensa de Sacco & Vanzetti.



“Todos a reunirse, ¡oh, pueblo de todas las creencias rebeldes! ¡oh, iconoclastas intrépidos!, ¡oh, santa cruzada de la libertad! Allá, en el país de las estrellas oscuras se está cumpliendo el más atroz de los delitos infames. Dos desgarros de nuestra carne están por ser electrocutados. Dos corazones palpitantes del más bello entre los ideales. ¡A las armas! ¡A las armas falanges de generosos, es la hora del supremo sacrificio! ¡El verdugo ha preparado ya el instrumento de la muerte! ¡A las armas! Valga este grito de guerra de nuestra guerra para reunir a los dispersos centinelas de la revolución de todo el mundo. Impidamos con todas nuestras fuerzas que se renueve una trágica ejecución como aquella de noviembre de 1887 en Chicago. 

QUERER debe ser nuestro lema en este momento de dolor. Con este grito iniciamos la más tormentosa de las agitaciones. Todos los medios están puestos en el campo de batalla. Está en juego nuestra dignidad revolucionaria, con el desafío que nos ha lanzado la ley, con sus códigos mentirosos, con sus asalariados prostituidos, con sus mastines -o chacales- lanzados contra nuestras huellas. No demos señales de renunciar que en este momento sería la bellaquería más repugnante. QUERER, QUERER, QUERER a toda costa, con toda la fuerza, hasta el agotamiento. Es necesario que en cada lugar se haga sentir el peso de nuestras manos más allá de nuestro pensamiento. Estamos en días de guerra, guay de nosotros si nos ponemos a descansar, sobre nuestras cabezas se volcaría la más infame de nuestras derrotas, humillándonos! ¡Carguemos nuestras espaldas, peguemos un salto sobrehumano y conseguiremos la más bella de las victorias! 

Miles y miles de ojos de madres, de hermanas, de esposas; miles y miles de estremecidos corazones de artífices del trabajo, de científicos, de poetas del dolor y de la revolución se han vuelto hacia la América del Norte, donde dos héroes del ideal del futuro de los siglos sufren una agonía lenta: Sacco y Vanzetti. 

Nacidos en este siglo, que presume de ser civilizado y humanista, en la tierra de Italia que se abre las venas en un loco sueño de grandeza brutal, ellos se hicieron heraldos de un amanecer menos doloroso para los pobres explotados de la otra parte del océano, que en las sofocantes minas, en los puertos, ostentan los andrajos de la miseria. 

No obstante, de Colón hasta hoy, desde el pionero puritano al mísero trabajador italiano, la sangre y el sudor humano riegan las tierras de América. La inmigración formó la masa doliente para el coloso capitalista del país del dólar.

SACCO Y VANZETTI empeñaron contra el coloso una lucha a ultranza y sólo por esto los quieren suprimir. SACCO Y VANZETTI son dos símbolos y por eso quieren voltearlos. La gorda sanguijuela yankee quiere saciarse con su sangre. ¡No lo permitamos jamás! ¡Aunque nos cueste cualquier sacrificio! Todo el pueblo, que trabaja y que sufre, que aspira a su redención económica y moral, educado en una conciencia nueva de derechos y, de deberes, con toda la generosidad de su espíritu, ese pueblo que ha dado al mundo los más sublimes rebeldes, ese pueblo que es todo, huracán y serenidad, venganza y amor, alegría y dolor, lanza su grito ensordecedor de advertencias: ¡LIBERTAD A SACCO Y VANZETTI!

Las horas corren velozmente, cada segundo que pasa debe ser una catapulta lanzada violentamente contra la fortaleza de la reacción burguesa. No perdamos tiempo en discutir cómo y cuándo se debe actuar. Todo es bueno, cada momento es propicio. Seamos enemigos de las órdenes del día y de las asambleas llenas de demagogos: ¡ACTUAR, ACTUAR, ACTUAR, como el rayo, fuerte como el ciclón, potente como un cataclismo! Sin tardar más, como rabiosos, como locos. Con la rabia de la venganza y la locura del dolor, SACCO Y VANZETTI deben ser arrancados con violencia de las manos del verdugo, ya mismo. Las horas transcurren y nos llevan a la consumación de un crimen, epílogo de un trabajo urdido vilmente por el cual se ha logrado organizar la trama más pérfida que recuerde la humanidad. Pero esto no debe suceder porque al desafío hemos respondido: ‘¡TENGAN CUIDADO LOS VERDUGOS DE SACCO Y VANZETTI...!’ 

¿TODO ESTA PERDIDO? ¡TODAVÍA NO!”

Iván Tubau - Patria.




Nací
en un tiempo triste y en un triste país
donde las cosas bellas tenían nombres feos
donde pecado
era el nombre que daban al amor y donde
tristes gentes hablaban de la guerra y se tocaban
el sexo en las tinieblas y con prisas furtivas
en la noche del sábado tras haber contraído
matrimonio buscando
patrimonio y remedio
a la concupiscencia o a la sífilis.

Nací en un tiempo triste
y en un triste país
donde la gente iba vestida
de negro casi siempre
y llevaba bigotes cuadrados en el alma. Donde
ya no servían los nombres de las cosas
porque las cosas estaban prohibidas
o eran obligatorias: levantar el brazo
con la mano extendida
para que los brazos no pudieran
abrazar y las manos
llegaran siempre tarde a la caricia.

Nací en un tiempo triste y en un triste país
donde los niños se llamaban flechas
o pelayos cuando eran ya mocitos
y llevaban camisa
azul y la cabeza
rapada por la parte de dentro y por defuera:
mitad monje y soldado les decían
que tenían que ser cuando crecieran
y hubieran de avanzar gallardamente
por Dios hacia el Imperio o viceversa.

Nací en un tiempo triste y en un triste país
donde las niñas
se llamaban Begoña y aceptaban
mansamente un futuro
de monjas o matronas gordezuelas
cuando la superiora colocaba
duros sostenes sobre sus tetas tiernas
y más duros aún sobre la parte
más tierna del cerebro para que las ideas
no desbordaran nunca el límite preciso
de su destino de mujer: virgen o madre
y si fuera posible las dos cosas.

Nací
en un tiempo triste y en un triste país:
abjuro para siempre
jamás de aquella patria
donde un millón de muertos velaban el cadáver
de los supervivientes.