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jueves, 15 de mayo de 2014

Leopoldo María Panero - Yo, François Villon.


Yo, François Villon, a los cincuenta y un años        
gordo y corpulento, de labios color ceniza   
y mejillas que el vino amoratara,       
a una cuerda ahorcado          
lo sé todo acerca del pecado.
Yo, François Villon,  
a una cuerda pendido
me balanceo lento, habiendo sido     
peor que Judas, quien también murió ahorcado.      
Las viejas se estremecen al oír mis hazañas  
pues no tuve respeto para la vida humana.   
Que el viento me mueva, ya oigo cerca las voces    
de aquellos que mandé a freír monas.          
Me esperan en el infierno      
y alargan las manos   
porque se ha corrido allí, del Leteo al Cocyto         
¡que al fin Villon había muerto ahorcado!    
Ya la luna aparece, e ilumina la horca          
dando a mi rostro el color de la sangre         
yo, que hice mal sabedor de que lo hacía     
hasta que por fin he muerto ahorcado.         
Ya los lobos ladran en torno al patíbulo       
y los niños gritan, parecidos a ratas: 
¡Villon ha muerto ahorcado! 
Viejas que me insultabais en la carretera oscura:      
¡sabed que el semen moja mis caderas         
y es fresco y sabroso el semen del ahorcado!           
Que mis dientes sirvan          
de jugo en tu caldera 
bruja de los límites, tú a quien admiro          
sabedora de embrujos, de filtros y de hechizos       
más poderosos que la fe y que los apóstoles
de quienes se burló el Mago, más apta que ellos      
para conocer el dolor 
¡de este que un sepulcro merece!      
Y que el viento diga, al amanecer, mañana  
vanamente a ranas y a gusanos         
Villon se ha hecho al fin célebre       
pues al fin una horca dibuja su figura           
¡Villon ha muerto ahorcado! 
Y que de mi mano ajada caiga la rosa          
que mis dientes estrujaron     
pues ella supo mis crímenes  
y fue mi confidente   
y dígalo ella al mundo, cayendo sobre el suelo        
¡Villon ha muerto ahorcado! 
Pronto vendrá la canalla        
a hozar en mi tumba  
y orinarán encima, y los amantes      
harán seguro el amor sobre mis huesos         
y será la nada mi más escueto premio           
para que ella lo diga, 
no sé si nada o rosa:  
¡Villon ha muerto ahorcado! 
Sabrán de mí los niños          
de edades venideras  
como de un gran pecador      
y asustados correrán a esconderse    
bajo las sábanas cuando sus madres 
les digan: "Cuidado ahí viene".        
Y esa será la fama de Villon, el Ahorcado.  
Y será tal mi fama que prefiero el olvido     
porque un día, mañana          
de ese futuro que el hedor hace        
parecerse al recuerdo, una mano       
dejará caer, al oír mi nombre 
el fruto del culo, el excremento        
y mi vida, y mi carne, y todos mis escritos   
¡promesa serán sólo para las moscas!

lunes, 10 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero - Los misteriosos sobrevivientes.


Dime si destruye mi mirada, dime si
queman más mis ojos que la furia del tiempo,
y que este espacio vacío en que los sueños
prometen suicidio, y quiénes
en la esquina, devoran aún mi cabeza, y escupen
sobre mi cadáver, y ríen
cuando cae la noche, y lloran
y gritan cuando por desgracia amanece
y mienten vistiendo a la vida con el traje del Espectro,
dime quiénes son, y qué es esto
que huye del ser como el ciervo del
cazador al crepúsculo, el vago
crepúsculo que se extiende como llanura infinita,
desafiando cualquier horizonte, el vasto
crepúsculo sin perspectiva que es ya toda la vida…
pero dime
quiénes son, borradas
todas las señales del cielo y caída
sobre la tierra una vez más la luna, cuando
ya la noche no puede llamarse noche, y
los hombres se buscan ciegos en la noche,
quiénes entonces, dime quiénes, en el aire sin tiempo
hozan aún y escarban como cerdos en la
llanura sin sueño de la nada, y me
preguntan por mí, por ellos, cuando
nada queda por vivir.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Leopoldo María Panero - El Tesoro de Sierra Madre.


Quiénes son los hombres que se separan del resto
y andan solos y creen ver en las tinieblas
y se ríen como si supieran, y andan solos
como si supieran, quemando
rostros y con algo de saliva
escondida tristemente en las bolsas.
Aspirando a sí mismos y pisando el rojo
vivo de los labios. Sin mancha,
persiguiendo ciegos la ilusión del espejo.
Dime Luna, quiénes son los que te
adoran y creen, y recorren seguros
la tela de araña que nadie, nadie ha tejido
y corren en pos de su imagen, tropezando en el cieno,
acezantes, mordidos en el culo por su sombra
camino del abismo con los ojos vendados
como el FOU de aquel juego
de cartas cuya clave olvidé, oh dime Luna
el nombre secreto de tus fieles, y si saben, si saben
que al llegar por fin no les espera
sino en la muerte su rostro en el espejo.

lunes, 28 de octubre de 2013

Leopoldo María Panero - El día en que se acaba la canción.


Cuando el sentido, ese anciano que te hablaba
en horas de soledad, se muere
                                               entonces
miras a la mujer amada como a un viejo,
y lloras.
            Y queda
huérfano el poema, sin padre ni madre,
                                                           y lo odias,
aborreces al hijo colgando
como un aborto entre las piernas, balanceándose allí
como hilo que cuelga o telaraña,
cuando el sentido muere,
                                   como un niño
castrado por un ciego,
al amparo de la noche feroz, de la noche:
como la voz de un niño perdido aullando en
                                                                       el viento
el día en que se acaba la canción, dejando
sólo un poco de tabaco en la mano,
                                                           y la ciudad ahora, las
ciudades convertidas en vastas plantaciones de tabaco,
                                                                                  y la mano
asombrada toca la boca sin labios
el día en que se acaba la canción, y se pierde
el hombre que a sí mismo le daba el nombre de alguien,
al dar la vuelta a una esquina, un atardecer sin música.
El día en que se acaba la canción el dolor mismo
es sólo un poco de tabaco en la mano,
                                                           y las palabras
son todas de antaño, y de otro país, y caen
de la boca sin dientes como un líquido
parecido a la bilis,
                        el día
en que se muere el sentido, ese
asesino que al crepúsculo hablaba y al
insomnio susurraba palabras y cosas,
                                                           el día
en que se acaba la canción miras
a la mujer amada como a un viejo, y
con la cabeza entre las piernas,
frente al mundo abortado, lloras.

martes, 2 de abril de 2013

Leopoldo María Panero - El Loco.



He vivido entre los arrabales, pareciendo
un mono, he vivido en la alcantarilla
transportando las heces,
he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas
y aprendido a nutrirme de lo que suelto.
Fui una culebra deslizándose
por la ruina del hombre, gritando
aforismos en pie sobre los muertos,
atravesando mares de carne desconocida
con mis logaritmos.
Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla
y que mis padres me sedujeron para
ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.
He enseñado a moverse a las larvas
sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír
cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.
Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien «no hay nada que pueda
ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas»
y «qué oscuro es tu nombre».
He vivido los blancos de la vida,
sus equivocaciones, sus olvidos, su
torpeza incesante y recuerdo su
misterio brutal, y el tentáculo
suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies
frenéticos de huida.
He vivido su tentación, y he vivido el pecado
del que nadie cabe nunca nos absuelva.

domingo, 24 de marzo de 2013

Leopoldo María Panero - Diario de un seductor.



No es tu sexo lo que en tu sexo busco
sino ensuciar tu alma:
                     desflorar
con todo el barro de la vida
lo que aún no ha vivido.

Leopoldo María Panero - Necrofilia.



El acto del amor es lo más parecido
a un asesinato.
En la cama, en su terror gozoso, se trata de borrar
el alma del que está,
hombre o mujer,
debajo.
Por eso no miramos.
Eyacular es ensuciar el cuerpo
y penetrar es humillar con la
verga la
erección de otro yo.
Borrar o ser borrados, tanto da, pero
en un instante, irse
dejarlo
una vez más
entre sus labios.

miércoles, 16 de enero de 2013

Leopoldo María Panero - En el obscuro jardín del manicomio.




I
Dérisoires martyrs...
STÉPHANE MALLARMÉ

En el obscuro jardín del manicomio
Los locos maldicen a los hombres
Las ratas afloran a la Cloaca Superior
Buscando el beso de los Dementes.

Un loco tocado de la maldición del cielo
Canta humillado en una esquina
Sus canciones hablan de ángeles y cosas
Que cuestan la vida al ojo humano
La vida se pudre a sus pies como una rosa
Y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
Una Princesa.

Los ángeles cabalgan a lomos de una tortuga
Y el destino de los hombres es arrojar piedras a la rosa
Mañana morirá otro loco:
De la sangre de sus ojos nadie sino la tumba
Sabrá mañana nada.

El loquero sabe el sabor de mi orina
Y yo el gusto de sus manos surcando mis mejillas
Ello prueba que el destino de las ratas
Es semejante al destino de los hombres.

miércoles, 20 de junio de 2012

Leopoldo María Panero - La poesía destruye al hombre...



La poesía destruye al hombre
mientras los monos saltan de rama en rama
buscándose en vano a sí mismos
en el sacrílego bosque de la vida
las palabras destruyen al hombre
¡y las mujeres devoran cráneos con tanta hambre
de vida!
Sólo es hermoso el pájaro cuando muere
destruido por la poesía.