jueves, 24 de noviembre de 2011

Zdzisław Beksínski. (1929 - 2005)


Zdzisław Beksinski (1929 - 2005) era un pintor y fotógrafo polaco de gran renombre. Sus pinturas contenían elementos surrealistas de visión apocaliptica y de gran detalle, con paisajes llenos de cadáveres, figuras deformes o grandes desiertos. A pesar de ello el decía que eran mal interpretadas, y que tenían un elemento algo optimista y hasta humorístico. Sus exposiciones siempre fueron grandes aciertos, y es con una de ellas en Varsovia en 1964 cuando su fama se extendió a nivel mundial. En los años 80 su nombre y su obra eran reconocidos en Francia, Europa occidental, Estados Unidos y Japón. Antes de trasladarse a Varsovia en 1977, quemó una selección de sus trabajos en su propio patio trasero, sin dejar ninguna documentación de ellos. Más adelante diría que algunos de esos trabajos eran “demasiado personales”, mientras que otros eran insatisfactorios, y él no quería que la gente los viera. A finales de los 90 descubrió los ordenadores, Internet y la fotografía digital, lo cual amplió su trabajo.

Para Beksinski su arte se dividía en Barroco y Gótico, siendo en su mayoría este último estilo el que dominará su obra, sobre todo en sus últimos 5 años. En 1998 muere su esposa Sofia y un año más tarde aparecería muerto por suicidio su hijo Thomas encontrado por el mismo artista que nunca asimiló esa muerte. El día 21 de febrero del 2005 le encontraron muerto en su casa con 17 puñaladas en su cuerpo.

Beksinski nunca participó en la vida artística como miembro y partícipe de este grupo, ni tan siquiera en sus exposiciones era participativo, de ahí que a pesar de no tener una biografía destacable por su vida social resulte tan extraña su muerte. El arte del pintor era melancólico y severo, aunque los que le conocían decian de él que era una persona agradable y conversadora. El nunca puso títulos a sus cuadros. Aborrecía el silencio y siempre escuchaba música clásica mientras pintaba, adoraba esa música. Casi nunca visitaba museos ni exposiciones, incluso rehuía acudir a las suyas.

(Texto extraído de: http://rockabilyhorror.blogspot.es) 
















Guy de Maupassant - Idilio.



Idilio.


El tren acababa de salir de Génova y se dirigía hacia Marsella, siguiendo las profundas ondulaciones de la larga costa rocosa, deslizándose como serpiente de hierro entre mar y montaña, reptando sobre playas de arena amarilla en las que el leve oleaje bordaba una lista de plata, y entrando bruscamente en las negras fauces de los túneles, lo mismo que entra una fiera en su cubil.
Una voluminosa señora y un hombre joven viajaban frente a frente en el último vagón, mirándose de cuando en cuando, pero sin hablarse. La mujer, que tendría veinticinco años, iba sentada junto a la ventanilla y miraba el paisaje. Era una robusta campesina piamontesa de ojos negros, pechos abultados y mofletuda. Había metido debajo del asiento de madera varios paquetes, y conservaba encima de sus rodillas una cesta.
El joven tendría veinte años; era flaco, curtido; tenía el color negro de las personas que cultivan la tierra a pleno sol. Llevaba a su lado, en un pañuelo, toda su fortuna: un par de zapatos, una camisa, unos pantalones y una chaqueta. También él había ocultado algo debajo del banco: una pala y un azadón, atados con una cuerda. Iba a Francia en busca de trabajo.
El sol, que ascendía en el cielo, derramaba sobre la costa una lluvia de fuego; era en los últimos días de mayo; revoloteaban por los aires aromas deliciosos, que penetraban en los vagones por las ventanillas abiertas. Los naranjos y limoneros en flor derramaban en la atmósfera tranquila sus perfumes dulzones, tan gratos, tan fuertes y tan inquietantes, mezclándolos con el hálito de las rosas que brotaban en todas partes como las hierbas silvestres, a lo largo de la vía, en los jardines lujosos, en las puertas de las chozas y en pleno campo.
Las rosas están en aquella costa como en su propia casa. Embalsaman la región con su aroma fuerte y ligero; gracias a ellas, es el aire una golosina, sabroso como el vino, y como el vino, embriagador.
El tren iba muy despacio, como entreteniéndose en aquel jardín, en aquella blandura. Se paraba a cada instante, en estaciones pequeñas, delante de unas pocas casas blancas, y en seguida echaba a andar otra vez, con paso tranquilo, después de haber lanzado silbidos. Nadie subía a él. Hubiérase dicho que el mundo entero dormitaba, sin decidirse a dar un paso en aquella cálida mañana de primavera.
La gruesa mujer cerraba de cuando en cuando los ojos, pero volvía a abrirlos bruscamente al sentir que la cesta se le iba de las rodillas. La volvía a su sitio con gesto rápido, miraba durante algunos minutos por la ventanilla y se amodorraba de nuevo. Gotas de sudor le cubrían la frente, y respiraba con dificultad, como si la acometiese una opresión dolorosa.
El joven había dejado caer la cabeza y dormía profundamente, como buen campesino.
Súbitamente, al salir de una pequeña estación, pareció despertarse la campesina, abrió su cesta, sacó un trozo de pan, huevos duros, un frasco de vino y ciruelas, unas hermosas ciruelas coloradas, y se puso a comer.
También el joven se había despertado bruscamente, la miraba, siguiendo con la vista el trayecto de cada bocado, desde las rodillas a la boca. Permanecía con los brazos cruzados, fija la mirada, hundidas las mejillas, cerrados los labios.
Comía ella con gula, bebiendo a cada instante un sorbo de vino para ayudar a pasar los huevos, y de cuando en cuando suspendía la masticación para dejar escapar un ligero resoplido.
Se lo tragó todo: el pan, los huevos, las ciruelas, el vino. En cuanto ella acabó de comer, el joven cerró los ojos. La joven se sintió algo apretada y se aflojó el corpiño. El joven volvió súbitamente a mirar.
Sin preocuparse por ello, la mujer se fue desabrochando el vestido; la fuerte presión de sus senos apartaba la tela, dejando ver, entre los dos, por la abertura creciente, algo de la ropa blanca interior y un trozo de piel.
Cuando la campesina se sintió más a sus anchas, dijo en italiano:
-No se puede respirar, de tanto calor como hace.
El joven le contestó en el mismo idioma y con el mismo acento:
-Hace un tiempo hermoso para viajar.
Ella le preguntó:
-¿Es usted del Piamonte?
-Soy de Asti.
-Y yo de Casale.
Eran de pueblos cercanos, trabaron conversación.
Se dijeron la sarta de vulgaridades que repiten constantemente las gentes del pueblo y que bastan para satisfacer a sus inteligencias tardas y sin horizontes. Hablaron de sus pueblos. Tenían enemigos comunes. Citaron nombres, y a medida que descubrían una nueva persona conocida de los dos, iba creciendo su amistad. Las frases salían rápidas, precipitadas, de sus labios, con las sonoras terminaciones y el acento cantarín del idioma italiano. Luego hablaron de sí mismos.
Ella estaba casada y había dejado sus tres hijos al cuidado de una hermana, porque había encontrado colocación de nodriza; era una buena colocación, en casa de una buena señora francesa, en Marsella.
Él iba en busca de trabajo. Le habían asegurado que lo encontraría por allí, porque se edificaba mucho.
Después guardaron silencio.
El calor se iba haciendo terrible, pues caía a torrentes sobre el techo de los vagones. Una nube de polvo se arremolinaba detrás del tren y se metía dentro, y el perfume de los naranjos y de las rosas se pegaba con más fuerza al paladar, como si se espesase y adquiriese más pesadez.
Otra vez se volvieron a dormir los dos viajeros.
Se despertaron casi a un tiempo. El sol descendía hacia la superficie del mar iluminando su sábana azul con un torrente de claridad. El aire era ahora más fresco y parecía más ligero.
La nodriza, con el corpiño abierto, los mofletes sucios y la mirada sin brillo, jadeaba; y exclamó con voz fatigosa:
-Desde ayer no he dado el pecho, y estoy mareada, como si fuera a desmayarme.
El joven no contestó, porque no supo qué decir. Ella prosiguió:
-Con la cantidad de leche que yo tengo, es indispensable dar de mamar tres veces al día; de lo contrario, se siente una molestia. Es como si llevase un peso sobre el corazón, un peso que me impide respirar y que me deja aplanada. Es una desgracia el ser tan abundante de leche.
Él murmuró:
-Sí. Es una desgracia. Eso debe de molestarla mucho.
En efecto, daba la impresión de estar muy enferma, agobiada y a punto de desfallecer. Dijo con voz apagada:
-Con sólo apretar encima, sale la leche como de una fuente. Es un espectáculo curioso. Parece increíble. Todos los habitantes de Casale venían a verlo.
-¡Ah, sí! -exclamó el joven.
-Como lo oye. Se lo haría ver a usted, pero con eso no adelanto nada. De esa forma no sale toda la cantidad que en este momento necesitaría.
No dijo más.
El tren se detuvo. En pie, junto a una barrera, estaba una mujer que tenía en sus brazos a un niño que lloraba. Era encanijada y harapienta.
La nodriza, que la contemplaba, dijo con voz de lástima:
-Ahí tiene usted una a la que yo podría aliviar. Y a mí me podría dar un gran alivio su pequeño. No soy rica, y la prueba está en que dejo mi casa, mi familia y al último hijo que he tenido para colocarme; pues con todo eso, daría a gusto cinco francos para que me dejase diez minutos a ese chico y poder darle de mamar. El niño se sosegaría y yo también. Sería como darme nueva vida.
Se calló otra vez. Luego se pasó varias veces la mano febril por la frente sudorosa, y se lamentó:
-No puedo aguantar más. Creo que me voy a morir.
Y se abrió completamente el corpiño con gesto inconsciente.
Surgió a la vista el seno derecho, enorme, tenso, con su pezón moreno. La pobre mujer gimoteaba:
-¡Ay Dios mío! ¡Ay Dios mío! ¿Qué voy a hacer yo?
El tren se había puesto otra vez en marcha y seguía su camino por entre flores que exhalaban el penetrante aroma de los atardeceres tibios. De cuando en cuando se descubría un barco de pesca que parecía dormido sobre el mar azul, con sus blancas velas inmóviles, reflejándose en el agua como si hubiese otro barco boca abajo.
El joven, confuso, balbució:
-Señora... Tal vez yo mismo... podría aliviarla.
Ella le contestó con voz entrecortada:
-Desde luego...; si es usted tan amable. Me haría usted un gran favor. No puedo resistir más; no puedo resistir más.
El joven se arrodilló delante de ella, y la mujer se inclinó, poniéndole en la boca, con gesto de nodriza, su pezón moreno. Al cogerlo entre sus dos manos para acercarlo al hombre, apareció en la punta una gota de leche. El joven se la bebió con avidez, cogiendo entre sus labios, como un niño recién nacido, aquella teta pesada, Y se puso a mamar glotonamente, con ritmo regular.
Se había cogido a la cintura de la mujer con sus dos brazos y se la apretaba, para acercarla más; y bebía a tragos, lentamente, con movimiento del cuello igual al de los niños.
De pronto le dijo ella:
-Ya me ha descargado bastante de ésta. Coja ahora la otra.
La cogió, con docilidad.
La mujer había puesto sus dos manos encima de las espaldas del joven y respiraba profundamente, con felicidad, saboreando el aroma de las flores que se mezclaba con las corrientes de aire que la marcha del tren precipitaba dentro de los vagones.
-¡Qué bien huele! -dijo ella.
El joven no contestó; seguía bebiendo de aquel manantial de carne y cerraba los ojos como para saborear mejor.
Ella lo apartó con suavidad.
-Basta. Me siento mejor. Esto me ha dado vida y tranquilidad.
Se levantó él, enjugándose la boca con el revés de la mano.
Y ella le dijo, al mismo tiempo que se metía dentro del corpiño aquellas dos cantimploras vivientes:
-Me ha hecho usted un gran favor. Se lo agradezco mucho, señor.
Pero el joven le contestó con acento reconocido:
-Soy yo quien le da las gracias, señora. ¡Llevaba dos días sin probar bocado!

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Hans Magnus Enzensberger - Los Matemáticos.



LOS MATEMÁTICOS.


Raíces que no arraigan,
Aplicaciones para ojos cerrados,
gérmenes, árboles, pliegues, fibras:
el más blanco de todos los mundos
con sus haces, cortaduras y clausuras
es vuestra Tierra de Promisión.

Arrogantes os perdéis
en la infinitud no-numerable, en conjuntos
de vacíos, ralos, disjuntos
conjuntos en sí mismos acumulados y
conjuntos trascendentes, del más allá.

Conversaciones fantasmales
entre solteros:
el último teorema de Fermat,
la objeción de Zermelo,
el lema de Zorn.

Deslumbrados ya de niños
por frías dilucidaciones,
os habéis desentendido,
encogiendo los hombros,
de nuestros placeres sangrientos.

Pobres de palabras, tropezáis,
ensimismados,
impulsados por el ángel de la abstracción,
sobre campos de Galois y superficies de Riemann,
con el polvo de Cantor hasta las rodillas,
a través de los espacios de Hausdorff.

Entonces, a los cuarenta, os sentáis,
oh teólogos sin Jehová,
sin pelo y bien enfermos,
los trajes raídos,
ante el vacío escritorio,
quemados, oh Fibonacci,
oh Kummer, oh Gödel, oh Mandelbrot,
en el purgatorio de la recursión.

martes, 15 de noviembre de 2011

César Vallejo - La violencia de las horas.


La violencia de las horas.


Todos han muerto.

Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.

Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: "Buenos días, José! Buenos días, María!"

Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre.

Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.

Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.

Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.

Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.

Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.

Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.

Murió mi eternidad y estoy velándola.

Teófilo Cid - Por qué escribo.



Por qué escribo


Siempre me he quedado pensando por qué escribo. Para escribir no existe ninguna necesidad de ir a la Universidad, ni de frecuentar los conservatorios. La profesión de escritor es la profesión más libre que hay en el mundo. Jamás podría alguien siquiera imaginar que un poeta vaya a una academia a aprender a escribir sonetos, pongo por caso. Yo, al menos, aprendí a escribir sonetos cuando tenía doce años y me costó muchos dolores de cabeza el darme cuenta de que un soneto perfecto debe estar compuesto en versos iguales. Mi padre, que no quería saber nada de sonetos, expresaba su espantosa discrepancia y me decía: muchacho, te va a ir mal.

En el mundo latino, los escritores no tenemos nada que hacer. Nos pagan mal, nos acusan de comunistas y nos molestan. Yo estoy acostumbrado a eso. Como no represento a nadie y como, además, pertenezco a un mundo espiritual sin estructura, a esta desgraciada clase media chilena que todos ustedes conocen, cada vez que firmo un artículo hay por lo menos cien que protestan. Por otra parte, me encanta saber que existe gente que protesta cuando yo respiro.

Hace muchos años, no tenia doce años aún, me ocurrió la idea de meterme en el escritorio de mi padre. Como este caballero, ferroviario antiguo, para que lo sepáis de una vez por todas, era propietario de una máquina de escribir, yo me di cuenta de que había que aprovecharla. Me puse a escribir como un loco. Como un loco lo sigo haciendo todavía. Creo que, para hablar con honradez, ningún escritor verdadero podría declarar otra cosa. Nunca he podido, por eso mismo, saber para quién escribo. Se escribe, en último término, para un adolescente de provincia, magnánimo y generoso que todavía cree en los escritores. Para un adolescente como yo era hace veinte años, cuando todavía creía en los poemas cubistas de Juan Marín, cuando me encantaba con los relatos de Salvador Reyes; cuando, en fin, era inocente. En esa época, entre malón y malón penquista, me metía en la biblioteca de la Universidad de Concepción, bajo la sombra poderosa de don Enrique, a quien a pesar de todo sigo considerando el más grande de los chilenos, y allí, golpeado por el hálito estremecido de Ortega y Gasset, de Unamuno y Pérez de Ayala, me divertía pergeñando versos. Ahora, cuando escribo versos, no me divierto nada. Incluso me da un poco de vergüenza.

¿Por qué escribo? ¿Para quién escribo? Mi conciencia profesional, si es que la tengo, no es otra cosa que copia de ese acto inicial de hace veintisiete años. Tengo la impresión de que mi conciencia no está arrendada a nadie. No soy comunista, no soy partidario de nadie. Gózome, en cambio, refugiándome en propia vida. Desde allí, como un francotirador, disparo a voluntad sobre el mundo. Llorando, porque esa es la única actitud digna del ser humano, religioso sin religión, partidario sin partido, simpatizante sin objeto loable de simpatía, así soy yo. No hago otra cosa que llorar.

Theodore Kaczynski - El Buque de los Necios. Una parábola políticamente incorrecta.



EL BUQUE DE LOS NECIOS.
Una parábola políticamente incorrecta.


Érase una vez un capitán y sus oficiales que se volvieron tan presumidos, tan llenos de arrogancia y tan pagados de sí mismos, que se volvieron locos.
Pusieron rumbo al Norte hasta encontrarse con icebergs y témpanos peligrosos y, a pesar de ello, mantenían la misma dirección adentrándose cada vez más en las gélidas y temibles aguas, únicamente para darse el gusto de demostrar su pericia en tan temeraria navegación.
Como quiera que el barco se acercaba más y más al Norte, los pasajeros y la tripulación mostraban cada vez mayor inquietud, y comenzaron a debatir entre ellos y a quejarse de sus condiciones de vida.
-¡Que me zurzan si este no es el peor viaje que he realizado en mi larga vida de marino! La cubierta está resbaladiza por el hielo; cuando estoy de vigía, el viento helado me introduce el frío hasta los huesos; cada vez que tengo que arriar velas, se me congelan los dedos, y todo por cinco miserables chelines al mes.
-¡Tú te crees que estás mal! ¿verdad? ¡Yo por el frío no puedo ni dormir ya que en este barco a nosotras no nos dan las mismas mantas que a los hombres! -le espetó una pasajera. ¡Es una injusticia!
Un marinero mejicano exclamó: -¡Hijo de la gran chingada! A mi sólo me dan la mitad de sueldo que le dan a los gringos y, encima, la comida que me sirven es menos que la que dan a un anglo, con la falta que me hace para mantenerme mínimamente caliente aquí y, lo peor de todo, es que siempre nos dan las órdenes en inglés, en vez de en español.
-¡Yo tengo más razón que nadie para quejarme! exclamó un marinero indio. Si los rostros pálidos no nos hubieran robado nuestras tierras y riquezas ancestrales, no estaría ahora en este barco en medio de vientos árticos e icebergs. Estaría en una canoa remando en un plácido lago. ¡Merezco una compensación! Como mínimo, el capitán debería dejarme organizar unas partidillas de dados para ganar algún dinero.
Habla el contramaestre diciendo: -¡Ayer el segundo oficial me llamó marica! Sólo porque a mí me guste chupar pollas, no es razón para que me insulten.
-¡No sólo los humanos sufren maltrato en este barco! -dijo con indignación un pasajero amante de los animales. Sin ir más lejos, la semana pasada vi al tercer oficial darle dos patadas al perro del barco.
Uno de los pasajeros, que era profesor de Universidad, retorciéndose las manos, exclamó: ¡Todo esto es terrible! ¡Es inmoral! ¡Es racismo, sexismo, crueldad, homofobia y explotación de los trabajadores; es discriminación! ¡Necesitamos justicia social! ¡igualdad para el marinero mejicano, sueldos más altos, compensaciones para el indio, igual trato para hombres y mujeres, derechos formales para chupar pollas y no más patadas al perro!
-¡Sí! ¡Sí! -gritaron todos los pasajeros -¡Ahí, ahí! -gritaba la tripulación. -¡Es discriminación! ¡Tenemos que demandar nuestros derechos!
El grumete carraspeo: -¡Todos tenéis buenas razones para quejaros! Pero a mí me parece que lo que tenemos realmente que hacer es dar la vuelta y dirigirnos al sur, porque si seguimos este rumbo tarde o temprano seguro que naufragaremos y, entonces, tus salarios, tus mantas y tu derecho a chupar pollas no valdrán para nada porque nos ahogaremos todos.
Pero nadie le hizo el menor caso, porque sólo era un grumete.
El capitán y sus oficiales que desde el castillo de popa habían estado escuchando y observando la escena, ahora sonreían y se guiñaban el ojo.
El capitán hizo un gesto al tercer oficial, y éste bajó del castillo de popa hasta donde se encontraba la tripulación y pasajeros, mezclándose con ellos con un andar chulesco. Poniendo una expresión seria rompió a hablar.
-Nosotros los oficiales hemos de admitir que han ocurrido hechos inexcusables. No nos habíamos dado cuenta de la gravedad de la situación hasta no haber oído vuestras quejas. Somos gente de buena fe y queremos ser justos con vosotros ¡pero, como sabéis, el capitán es un poco conservador y quizá habría que pincharle un poco para poder conseguir algún cambio sustancial! En mi opinión si protestáis contundentemente, siempre que sea pacíficamente, podremos mover al capitán de su inercia y forzarle a afrontar los problemas de los que tan justamente os quejáis.
Después de haber dicho esto, el tercer oficial se dirigió al castillo de popa. Mientras se alejaba, los pasajeros y la tripulación le gritaban: ¡Moderado! ¡Reformista! ¡Neoliberal! ¡Lacayo! Pero aun así, hicieron lo que él les dijo.
Los pasajeros se juntaron frente al castillo de popa y entre gritos e insultos, demandaron sus derechos a los oficiales.
-¡Yo quiero recibir órdenes en castellano!- gritó el mejicano.
-¡Demando mi derecho a poder organizar partidas de dados! -gritó el marinero indio. -¡Quiero que me dejen de llamar marica! -exclamó el contramaestre. -¡Que dejen de dar patadas al perro! -gritó el amante de los animales -¡La revolución ahora! -chilló el profesor.
El capitán y los oficiales, se reunieron y deliberaron durante varios minutos, guiñándose el ojo, asintiendo con la cabeza, sonriéndose unos a otros todo el rato.
A continuación, el capitán se dirigió a la barandilla del castillo de popa y con grandes muestras de benevolencia anunció que al mejicano se le subiría a dos tercios del sueldo de los anglos y la orden de arriar velas se la darían en castellano, las pasajeras recibirían una manta más, que el marinero indio podría organizar partidas de dados los sábados a la noche, que al contramaestre no se le llamaría marica si chupara pollas en la intimidad y nadie podría dar patadas al perro, excepto si roba comida.
Los pasajeros y la tripulación celebraron estas concesiones como una gran victoria, pero a la mañana siguiente volvieron a estar insatisfechos.
¡Seis chelines al mes es poco dinero! Cada vez que arrío velas se me congelan los dedos -refunfuñaba el marinero. ¡Y todavía no gano lo mismo que los anglosajones, ni me dan suficiente comida para este clima -se quejó el marinero mejicano. ¡Las mujeres no tenemos mantas suficientes! -dijo una pasajera. Los otros miembros de la tripulación y pasajeros protestaban de forma similar y el profesor les azuzaba.
Cuando habían finalizado sus quejas, el grumete tomó de nuevo la palabra y hablando en alto, para que el personal no pudiera no darse por enterado dijo:
¡Es terrible dar patadas al perro, porque robe un poco de comida de la cena, y el que las mujeres no tengan igual número de mantas o que al marinero se le congelen los dedos, y no veo por qué el contramaestre no puede chupar pollas si le da la gana, pero: ¡mirad cuántos icebergs hay ahora! Y cómo sopla cada vez más el viento. ¡Tenemos que dar la vuelta e ir hacia el Sur, porque como sigamos al Norte seguro que naufragaremos y moriremos ahogados.
-Sí, sí -dijo el contramaestre. ¡Es terrible que sigamos al Norte, pero ¿por qué tengo que chupar pollas en el armario? ¿por qué me llaman marica? ¿acaso no soy igual que los demás?
-Seguir al Norte es terrible, es precisamente por eso que las mujeres necesitamos más mantas ¡ahora!
-Es verdad! -dijo el profesor- yendo al Norte nos ponen en dificultades, pero cambiar el rumbo al Sur no sería realista. ¡No se puede dar la vuelta al reloj!. ¡Tenemos que buscar una forma madura de enfrentarnos a la situación!
¡Mira! -dijo el grumete- si dejamos en el castillo de popa a esos cuatro locos seguir con lo suyo, nos ahogaremos todos, pero si sacamos el barco del peligro, podremos preocuparnos después de las condiciones de trabajo, las mantas para las mujeres y el derecho a chupar pollas, aunque primero tenemos que dar la vuelta al barco. Si nos juntarnos algunos y preparamos un plan de acción con coraje, podremos salvarnos; no haría falta mucha gente: con seis u ocho lo podríamos llevar a cabo. Podríamos tomar el castillo de popa, echar a esos colgados por la borda y dirigir el barco al Sur.
El profesor levantó su nariz y dijo severamente-. -¡No creo en la violencia! ¡Es inmoral! -No es ético utilizar la violencia jamás -dijo el contramaestre. -¡Desconfío del uso de la violencia! -dijo una pasajera.
El capitán y sus oficiales habían estado observando toda la escena, y a una señal del capitán, el tercer oficial volvió a bajar a cubierta, y mezclándose entre los pasajeros, dijo: Todavía quedaban muchos problemas en el barco, hemos logrado importantes avances. Pero aún siguen siendo duras las condiciones de trabajo para los marineros, el mejicano no gana todavía igual que los anglosajones, las mujeres aún no tienen las mismas mantas que los hombres, el derecho a poder organizar partidas de dados los sábados es, ciertamente, una pobre compensación por el robo de las tierras a sus antepasados, es injusto que el contramaestre deba chupar las pollas en el armario y que el perro se sigua llevando patadas de vez en cuando. Creo que hay que presionar un poco más al capitán. Sería de gran ayuda si hicierais otra protesta, siempre que ésta no sea violenta.
Mientras el tercer oficial volvía al puesto, todos le insultaban pero, al final, hicieron lo que éste propuso.
El capitán, una vez escuchadas sus quejas, se reunió con sus mandos en conferencia, durante la cual se guiñaron el ojo y sonrieron abiertamente; entonces se fue hacia la barandilla del castillo de popa y anunció que a los marineros le darían guantes para mantener las manos calentitas, el mejicano recibirla tres cuartas partes del salario de los anglosajones, a las mujeres se les entregaría otra manta más, al marinero indio le dejarían organizar partidas de dados los sábados y domingos y al contramaestre le dejarían chupar pollas en público a partir de¡ anochecer y nadie podría darle patadas al perro sin un permiso especial del capitán.
Los pasajeros y la tripulación quedaron extasiados con esta gran victoria revolucionaria, pero a la mañana siguiente, de nuevo se sintieron insatisfechos y comenzaron otra vez a quejarse de lo de siempre.
Entonces, el grumete empezó a irritarse y les grito:
¡Malditos necios! ¿no veis lo que hacen el capitán y sus mandos? Os tienen ocupados con vuestras quejas triviales de mantas, salarios, mamadas y el pobre perro, para que no penséis que lo que realmente va mal en este buque, es el hecho de que cada vez vayamos más al Norte y que todos moriremos ahogados. Si únicamente alguno de vosotros despertarais y atacásemos juntos el castillo de popa, podríamos virar en redondo y salvarnos. Pero lo único que hacéis es quejaros de cosas banales como el juego de los dados, chupar pollas o las condiciones de trabajo.
¡Banales! -gritó el mejicano. ¿Tú crees razonable que yo cobre un cuarto menos de salario que un gringo?, ¿es eso insignificante? -¡Cómo puedes llamar a mi queja algo trivial! -gritó el contramaestre. ¡No sabes lo humillante que es que te llamen maricón. -¡Pegar al perro una cosa sin importancia! -espetó el defensor de los animales. ¡Es cruel, inhumano! ¡Brutal!
¡Vale pues! -dijo el grumete. Estos problemas no son insignificantes ni triviales; pegar al perro es cruel y brutal, y es realmente humillante que te llamen maricón, pero la magnitud de nuestro problema principal, el hecho de que el barco cada vez vaya más al Norte, hace que estas quejas se conviertan en insignificantes y triviales. ¡Porque si no damos la vuelta al buque todos moriremos ahogados!
-¡Fascista! -le llamó el profesor. -¡Contrarrevolucionario! -le gritó la pasajera.
Y todos los demás pasajeros y miembros de la tripulación comenzaron a tachar al grumete de fascista y contrarrevolucionario y echándole a un lado, siguieron hablando de salarios, igualdad de mantas, derechos a hacer mamadas en público y de los malos tratos al perro. Mientras tanto, el barco, que seguía rumbo al Norte, después de un breve lapso quedó atrapado entre dos icebergs, muriendo todos ahogados.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Friedrich Nietzsche. (1844 - 1900)



(Extracto del libro El Anticristo, 1888)

Al llegar aquí no puedo contener un suspiro. Hay días en que anida en mí un sentimiento más negro que la más negra melancolía: el desprecio a los hombres. Y para que no quede duda sobre lo que yo desprecio y a quién desprecio, diré que desprecio al hombre moderno, al hombre del cual yo soy desgraciadamente contemporáneo. El hombre de hoy... Su impura respiración me ahoga. Contra el pasado, yo, como todos los estudiosos, alimenté una gran tolerancia, es decir, me hago generosamente violencia a mí mismo: yo atravieso el mundo-manicomio de milenios enteros con prudencia tétrica, ya se llame cristianismo, o fe cristiana o Iglesia cristiana; me guardo mucho de hacer a la humanidad responsable de las enfermedades que han afligido su espíritu. Pero mi sentimiento se rebela apenas me interno en los tiempos modernos, en nuestro tiempo.
Nuestro tiempo es sabio... Lo que en otro tiempo era simplemente malsano, hoy es indecente, es indecente ser hoy cristiano. Y aquí comienza mi náusea. Yo miro en torno a mí: ya no queda una palabra de todo lo que en otro tiempo se llamaba verdad; nosotros no podemos ya soportar que un sacerdote pronuncie solamente la palabra verdad. Aún teniendo las más modestas pretensiones a la probidad, hoy se debe saber que un teólogo, un sacerdote, un papa, con cualquier frase que pronuncia no sólo se equivoca, sino que miente, y que no es ya libre de mentir por inocencia, por ignorancia. También sabe el sacerdote, como lo sabe cualquiera, que no hay Dios, ni pecado, ni redentor; que libre albedrío y orden moral del mundo son mentiras: la seriedad, la profunda victoria del espíritu sobre sí mismo no permiten ya a nadie que sea ignorante sobre estas cosas... Todas las concepciones de la Iglesia son reconocidas por lo que son, como la más triste acuñación de moneda falsa que ha existido hecha con el fin de desvalorizar la naturaleza y los valores naturales: el sacerdote mismo es reconocido como lo que es, como la más peligrosa especie de parásito, como la verdadera araña venenosa de la vida... Nosotros sabemos, nuestra conciencia sabe hoy, qué valen en general aquellas funestas invenciones de los sacerdotes y de la Iglesia, de qué servirán, esto es, para conseguir aquel estado de damnificación de la humanidad, cuyo espectáculo produce náuseas, los conceptos de más allá, juicio final, inmortalidad del alma, el alma misma, son instrumentos de tortura y sistemas de crueldad, en virtud de los cuales el sacerdote se hizo el amo y siguió siendo el amo... Todos saben esto, y sin embargo todo sigue igual. ¿Dónde ha ido a parar el último sentimiento del decoro, del respeto de sí mismo, si hasta nuestros hombres de Estado- por lo demás, una especie de hombres y de anticristianos bastante descocada en la práctica- se llaman aún hoy cristianos y toman la comunión?
¡Un joven príncipe a la cabeza de sus regimientos, espléndido como expresión del egoísmo y de la elevación de su pueblo, profesa sin pudor el cristianismo! Pero ¿qué es lo que niega el cristianismo? ¿Qué es lo que llama mundo? El hecho de ser soldado, de ser juez, de ser patriota; el de defenderse, de atenerse al propio honor, de querer el propio provecho, de ser orgulloso... Toda práctica de cada momento, todo instinto, toda valoración que se convierte en hecho es hoy anticristiana; ¡qué aborto de falsedad debe ser el hombre moderno para no avergonzarse todavía de llamarse cristiano!

sábado, 1 de octubre de 2011

Eduardo Naranjo. (1944)

El mundo gris de Marina



Atentado en el primer muro



Espacio para un recuerdo en tres fases



El mar sin horizontes



Triste maternidad



Espacio para un sueño



Atrapada añoranza materna



La imagen de los tiempos perdidos




Los tiempos fundidos de Isadora




Abrazo de dos ausentes



Mirada al pasado



Posible retrato de viejo anónimo

lunes, 26 de septiembre de 2011

Gustavo Palavecino - Acerca del Oficio Destruccionista.



Porque no somos más que tejido nervioso montado en un armazón de huesos/ Aunque dios desde El Pentágono nos avise que somos seres racionales/ y nos instigue a reproducirnos y a gastar dinero en sepulturas/ nada nos diferencia de los hongos ni de las piedras/ Como botellas plásticas terminaremos en el gran vertedero del mundo/ y nada podrá hacer doña Educación ni don Trabajo para resucitarnos/ ¡Oh destruccionistas, aceleremos nuestro destino! /Con taladros, motosierras, podadoras y morteros/ desfilemos pisoteando a los congéneres caídos como zombies, sin pena, miedo ni remordimiento/Incendiemos las escuelas, los museos, los bancos y santuarios del retail/ Una vez guillotinada Madame Historia emprendámosla con Mademoiselle Razón y sus feligreses/ sin olvidarnos de la Sociedad de los Poetas Bondadosos que le escribieron a la flor, al mar azul y al amor/ Porque no existe esa hermandad de la que tanto hablan/ el poeta se alimenta de envidia y vanidad/ le repiquetea el cascabel de la cola cada vez que estrecha la mano o palmotea la espalda/ ¡Desconfiad destruccionistas, desconfiad de todo! /¡Marchemos juntos destruccionistas del mundo! /y alguno de estos oficios elegid: carnicero, leñador, cantinero, detonador de explosivos, cazador, verdugo, mercenario, traficante, cafiche, sicario, terrorista, demoledor, panteonero, extirpador-amputador, curtidor, machacador, matarife…/ No tengáis miedo de masticar el polvo ni caer en charcos de sangre y podredumbre/Hagamos el trabajo que nadie quiere hacer: escribidle a lo fatídico, a lo informe, a lo antiestético a lo particularmente grotesco… hasta que la omnipotente MUERTE se haga cargo de nuestra inexistencia.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Teófilo Cid - El bar de los pobres.


El Bar de los Pobres.


Hoy he ido a comer dónde comen los pobres,
Dónde el pútrido hastío los umbrales inunda
Y en los muros dibuja caracteres etruscos,
Pues nada une tanto cómo el frío,
Ni la palabra amor, surgida de los ojos,
Como la flor del eco en la cúpula perfecta.

Los pobres se aproximan en silencio.
Monedas son sus sueños
Hasta que el propio sol airado los dispersa
Para sembrarlos sobre el hondo pavimento.
En tanto, cada uno es para el otro
Claro indicio, fervor de siembra constelada.

Y en la pesada niebla de los hábitos
Que en ráfagas a veces se convierten
De una muda erupción
De alcohólica armonía,
Yo siento que el destino nos aplasta,
Como contra una piedra prehistórica.

Pues somos los que pasan
Cuando los más abren los ojos claros
Al amplió firmamento
Que adunan los crepúsculos antiguos.

El mundo es sólo el sol para nosotros,
Un sol que ha comenzado por besar las terrazas
De los barrios abstractos...

Masticamos sus migajas,
Sintiendo que un espasmo egoísta nos mantiene,
Pues somos individuos, por más que a ciencia cierta
El nombre individual es sólo un signo etrusco

En los que aquí mastican su pan de desventura
Un viejo gladiador vencido existe
Que puede aún llorar la lejanía,
Los menús elegir de la tristeza
Y darse a la ilusión de que, con todo,
Es un sobreviviente de la locura atómica.

Sentados en podridos taburetes
Ellos gastan los últimos billetes
Vertidos por la Casa de Moneda.

Los billetes son diáfanos, decimos,
Carne de nuestra carne,
Espuma de la sangre.

Con billetes el mundo
Congrega sus rincones
Y parece mostrar una estrella accesible
Sin ellos, el paisaje es sólo el sol
Y cada cual resbala sobre su propia sombra.

Pero la Casa de Moneda piensa por todos
Y los billetes; ¡oh encanto del bar miserable!
Nos suministra sueños congelados,
Menús soñados el día desnudo de fama.
Al levantar los vasos se produce el granito
Del brindis que nos une en un pozo invisible.

Alguien nos dice que el sol ha salido
Y que en el barrio alto
La luz es servidora de los ricos
¡La misma luz que fue manantial de semejanza!

Hoy he ido a comer donde comen los pobres
Y he sentido que la sombra es común
Que el dolor semejante es un lenguaje
Por encima del sol y de las Madres.

domingo, 12 de junio de 2011

Vladímir Maiakovski - Mi Universidad.



Mi Universidad.


¿Sabe francés,
restar,
multiplicar?

Declina maravillosamente!
¡Que decline!
Pero oiga,
¿acaso usted podría cantar a dúo,
con los edificios?
¿Usted acaso comprende
el idioma de los tranvías?
El hombre, a veces,
apenas sale del cascarón
y ya lleva libros bajo el brazo,
y cuadernos escritos.
Yo,
aprendí el alfabeto en los letreros,
hojeando páginas de estaño y hierro.
Los maestros,
toman la tierra,
la descarnan,
la destrozan,
y enseñan:
-Toda ella
no es más que un globo pequeño, redondo.
Pero yo,
con los codos aprendí geografía.
No en vano he dormido tanto sobre la tierra.
Los historiadores se atormentan con

/importantes preguntas:

-¿Era o no era roja la barba de Barbarroja?
¡Que sea!
No me gusta meterme en las mentiras con
/telaraña.

Yo conozco de Moscú, cualquiera de sus
/historias.

Hablan de Dobroliubov (para que lo odien)
pero su apellido está en contra,
protesta la familia.
Yo,
desde niño
aprendí a odiar a los gordos,
a los que se venden por una comida.
Se sientan,
charlan,
y para gustarle a la dama,
hacen sonar sus pobres ideas
con sus frentes llenas de monedas.
Yo,
dialogaba sólo con los edificios,
y las tomas de agua eran mis interlocutoras.
Con la ventana del oído atento escuchando,
los techos oían lo que les arrojaba al oído.
Y luego,
de noche,
sobre una cosa
o la otra
nos pasábamos charlando,
moviendo la "sin hueso".

domingo, 3 de abril de 2011

Helvert Barrabás - Numeraciones.




1
La ciudad es una gran hélice
Repleta de espirales
De ir & venir
De prolongaciones inmediatas & artificiales
Interminables.
2
Los héroes mueren de hambre en la esquina ensoñadora
Con la sonrisa de los 15 años y el abrigo menesteroso.
3
Se me quiebran los talones en las velocidades proporcionales
Cayendo como escalera desdentada
Enredado en la línea del Capricornio Copérnico
Sumergido en la espiral de la centrífuga de estrellas.
4
Manantial de manicomios des-establecidos & hospitales fantasmagóricos
Mi canto es el himno podrido & vomitado de las banderas andrajosas
& la patria desmantelada.
5
Satélites apocalípticos indican la ruta del nuevo salvador:
La gran masa estúpida & ridícula & genuflexa & ignorante
Cosida a puño por el dios camaleónico
Transita excitada por el laberinto argentino
Con su decadencia vestida de tecnológica
Prostituida / fornicada / sodomizada.

martes, 7 de diciembre de 2010

Helvert Barrabás - Desacordes.



Camino & camino y no encuentro donde
En los arquitectónicos senderos de la ciudadela
Donde en los ángulos grises aguardan algunos señores (as)
Bufonescos (as) / con sombrero y todo en el verano lleno
(Algunos severos cansados & hastiados / otros idiotas precoces & hambrientos)
Guiñol de estado & poder.
Si / suelo caminar por aquellos cielos de lechuzas vigilias
Con limites visuales no tangibles, inmensos.

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La ciudad es un ala de colibrí / & él / peón maldito / se arrastra por ella /
Preso de palabras / con sus delirios & paranoias /
Colgando de los inmensos días de techo vacío /
Esperando apocalíptica-mente sucesos indescifrables /
Con el rostro brillante de colores apócrifos/
Escribiendo helicópteros & globos dirigibles.

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Zumbido eléctrico de zancudos & bolígrafos que trizan el blanco
O repiquetean los dedos en la caja musical que vomita poemas
El centelleo trémulo de 200 watts pone estático el tiempo
(El tiempo en el sol transcurre en las sombras)
Un cuello de oca / como garfio
Me tiñe los ojos con gambox de mapache
Entre basura del norte
Donde en 50 pasos los perros cantan la muerte:
Sinfonía caótica cruzada con sonidos de ráfaga mecánica.

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La Ñ lleva una nube encima, que causa martirio nefasto
En ese reloj insondable de los castillos mentales
Rodeado de caimanes enflaquecidos por la peste
& moribundos polizontes durmiendo la eternidad en los dédalos
Con una doncella prostituida en las almenas, inmunda & preciosa.

martes, 5 de octubre de 2010

Helvert Barrabás - Chile cosido a mano.


Aleksandr Ródchenko

Chile cosido a mano y su vergüenza
En el pozo de los mil colores
¡Irrefutable carajo!
En La América sin apellido
Que nos hace cosquillas
En cines y restoranes.
Y vomitamos sus canciones oceánicas
Inmensas como máquinas
Horrísonas como insectos metálicos
Que surcan los bosques grisáceos.
Y sueno como esdrújula
En masturbaciones de guitarras
Entre tintines y tontones
Estrangulados de etiquetas.
Y en el paraíso cuadrado
De colinas pixeladas
Sobran las pizarras
Se pierde un universo
Y se abre una ergástula.