miércoles, 25 de agosto de 2010
lunes, 21 de junio de 2010
Ezra Pound - Encargo.

Id, canciones mías, al solitario y al insatisfecho,
id también al desquiciado, al esclavo de las convenciones,
llevadles mi desprecio hacia sus opresores.
Id como una ola gigante de agua fría,
llevad mi desprecio por los opresores.
Hablad contra la opresión inconsciente,
hablad contra la tiranía de los que no tienen imaginación,
hablad contra las ataduras,
id a la burguesa que se está muriendo de tedio,
id a las mujeres de los barrios residenciales,
id a las repugnantemente casadas,
id a aquellas cuyo fracaso está oculto,
id a las emparejadas sin fortuna,
id a la esposa comprada,
id a la mujer comprometida.
Id a los que tienen una lujuria exquisita,
id a aquellos cuyos deseos exquisitos son frustrados,
id como una plaga contra el aburrimiento del mundo;
id con vuestro filo contra esto,
reforzad los sutiles cordones,
traed confianza a las algas y tentáculos del alma.
Id de manera amistosa,
id con palabras sinceras.
Ansiad el hallazgo de males nuevos y de un nuevo bien,
oponeos a todas las formas de opresión.
Id a quienes la mediana edad ha engordado,
a los que han perdido el interés.
Id a los adolescentes a quienes les asfixia la familia…
¡Oh, qué asqueroso resulta
ver tres generaciones reunidas bajo un mismo techo!
Es como un árbol viejo con retoños
y con algunas ramas podridas y cayéndose.
Salid y desafiad la opinión,
id contra este cautiverio vegetal de la sangre.
Id contra todas las clases de manos muertas.
domingo, 11 de abril de 2010
Helvert Barrabás - X Oriente.
Henri de Toulouse-Lautrec - Femme assise sur un divan, 1883
Extensa
calle sórdida, vives ajena al tablero de ajedrez
tus
callejuelas maltrechas acogen a micro-traficantes de poca monta
ávidos
de deshacerse de la mercancía de su misma calaña.
Muchachuelas
de medio siglo se pasean por tus veredas
(coquetas,
vanidosas, presumidas, risueñas)
con
aliento a vino agrio y a empanada de pino.
Tus
mejores años se quedaron en el recuerdo
pero
aún hay clientes temerosos que se acercan a tus esquinas
en
busca de putitas de edad avanzada
o
de travestis de indumentaria ajustada.
Canes
tiñosos aglomerados fuera de los lupanares
esperando
que la cabrona se compadezca
y
les arroje la bazofia en el muladar del antro grisáceo.
Niños
sudorientos tras un balón de fútbol
cargando
con el estigma de residir en el barrio rojo
cargando
un arma corto-punzante por residir en el barrio rojo.
¡ZOTA!
así te llaman los habitantes de la ciudad de la nada
conversación
obligada para quienes se hacen llamar talquinos.
Los
crapulosos pernoctan a la intemperie, bañados en orín
bajo
el sol, bajo la luna, bajo una danza de moscas, bajo el farol rojo.
Diez
oriente, calle de secretos inconfesables, calle de tradición.
En
tus burdeles se desvirgaron pueriles mientras sus padres yacían borrachos
lamiendo
los pezones desgastados de putas de antaño
dilapidando
hasta el último peso, bebiendo hasta el último aliento.
Diez
oriente, vives de reminiscencias y de borrachos en noches de infortunio.
Diez
oriente, albergue de desesperanzados, beodos y juerguistas horteras.
martes, 30 de marzo de 2010
Helvert Barrabás - El Indulto.
Iliá Repin - Los Sirgadores del Volga
Gandul
de tiempos muertos zarpa tu mano mendicante del frente
que
dios todo misericordioso te ha otorgado el castigo inclemente.
Largaos
por senderos inhóspitos y rotos con la adarga extraviada
inundaos
en bosques pedregosos buscando vida con ciega mirada.
Marchaos
de la comarca, alma errante, con paso ligero y sin retorno
marchaos
prontamente, he aquí un cofre con cien monedas de oro.
Ve
en busca de mancebas radiantes y cubiertas en vorágine de bucles
dirígete
al impío piélago, bebe vino y conviértete en sabio del rascle.
El
puerto te esperará, truhán de alhajas y costumbres licenciosas
con
barcazas pintorescas de marineros ebrios y vida indecorosa.
Saludad
a las heteras en nombre de Zantraginia, maldito pobre hombre
cuando
se dirijan con su perfume de muerte hacia la pira y su lumbre.
Consolidad
tu vida de artista en medio de mesalinas y pisaverdes
escribid
con avidez excelsos poemas de desesperación y muerte.
Procurad
mantener serenidad cual tigre rey en medio del acecho
cuando
os pregunten los frailes quien te ha otorgado el aforrecho.
Vivid
como poeta, maldito pobre hombre de vida miserable y hosca
y
recordad el nombre de Zantraginia cuando tu cuello toque la horca.
martes, 16 de febrero de 2010
Helvert Barrabás - Surcando caminos de viento gris.
Jules de Bruycker
Los
violines rasgan el aire con surcos incorpóreos que arremeten unísonos en medio
de vida verdosa.
La
luna se va de hocico remeciendo el oro candor / despellejando a indóciles
durmientes de aliento pútrido.
Y
vírgenes castradas sueñan poesías con piernas trémulas:
en
medio de oasis vertiginosos vomitan heces / se persignan por sus príncipes que
reinan ergástulas / cabalgadores de impetuosos corceles níveos de crin
alquímica.
Curvaturas
se desvanecen en la cercanía / los edificios longevos entorpecen las distancias
/ acrecientan el pavor de transeúntes novedosos _ factor sorpresa de los
inquilinos.
Y
se me caen los sueños en cascadas, las huellas no dejan nada tras de si /
el
cenit galopa a mil leguas de mis rastros, y la vida se va y la vida se queda.
Quijosteco hético, Quijosteco no ético.
Los
canes pernoctan con mis pasos / el fantasma sin recompensa ni galardones
susurra
vientos y añora: las putas ya no aman poetas.
jueves, 28 de enero de 2010
Helvert Barrabás - Apocalipsis Mental.
Zdizlaw Beksinski
Bienvenidos a la
inevitable era de las guerras cataclísmicas
del frenesís
magnético que irrumpirá en nuestras miserables vidas.
Hemos nacido para
alcanzar la muerte con mano trémula
pero el poder nos arrebata
las migajas con total impunidad.
La nación nodriza nos
amordaza con semblante encubierto
nos ofrece
verosimilitudes digeridas por ignorancia
nos envuelve con su
inconmensurable utopia estrellada.
Holocaustos de
legiones proletarias bañadas con la furia del racismo
son hecatombes
sigilosas del modernismo pérfido y caótico.
El viento surge
furioso y madre naturaleza guarda silencio:
hombres desde un
descomunal rascacielos juegan a ser dioses.
Y los pueblos
diezmados por ser necesariamente innecesarios
continúan con
regímenes beligerantes y hablan a sovoz:
pues el gatillo
deambula por las calles dispuesto a soltar bullicio.
Y las barbas canosas
de corazones rojos como la nieve cubierta de sangre
cambiaron sus hoces y
martillos por campos de golf y albercas privadas.
Norteamérica es el
Olimpo, África llora, Europa sonríe, Asia se ruboriza
y Latinoamérica
cuelga desesperada cual racimo de agracejos
quiere surgir, pero
cae, cae, cae, se aferra, la gravedad no da tregua
lo belísono se
olvidará, culparán a nuestra madre verde que se ahoga
hijos de la puta…, la
sociedad estulta cegada por rayos televisivos
disparados por la
ionosfera, espejo maldito de muerte
el mundo es de los
hombres y con ellos la tierra caerá, infinitamente caerá.
martes, 17 de noviembre de 2009
sábado, 14 de noviembre de 2009
lunes, 19 de octubre de 2009
Helvert Barrabás - Barrabás.
Me
encuentro celebrando el desfalco que cometimos hace un momento, bebiendo vino
agrio en una tasca descubierta, acompañado de un zaragate, cuyo aspecto
fornido, brazos monumentales, boca sedienta y hedor inaguantable, lo hacen un
digno ladronzuelo que se mueve a hurtadillas por las callejuelas polvorientas
de Jerusalén. Entre jarras de vinos y bellas mancebas, contemplo el botín con
la cantidad de mil monedas de oro, extraídas directamente desde El Palacio
Romano. Entre aquel jolgorio voluminoso, repleto de dadivosas sonrisas,
vislumbro entre dromedarios sedientos a La Guardia Romana avanzar
precipitadamente hacia nosotros; cauteloso, me levanto de mi silla y comienzo a
correr velozmente entre el cúmulo de personas. Al llegar Al Templo Pagano me
detengo con anhélito. Bañado en sudor y con el corazón palpitante, siento un
golpe seco en mi nuca, el cual me hace caer de bruces y golpear fuertemente en mis
labios y nariz. Ya estando decúbito en el suelo, comienzo a sentir gran
cantidad de golpes en todo mi cuerpo, puntapiés feroces y manotazos febriles me
azotan con vehemencia. Posterior a propinarme la paliza, dos guardias me
levantan y me llevan a rastras hacia un calabozo lóbrego.
Tras
despertar entre aquellas murallas tétricas, con mi cuerpo ebrio y mis pies
descalzos, me levanto del suelo y me acerco hacia una ventana resguardada con
barrotes para inhalar un poco de aire limpio. El sol brilla en lo alto y a lo
lejos una marabunta ulula con proclamas difusas. Luego de alejar a una rata que
lamía mis pies, escucho la voz furiosa de un hombre, el cual abre la celda
dónde me encuentro, me proporciona un par de golpes, me coge de un brazo y me
arroja violentamente fuera de aquel cuarto oscurecido. El robusto hombre llama
a otro individuo que se encuentra cerca de mí, me levantan y entre golpes e
improperios me llevan hacia un lugar incógnito.
Luego
de estar extenso tiempo en otro cuarto, agobiado por el calor y el hedor
nauseabundo, dando oído a fuertes alaridos de una muchedumbre que se encuentra
en las aproximaciones de mi vetusta celda, dos guardias ingresan y me expresan
que alguien se ha apiadado de mi y que no me llevarán a la crucifixión y entre
risas irónicas me retiran de aquella ergástula infesta.
Al
salir de aquel recinto, me conducen a un podio, en donde presencio a un gentío
eufórico y exaltado, clamando la crucifixión de un individuo. Entre
escupitajos, insultos y golpes, en medio de aquella aglomeración, aparecen dos
guardias escoltando a un tipo moribundo, delgado, tes morena, mentón poblado,
harapiento y de cabello abundante, el cual descendía por su rostro como
cascadas ancestrales.
A
aquel hombre de mirada triste se le ubica a mi lado, lo observo un momento y
posteriormente desvio mi mirar hacia un hombre vestido con indumentaria romana,
calvo, tes blanca, mirada decisiva y postura impertérrita. Al llegar dicho
hombre al podio, la multitud se acalla y éste comienza a recitar algunas
palabras, las cuales provocan que el público vuelva a su estado de excitación
sempiterna. El dilema, según a mi entender, es el siguiente: la afluencia de
gente debe decidir entre otorgarle el indulto al proclamado “Hijo de Dios” o a
mí, Barrabás.
El
tipo de mirada decisiva, luego de percatarse que la muchedumbre clamaba mi
nombre con un brío incesante, como si fuera yo alguien laudable, pide a uno de
sus sirvientes que le acerque un jarrón con agua y un paño, agua que utiliza
para lavarse las manos y paño que emplea para secárselas.
Ya
tomada la decisión, y no sin antes darme unos golpes, dos guardias me arrojan a
la calle. Levantándome, me dirijo a buscar al zaragate con el cual me
encontraba en un principio, para ver si corrió con mejor suerte que la mía y
aún conserva el botín, para así continuar dilapidando el dinero en concubinas y
licor.
lunes, 12 de octubre de 2009
Helvert Barrabás - La Silueta.
Zdzislaw Beksinski
Refugiado
en una taberna nauseabunda, putrefacta, charlando con beodos habituales de este terruño del planeta, embriagado, infeliz, inhalando el agrio humo del tabaco,
el cual invade en su totalidad aquel lugar tétrico, me encuentro con una copa
de vino y un recuerdo de tiempos pasados. Hastiado ya de cruzar palabras con
aquellos borrachos anónimos, indómitos y de aspecto lúgubre, me digno a salir
de la cantina. Tambaleando entre sillas y mesas logro dar con la puerta de
salida. Al salir, la noche inmensa me abofetea con su aliento gélido, el viento
ruge en la soledad, luces someras alumbran las callejas impúdicas.
En
medio de aquel frío verdugo, caminando entre ladridos de canes y sirenas de
ambulancias con sus melodías fúnebres, aprecio una silueta ennegrecida entre la
niebla espesa, agitando su mano enérgicamente desde el otro lado de la calle.
Con la mirada perdida en la infinitud de la noche, cruzo la avenida a tientas
entre muros invisibles, con el objetivo de averiguar cual es el motivo del
movimiento realizado por aquel ser incógnito. Al llegar al lugar, me percato de
que no hay absolutamente ningún individuo, más el incidente no me produce mayor
cuestionamiento, ya que en el mismo instante continuo avanzando sin recordar
siquiera por que había cruzado a dicho lugar desde la otra acera.
Entre
pasos ebrios, estrepitosos, los cuales rompen el silencio infinito del
anochecer, avanzo, parsimonioso, incauto. Mi vaho se mezcla con la neblina
blanquecina, el cigarrillo entre mis dedos se consume entre bocanadas endebles
y el soplido del viento, mi cabeza lánguida intenta buscar el horizonte, cuando
nuevamente aparece aquella silueta espectral, delante de mí, gesticulando
eufóricamente con ambos brazos a escasos metros de mi mirada atónita. Esta vez
no solo aprecio una sombra bruna, sino además un color rojizo infernal
contorneando todo su cuerpo, lo cual me hizo quedar estupefacto, con las
piernas trémulas y una sequedad insólita en la boca.
Absorto
en aquella callejuela funesta, con los huesos quebrantados por el frío abrupto
de un invierno austral, aquella silueta escapada desde un abismo del averno, se
acerca precipitadamente, hasta quedar a escasos centímetros de mi cuerpo
rígido. Soportando un respiro tórrido en mi rostro, comienzo a sentir unos
calosfríos que descienden desde mi cuello hasta mis pies, un pánico colosal me
asedia enérgicamente, una extraña mezcolanza entre el calor del Sahara y el
frío de la Antártida empieza a envolver mi cuerpo. Abstraído por aquel panorama
lóbrego, caigo de bruces en un charco de agua pútrida. Sintiendo mi rostro
empapado de aquel líquido rancio, el cual desprendía un hedor repugnante, me
levanto precipitadamente y observo a mí alrededor: soledad y nada más. Aquella silueta
fantasmagórica había desaparecido nuevamente sin dejar rastro alguno.
Deslizando mí brazo por mi rostro, me desprendo de aquellas gotas infestas, y
continuo avanzando, esta vez, con el corazón estremecido y la mirada cautelosa.
Al doblar una esquina corrompida por los años, me detengo a encender un
cigarrillo bajo una farola de luz tenue, en ese instante, siento un leve golpe
en mi hombro, aterrado, giro mi cabeza, mis ojos recorren el lugar, pero solo
aprecio la luz ligera del farol, y tras de ella una oscuridad perpetua. Al
momento de volcar mi cabeza a su posición, advertí un hecho que me dejo sin
habla: mi sombra, mi sombra se había desvanecido en medio de aquella noche.
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