viernes, 19 de abril de 2013

Fernando Pessoa - El guardador de rebaños.



Escrito bajo el heterónimo Alberto Caeiro.


Desde la ventana más alta de mi casa,
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos, que viajan hacia la humanidad.
Y no estoy alegre ni triste.
Ése es el destino de los versos.

Los escribí y debo enseñárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario,
como la flor no puede esconder el color,
ni el río ocultar que corre,
ni el árbol ocultar que da frutos.

He aquí que ya van lejos, como si fuesen en la diligencia,
y yo siento pena sin querer,
igual que un dolor en el cuerpo.

¿Quién sabe quién los leerá?
¿Quién sabe a qué manos irán?

Flor, me cogió el destino para los ojos.
Árbol, me arrancaron los frutos para las bocas.
Río, el destino de mi agua era no quedarse en mí.
Me resigno y me siento casi alegre,
casi tan alegre como quien se cansa de estar triste.

¡Idos, idos de mí!
Pasa el árbol y se queda disperso por la Naturaleza.
Se marchita la flor y su polvo dura siempre.
Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la
que fue suya.

Paso y me quedo, como el Universo.

Gustavo Perednik - Filosofía & Suicidio.



Miguel Sanz Romero


Las estadísticas indican que varias decenas de personas se habrán suicidado en el tiempo en que mis lectores concluyan este artículo (sin superposición entre los dos grupos). Por día se suicidan unas mil personas y se estima que diez veces más lo intentan. Cuando la explicación de este fenómeno se aborda desde la sociología o la psicología, en general se impone el análisis suicidológico con su intención de prevenir y evitar el suicidio. La filosofía no: por su naturaleza está exenta del propósito que guía a sus pares; cuando la filosofía explora el suicidio no sólo se abstiene de «reafirmar la vida» sino que suele abatirse en una apología de la autodestrucción.

Uno de los apólogos más vehementes fue Émile Michel Cioran (1911-1995), cuyo décimo aniversario este mes es propicio para rastrear sus lóbregos maestros y fuentes de inspiración.

Empecemos por sociología y psicología. Dos notables judíos han construido, en base del suicidio, sendas escuelas de pensamiento: Émile Durkheim y Viktor Frankl. El primero, frecuentemente considerado el padre de la sociología como ciencia, en su tratado El suicidio (1897) explicó el fenómeno como el resultado de la falta de integración del individuo en la sociedad.

A partir de categorizar a los distintos estratos sociales en base del grado de asiduidad con el que practican el suicidio, primero encontró la correlación entre éste y otro tipo de conductas, y luego se ocupó de los fundamentos de la estabilidad social, que incluyen los valores comunes de una sociedad como la moralidad y la religión. Durkheim, que nació en el seno de una familia de linaje rabínico, entendía a la religión como expresión de la conciencia colectiva que mantenía al orden social. Un quiebre de dichos valores llevaba en su visión a la pérdida de estabilidad social y a sentimientos individuales de ansiedad e insatisfacción.

En cuanto a Viktor Frankl (1905-1997), éste creó la tercera de las llamadas «escuelas vienesas de psicoterapia», la logoterapia, en base de su reclusión en Auschwitz durante los tres últimos años de la Segunda Guerra. Procuró allí identificar qué fuerza mantenía el deseo de vivir en las víctimas de los campos de la muerte. Su libro El hombre en busca de sentido (1962) fue traducido a más de veinte idiomas y elaboró la pregunta clave que da inicio a su terapia: «en una situación tan desdichada, ¿por qué no se suicida usted?».

Hubo otro judío notable, coetáneo de Durkheim, quien expusiera una idea similar a la que ulteriormente inspiró a Frankl y su escuela de «análisis existencial». Se trata de Teodoro Herzl, padre del sionismo político moderno, de quien su principal biógrafo sostiene que un par de artículos sintetizan su filosofía: El Hotel a la anilina y Solón en Lidia. El último constituye una apología del trabajo; el primero (1896) es una memoria de la génesis de su ideal sionista en la que se arguye contra el suicidio: «Huir de la vida no es recurso. La desesperación es un precioso material con el que pueden elaborarse los mejores productos, tales como el autorrenunciamiento, la purificación del carácter y la disposición al sacrificio... Cuando vuelvo la mirada al pasado, se me ocurre que todos los hombres grandes y famosos de la historia se hallaron en tal o cual momento de su vida al borde del abismo, pero se retiraron de él de tal manera que su desesperación fruteciera».

Hay cuatro judíos adicionales que sobrevivieron al Holocausto, y cuyas desoladoras experiencias los acompañaron durante toda la vida. Supieron sublimarlas en creatividad, pero terminaron sucumbiendo al suicidio. Son ellos el ensayista Primo Levi (1917-1987), el novelista Jerzy Kosinski (1933-1991), el psicólogo Bruno Bettelheim (1903-1990), y el filósofo Jean Améry (1912-1978).

El mentado libro de Víctor Frankl se divide en tres partes, que reflejan las fases por las que pasaban los prisioneros (la adaptación al campo, la concentración en la supervivencia, y la liberación). La última fase conlleva una gran decepción, porque la libertad tan ansiada no llega a ser satisfactoria, debido entre otros motivos a la falta de comprensión y empatía que recibe el liberado por parte de quienes no habían sufrido el infierno en los campos.

Así surge del final de la primera novela de Imre Kerstész, Sin destino (1975): a pesar del martirio sin parangón de los sobrevivientes de los campos, solían recibir de sus interlocutores un tibio «nosotros también sufrimos».

Compañero de Kertesz y de Frankl en Auschwitz, Jean Améry no consiguió extraer de la supervivencia ninguna conclusión, salvo la sinrazón de la vida. Elocuentemente en su lápida se ha grabado el lacónico número con el que los nazis suplantaron su identidad. La única novela de Améry, Lefeu o La Demolición (1974) es una metáfora de la resistencia a aceptar la vida como si el horror no hubiera existido; su ensayo Levantar la mano sobre uno mismo (1976) es una apología filosófica del suicidio, escrita dos años antes de que Améry en efecto se envenenara. Este es el eje de nuestro artículo.


El Bilanz-Selbsmord.

Suicidios hay muchos, en su mayoría consecuencia de la impulsividad o la depresión. Otros tienen como objeto llamar la atención sobre una determinada causa, como el feminismo (Emily Davison en 1913), el trotskismo (Adolf A. Joffe en 1927) o el antinazismo (Petra Kelly y su compañero Gert Bastian en 1992).

Pocos suicidios empero resultan de un plan premeditado que responde a una ideología adversa a existir. El psicólogo James Hillman lo explica en El suicidio y el alma (1964) al concebir el impulso de muerte no como un movimiento contrario, sino como una demanda de encuentro con una realidad absoluta, una exigencia de una vida más plena a través de la experiencia de la muerte. (Hillman fundó la llamada «psicología arquetípica», según la cual principio rector de la vida diaria es el poder).

El psiquiatra alemán Alfred Hoche acuñó en 1919 el término para definir esta categoría: Bilanz-Selbsmord, suicidio equilibrado.

Tiene raíces tanto en la antigua Grecia como en las religiones orientales. En la primera, fueron portavoces el fundador de la escuela cínica Antístenes y el del estoicismo, Zenón de Citio, quien inclinó la balanza cuando tropezó y se rompió un dedo: para qué uno debe seguir viviendo con alguna molestia, por más pequeña y pasajera que sea, cuando la vida y muerte son indistintas para el hombre inteligente. Heguesías el cirenaico fue apodado «abogado de la muerte» por predicar el suicidio ante audiencias que terminaban por cometerlo, hasta que el rey Ptolomeo lo prohibió para restablecer el orden.

En varios clásicos asoma una defensa del suicidio, como el Fedón de Platón, el Enquiridión de Epícteto y poemas de Lucrecio.

Entre las orientales, la religión jainista –que rechaza todo afecto– promueve el suicidio ascético por hambre, practicado por «arhats» o seres espirituales perfectos como Vakkali o Godbika. Los saivas tenían un templo en Vindhyavasini, en donde frente a la imagen de Bhavani, la forma de la plegaria era cortarse la garganta hasta morir. Los pandavas en el Himalaya usaban el método de peregrinar sin pausa hasta morir exhaustos.

En la modernidad, un tratado pionero es el Biathanatos (1630), obra póstuma de John Donne de la que Hugh Fausset ha sugerido que el autor de esas doscientas páginas planeaba coronarlas con su suicidio. Así lo explica Jorge Luis Borges, para quien el motivo oculto del Biathanatos fue indicar que Jesús se suicidó.

El suicidio fue para Albert Camus (1913-1960) el único problema filosófico verdaderamente serio. El primer ensayo de El mito de Sísifo, titulado Lo absurdo y el suicidio abre con el caso de Peregrinus Proteus que, según el relato de Luciano, en el año 165 se inmoló en los juegos olímpicos de Atenas.

Para Camus, el hombre llama al mundo para darle sentido, pero su llamada choca contra un sentimiento irracional que tienta al suicidio: «Juzgar si la vida vale la pena ser vivida o no, es responder la principal pregunta de la filosofía... Si uno no se mata, debe permanecer silencioso frente a la vida».

Borges publicó en el diario La Nación de Buenos Aires (27-3-83) un relato titulado Agosto 25, 1983, en que vaticina su suicidio para esa fecha exacta, y del que declaró no haberlo cumplido «Por cobardía».

Sí cumplió el pintor Maurycy Gottlieb, quien se suicidó a los 23 años en 1879 dejando un cuadro que incluye la dedicatoria «en recuerdo del honrado maestro Maurycy Gottlieb, de bendita memoria, 1878».

Cuando en 1988 el filósofo francés Giles Deleuze preparó una serie televisiva de seis horas, puso como condición que se emitiera después de su muerte –se suicidó el 4-11-95– y Foucault lo consideró «la única mente filosófica de Francia».

La lógica del sentido de Deleuze invita en una treintena de «paradojas arbitrarias» a «acribillar la razón... regresar a una prerracional... seguir la ley de no obedecer la ley». Para Deleuze la historia es «una aventura de la Esquize», y sólo «la perversidad y la locura conscientes muestran a los sistemas filosóficos como juegos de superficies y profundidades». Enemigo de toda aspiración a la profundidad, Deleuze destaca la primacía de la superficie y el dominio de lo oral por sobre lo escrito. Veía en su filosofía fragmentaria un arma para destruir la filosofía, la cultura y el psicoanálisis.

Pero por sobre todos los mentados hay tres singulares filósofos del siglo XIX que, antes de consumarlo, hicieron del suicidio el foco de su obra: Philip Mainländer (1841-1876), Carlo Michelstaedter (1887-1910) y Otto Weininger (1880-1903). Los dos últimos eran de origen judío y se suicidaron a los 23 años de edad. Weininger, misógino y judeófobo a ultranza, se habría eliminado precisamente para desembarazarse de su prosapia judía.


El máximo contemporáneo, y el gran inspirador.

Philipp Mainländer (seudónimo de Philipp Batz, a quien Borges rescató del olvido) escribió La filosofía de la Redención, publicada el 1 de agosto de 1876, un día antes de que el autor se pegara un tiro. Según este tratado la verdadera liberación radica en el suicidio. La conciencia advierte, a través de los tráfagos de la vida, que la no existencia es mejor que la existencia, y este conocimiento, que lleva a que el hombre se niegue a perpetuarse y tienda a autoaniquilarse, consuma finalmente el gran ciclo de la redención del ser: todos somos fragmentos de un Dios, que en el Big Bang del principio de los tiempos, se destruyó, ávido de no ser. La historia universal es la oscura agonía de esos fragmentos y la destrucción del mundo tendría como objetivo resucitar a Dios.

Carlo Michelstaedter elaboró un pensamiento filosófico poético en Dialogo della Salute (1912), según el cual la vida aspira siempre a algo distinto de sí, y al no conseguirlo, experimenta una raigal desilusión, que es a su vez fuente de impulsos que trascienden la propia existencia hacia un absoluto.

La irracionalidad del vivir y la desilusión del fracaso dan origen a creaciones, a racionalizar ilusiones que eventualmente llegan a tener una existencia y valor propios. En cierta medida, Michelstaedter anticipó ideas de Heidegger y del existencialismo, así como el «sentimiento trágico de la vida» de Unamuno.

Al tercero de los anunciados, Otto Weininger, Francisco Romero lo ha llamado «uno de los más extraños casos de la filosofía contemporánea». Weininger pasó de estudios literarios y filológicos a las matemáticas y ciencias naturales. Empiriocriticista, se sumó a un grupo que estudiaba la Crítica de la Experiencia Pura (1890) de Richard Avenarius. Dominó el francés, inglés, italiano; supo español y noruego. Su obra Sexo y Carácter (1903) tuvo ya para 1923 una vigésimoquinta edición de 600 páginas (130 de ellas son notas y complementos) y había sido traducida a seis idiomas. Escribieron sus biografías Emil Lucka (1905) y Georg Klaren (1924). El israelí Yehoshua Sobol comenzó su carrera de dramaturgo en 1983 con una teatralización de la última noche de Weininger, quien murió apenas a los veintitrés años.

El gran sintetizador de la tanatofilia en la segunda mitad del siglo pasado fue Émile Michel Cioran (1911-1995), filósofo francés nacido en Rumania, para quien el ser humano es incapaz de crear ideas libres, y la bondad y la verdad son cabalmente imposibles. Obras suyas son Breviario de podredumbre (1949), La tentación de existir (1956), Del inconveniente de haber nacido (1973), y Desgarradura (1979). Para Cioran  «una de las mayores ilusiones es olvidar que la vida se halla cautiva de la muerte... Siendo la muerte inmanente a la vida, ¿por qué la conciencia de la muerte hace imposible el hecho de vivir? La existencia del hombre normal no es turbada por ella... porque para esa clase de seres humanos normales sólo existe la agonía última, y no la agonía duradera, inseparable de las primicias de lo vital. Profundamente, cada paso en la vida es un paso en la muerte, y el recuerdo una evocación de la nada. Desprovisto de sentido metafísico, el hombre ordinario no es consciente de la entrada progresiva en la muerte... Cuando la conciencia se ha desapegado de la vida, la revelación de la muerte es tan intensa que destruye toda ingenuidad, todo arrebato de alegría y toda voluptuosidad natural. Hay una perversión, una degradación inigualada en la conciencia de la muerte. La cándida poesía de la vida y sus encantos parecen entonces vacíos de todo contenido, al igual que las tesis finalistas y las ilusiones teológicas. Quienes pretenden que el miedo a la muerte no tiene ninguna justificación profunda en la medida en que la muerte no puede coexistir con el yo (dado que éste desaparece al mismo tiempo que el individuo) olvidan el extraño fenómeno que es la agonía progresiva...

Toda tentativa de considerar los problemas existenciales desde el punto de vista lógico está condenada al fracaso. Los filósofos son demasiado orgullosos para confesar su miedo a la muerte... Estar persuadido de no poder escapar a un destino amargo, hallarse sometido a la fatalidad, tener la certeza de que el tiempo se ensañará siempre en actualizar el trágico proceso de la destrucción, son expresiones de lo Implacable. ¿No constituiría la nada en ese caso la salvación? Pero ¿qué salvación puede haber en el vacío? Siendo casi imposible en la existencia ¿cómo podría realizarse la salvación fuera de ella? Y puesto que no hay salvación ni en la existencia ni en la nada, ¡que revienten entonces este mundo y sus leyes eternas!»

La extremación del nihilismo que hemos intentado desgranar tiene un gran inspirador: Arthur Schopenhauer (1788-1860) quien convirtió «la cosa en sí» kantiana en una voluntad ciega, radicalmente opuesta a la inteligencia. Todo está animado por el esfuerzo universal de la Voluntad, que el intelecto transforma en un mundo de ideas y conceptos. El hombre se debate a un conjuro de ciegos impulsos y está destinado a luchar sin jamás hallar satisfacción legítima, ya que la vida, para Schopenhauer, alterna entre dos estados: la frustración y el tedio. La satisfacción es siempre negativa -la liberación del dolor-.

Según Schopenhauer, la filosofía debe liberar al hombre de la servidumbre de la voluntad, su última meta consiste en la completa extinción de la misma. Y la única razón válida que podría esgrimirse contra el suicidio es que reemplaza un mundo miserable por otro aparente.

Su pesimismo fue el más radical y el que más influyó en artistas y filósofos como los referidos, quienes a lo largo de los siglos XIX y XX fueron ganados por la desilusión del progreso y sólo vieron el aspecto sombrío de la existencia.

jueves, 18 de abril de 2013

Osvaldo Lamborghini - El niño proletario.



Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.

Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.

El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.

En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.

Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande.

Evidentemente, la sociedad burguesa, se complace en torturar al niño proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.

Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa. Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita, y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa.

¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo.

La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.

Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror.

Oh! por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado color.

A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro, y nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado!, y lo miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión.

No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.

Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación.

Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación.

Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos del goce.

Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.

Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpiño de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura, todos estos años de fracasada, estropeada pasión: él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.

Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmemente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo.

A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agaché, lo incorporé a mi estómago, y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojé.

Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer.

Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos, correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos.

Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano.

—Yo quiero succión —crují.

Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que ¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulos falanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el cuello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse literalmente en la tardanza.

Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese mismo pañuelo, y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula eyaculación.

Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahí.

Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el falo a la boca respirante de ¡Estropeado! Con los cinco dedos de la mano imité la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a ¡Estropeado! y le impartí la parca orden:

—Habrás de lamerlo. Succión—

¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentándome el placer.

A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación. Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mí crujir.

Era un espacio en blanco.

Era un espacio en blanco.

Era un espacio en blanco.

Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que ni sé siquiera si conservo memoria.

Desde la torre fría y de vidrio. Desde donde he contemplado después el trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra.

Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto.

Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo. Impacientes Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo. Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal.

—Ahora hay que ahorcarlo rápido —dijo Gustavo.

—Con un alambre —dijo Esteban en la calle de tierra donde empieza el barrio precario de los desocupados.

—Y adiós Stroppani ¡vamos! —dije yo.

Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación.

Zbigniew Herbert - Conjeturas sobre Barrabás.



Qué fue de Barrabás Pregunté nadie lo sabe
liberado de sus cadenas salió a una calle blanca
pudo torcer a la derecha seguir recto torcer a la izquierda
andar en círculo cacarear de alegría como un gallo
Él Emperador de sus propias cabeza y manos
Él Virrey de su propio hálito

Pregunto pues en cierto modo tomé parte en el asunto
arrastrado por la turba frente al palacio de Pilatos grité
como los demás libera a Barrabás a Barrabás
Todos gritaron aunque sólo yo hubiese callado
igualmente habría sucedido tal como tenía que suceder

Y Barrabás quizá volvió con su banda
En las montañas asesina con presteza hace los debidos pillajes
O abrió un taller de alfarería
Y sus manos manchadas por el delito
limpia en la arcilla de la creación
Es aguador arriero de mulos usurero
propietario de naves -en una de ellas navegó Pablo hasta los
corintios
o -lo que no puede excluirse-
se convirtió en un apreciado delator a sueldo de los romanos

Mirad y asombraos del pasmoso juego del azar
por los poderes de la posibilidad por las sonrisas de la fortuna

Y el Nazareno
quedó solo

sin alternativa
con un abrupto
sendero
de sangre.

Marqués de Sade - Diálogo entre un sacerdote y un moribundo.



El Sacerdote: Llegado el instante fatal en que el velo de la ilusión sólo se desgarra para dejar al hombre reducido al cuadro cruel de sus errores y sus vicios, ¿no te arrepientes, hijo mío, de los múltiples desórdenes a los que te condujo la humana debilidad y fragilidad?

El Moribundo: Sí, amigo mío, me arrepiento.

El Sacerdote: Pues bien, aprovecha estos remordimientos felices para obtener del cielo, en este corto intervalo, la absolución general de tus faltas, y piensa que es por la mediación del santísimo sacramento de la penitencia que te será posible obtenerla del Eterno.

El Moribundo: No nos comprendemos.

El Sacerdote: ¡Cómo!

El Moribundo: Te he dicho que me arrepentía.

El Sacerdote: Así lo oí.

El Moribundo: Sí, pero sin comprenderlo.

El Sacerdote: ¿Qué interpretación?...

El Moribundo: Ésta... Creado por la naturaleza con inclinaciones ardorosas, con pasiones fortísimas, únicamente colocado en este mundo para entregarme a ellas y para satisfacerlas, y estos efectos de mi creación no siendo más que necesidades relativas a las primeras vistas de la naturaleza, o, si lo prefieres, sólo derivaciones esenciales de sus proyectos sobre mí, todos en razón de sus leyes, sólo me arrepiento de no haber reconocido bastante su omnipotencia, y mis únicos remordimientos sólo se refieren al mediocre uso que hice de las facultades (criminales según tú, según yo muy simples) que ella me había dado para servirla. La he resistido algunas veces, de eso me arrepiento. Cegado por tus sistemas absurdos, con ellos combatí toda la violencia de los deseos que había recibido de una inspiración más que divina, de eso me arrepiento. Coseché sólo flores cuando pude hacer una amplia cosecha de frutos... Estos son los justos motivos de mi pesar. Estímame en algo para no atribuirme otros.

El Sacerdote: ¡A dónde te arrastran tus errores, a dónde te conducen tus sofismas! Prestas a la cosa creada todo el poder del creador. ¿No ves que esas desdichadas tendencias que te extravían no son más que efectos de la naturaleza corrompida, a la cual atribuyes toda la potencia?

El Moribundo: Amigo, me parece que tu dialéctica es tan falsa como tu espíritu. Quisiera que razonaras más exactamente o que me dejaras morir en paz. ¿Qué entiendes por creador, y qué entiendes por naturaleza corrompida?

El Sacerdote: El Creador es el dueño del universo, es él quien lo ha hecho todo, lo ha creado todo, y quien conserva todo por un simple efecto de su omnipotencia.

El Moribundo: Es un gran hombre, sin duda. Pues bien, dime por qué este hombre, que es tan poderoso, ha hecho, sin embargo, según tú, una naturaleza corrompida.

El Sacerdote: ¿Cuál hubiera sido el mérito de los hombres si Dios no les hubiere dejado su libre arbitrio, y qué mérito hubiesen tenido para disfrutarlo si no hubiera habido en la tierra la posibilidad de hacer el bien y la de evitar el mal?

El Moribundo: Así, pues, tu dios ha querido hacerlo todo oblicuamente sólo para tentar o probar a su criatura. ¿No la conocía, pues no sospechaba el resultado?

El Sacerdote: Sin duda que la conocía, pero una vez más quería dejarle el mérito de la elección.

El Moribundo: ¿Para qué, desde el momento que sabía el partido que tomaría y sólo dependía de él, ya que le proclamas tan omnipotente, y sólo dependía de él, repito, el hacerla tomar el bueno?

El Sacerdote: ¿Quién puede comprender los designios inmensos e infinitos de Dios con respecto al hombre, y quién puede comprender todo lo que vemos? 

El Moribundo: Aquel que simplifica las cosas, amigo mío, sobre todo aquel que no multiplica las causas para mejor enredar los efectos. ¿Para qué necesitas una segunda dificultad cuando no puedes explicar la primera, y desde el momento en que es posible que la naturaleza haya hecho por sí sola lo que le atribuyes a tu dios, por qué quieres buscarle un amo? La causa de que no comprendas es quizá lo más simple del mundo. Perfecciona tu física y comprenderás mejor la naturaleza, depura tu razón y entonces no tendrás necesidad de tu dios.

El Sacerdote: ¡Desdichado! Sólo te creía sociniano, tenía armas para combatirte, pero veo claramente que eres ateo, y desde el momento en que tu corazón se niega a la inmensidad de las pruebas auténticas que recibimos cada día de la existencia del creador, no tengo nada más que decirte. No se le da luz a un ciego.

El Moribundo: Amigo mío, admite un hecho: de los dos, el más ciego es seguramente aquel que se pone una venda que el que se la arranca. Tú edificas, inventas, multiplicas; yo destruyo, simplifico. Tú agregas error sobre error; yo los combato. ¿Cuál de los dos es el ciego?

El Sacerdote: ¿No crees, pues, en Dios?

El Moribundo: No. Y esto por una simple razón. Es perfectamente imposible creer en lo que no se comprende. Entre la comprensión y la fe deben existir conexiones inmediatas; la comprensión es el primer alimento de la fe; cuando la comprensión no actúa muere la fe, y ésos que en tal caso pretendieran tenerla, mienten. Te desafío a que creas en el dios que me predicas -ya que no sabrías demostrármelo, ya que no está en ti el definírmelo, y, por lo tanto, no lo comprendes- y desde el momento en que no lo comprendes no puedes suministrarme de él ningún argumento razonable, pues, en una palabra, todo lo que está por encima de los límites del espíritu humano es quimera o inutilidad. Si tu dios no puede ser más que una u otra cosa, en el primer caso sería un loco si creyera en él; un imbécil, en el segundo. Amigo mío, pruébame la inercia de la materia y te concederé el creador. Pruébame que la naturaleza no se basta a sí misma y te prometo suponerle un dueño. Hasta entonces, nada esperes de mí, sólo me rindo a la evidencia y sólo la recibo de mis sentidos; dónde ellos se detienen allí mi fe queda sin fuerzas. Creo en el sol porque lo veo, lo concibo como el centro de reunión de toda la materia inflamable de la naturaleza, su marcha periódica me complace sin asombrarme. Es una operación de física, acaso tan simple como la de la electricidad, pero que no nos está permitido comprender. ¿Qué necesidad tengo de ir más lejos? ¿Cuando me hayas levantado los andamios de tu dios por encima de esto, qué habré avanzado? ¿No necesitaré hacer tanto esfuerzo para comprender al obrero como el gastado en definir la obra? Por consiguiente, no me has prestado ningún servicio con la edificación de tu quimera, has turbado mi espíritu sin iluminarlo, y debo odiarte en vez de agradecerte. Tu dios es una máquina que fabricaste para que sirva a tus pasiones, y la has hecho mover a tu capricho, pero desde el momento en que incomoda los míos permíteme que la haya derribado. En el instante en que mi alma débil tiene necesidad de calma y de filosofía no vengas a espantarla con tus sofismas, que la asustarían sin convencerla, que la irritarían sin hacerla mejor. Amigo mío, esta alma es lo que la naturaleza quiso que fuera, es decir, el resultado de los órganos que ha querido formarme en razón de sus designios y de sus necesidades; y como ella tiene una necesidad igual de vicio y de virtud, cuando quiso llevarme hacia el primero así lo ha hecho, cuando ha querido la segunda, me ha inspirado deseos por ella, y me ha entregado a ambos de igual modo. Busca sus leyes como única causa de nuestra inconsecuencia humana, y no busques a sus leyes más principios que su voluntad y su necesidad.

El Sacerdote: Así pues, todo es necesario en el mundo.

El Moribundo: Seguramente.

El Sacerdote: Pues, si todo es necesario, todo está, pues, regulado.

El Moribundo: ¿Quién dice lo contrario?

El Sacerdote: ¿Y quién pudo arreglarlo todo como está si no es una mano omnipotente y sabia?

El Moribundo: ¿No es necesario que la pólvora se inflame cuando se le aplica el fuego?

El Sacerdote: Sí.

El Moribundo: ¿Y qué sabiduría encuentras en eso?

El Sacerdote: Ninguna.

El Moribundo: Es posible, pues, que haya cosas necesarias sin sabiduría, y posible, por consiguiente, que todo derive de una causa primera, sin que haya razón ni sabiduría en esta primera causa.

El Sacerdote: ¿A dónde quieres llegar?

El Moribundo: A probarte que todo puede ser lo que es y lo que no es, sin que ninguna causa sabia y razonable lo conduzca, y que efectos naturales deben tener causas naturales, sin que haya necesidad de suponerle otras antinaturales, como lo sería tu dios, ya que él mismo tendría necesidad de explicación sin suministrar ninguna. Y, por consiguiente, desde que tu dios no es bueno para nada, es perfectamente inútil; y como hay gran probabilidad de que todo lo inútil es nulo y de que todo lo nulo es la nada, así pues, para convencerme de que tu dios es una quimera no tengo necesidad de otro razonamiento fuera del que me suministra la certeza de su inutilidad.

El Sacerdote: Sobre este pie me parece innecesario hablarte de religión.

El Moribundo: ¿Por qué no? Nada me divierte tanto como la prueba del exceso de fanatismo y de la imbecilidad humana sobre este punto. Son extravíos tan prodigiosos que el cuadro, aunque horrible, a mi juicio es siempre interesante. Responde con franqueza, y, sobre todo, destierra el egoísmo. Si fuera tan débil que me dejara sorprender por tus ridículos sistemas de la existencia del ser que hace necesaria la religión, ¿bajo cuál forma me aconsejarías que le rindiera culto? ¿Quisieras que adoptara los desvaríos de Confucio más bien que los absurdos Brahama? ¿Qué adorara a la gran serpiente de los negros, al astro de los peruanos o al dios de los ejércitos de Moisés? ¿A cuál de las sectas de Mahoma quisieras que me rindiese? ¿Qué herejía de los cristianos es, a tu juicio, preferible? Cuidado con tu respuesta.

El Sacerdote: ¿Puede ser dudosa?

El Moribundo: Dila, pues, egoísta.

El Sacerdote: No, sería amarte tanto como a mí si te aconsejara lo que yo creo.

El Moribundo: Y es querernos muy poco el escuchar semejantes errores.

El Sacerdote: ¿A quién pueden cegar los milagros de nuestro divino redentor?

El Moribundo: A quien no vea en él sino al más ordinario de todos los bribones y al más vulgar de todos los impostores.

El Sacerdote: ¡Dios, lo escuchas sin descargar tu ira!

El Moribundo: No, amigo mío, todo está en paz porque tu dios, sea por impotencia, sea por razón, o, en fin, por lo que tú quieras, es un ser al que admito por un momento sólo por condescendencia a ti, o, si lo prefieres, para prestarme a tus pequeños designios, porque ese dios, repito, si existiera como tienes la locura de creerlo, no puede, para convencernos, haber tomado los medios tan ridículos como los que tu Jesús supone.

El Sacerdote: ¡Cómo, las profecías, los milagros, los mártires, no son pruebas?

El Moribundo: ¿Cómo quieres, en buena lógica, que pueda recibir como prueba aquello que necesita probarse? Para que la profecía sea una prueba sería necesario, primeramente, que yo tuviera la certidumbre completa de que ha sido hecha; pues, al consignársela en la historia sólo tiene para mi la fuerza de los otros hechos históricos, dudosos en sus tres cuartas partes; y si a esto agrego la apariencia más que verdadera de que me han sido transmitidos por historiadores interesados, estaría, como lo ves, más que en mi derecho para dudar de ellos. ¿Quién me asegura, por otra parte, que esa profecía no ha sido hecha con posterioridad, que no ha sido el efecto de la combinación de la más simple política como la de concebir un reino feliz bajo un rey justo, o la de la helada en invierno? Y si esto es así, ¿cómo quieres que la profecía, al tener tanta necesidad de ser probada, pueda convertirse en prueba? Con respecto a tus milagros, ellos tampoco se me imponen. Todos los bribones los han hecho, y todos los tontos los han creído. Para persuadirme de la verdad de un milagro tendría necesidad de estar muy seguro de que el acontecimiento que tú llamas de esa manera fuera absolutamente contrario a las leyes de la naturaleza, pues sólo lo que está fuera de ella puede pasar por milagro. ¿Y quién la conoce bastante para atreverse a afirmar cuál es precisamente el punto en que se detiene y cuál es el que infringe? Bastan dos cosas para acreditar un pretendido milagro, un titiritero y unas mujerzuelas. Vamos, no busques jamás un origen distinto para los tuyos. Todos los nuevos sectarios los han hecho, y, lo que es más singular, todos encontraron imbéciles para creerles. Tu Jesús no ha hecho algo más singular que Apolonio de Tiana, y, sin embargo, nadie ha pensado en tomar a éste por un dios. En cuanto a tus mártires, éste es el más débil de tus argumentos, sólo falta el entusiasmo y la resistencia para hacer mártires, y mientras la causa opuesta me ofrezca tantos como la tuya, jamás estaré lo suficientemente autorizado para creer a la una mejor que la otra, sino muy inducido, en cambio, a suponer despreciables a ambas. ¡Amigo mío! Si fuera verdad que existe el dios que predicas, ¿tendría necesidad de milagro, mártir o profecía para establecer su imperio? Y si, como dices, el corazón humano fuera su obra, ¿no sería ése el santuario que hubiera elegido para su ley? Esta ley igual, pues emanaría de un dios justo, se encontraría de manera irresistible grabada igualmente en el corazón de todos, y, de un extremo al otro del universo, todos los hombres, al ser semejantes por ese órgano delicado, igualmente serían semejantes por el homenaje que rendirían al dios que le hubiera dado este corazón, no tendrían más que una manera de amarlo, más que una manera de adorarlo y servirlo y tan imposible les sería desconocer ese dios como resistir a la inclinación secreta de su culto. ¿En vez de eso, no veo en el universo tantos dioses como países; tantas maneras de servir a esos dioses como diferentes cabezas o diferentes imaginaciones hay? Esta multiplicidad de opiniones, en la cual físicamente me es imposible elegir, ¿sería, a tu juicio, la obra de un dios justo?. Vamos, predicante, ultrajas a tu dios al presentármelo de esta manera. Déjame negarlo completamente, pues si existiera, entonces le ultrajaría menos mi incredulidad que tus blasfemias. Vuelve a la razón, predicante, tu Jesús no vale más que Mahoma, Mahoma, menos que Moisés, y estos tres, menos que Confucio, quien, sin embargo, dictó algunos buenos principios mientras que los otros tres disparataban. Pero, en general, todos éstos no son más que impostores, de los cuales el filósofo se ha burlado, y a los cuáles la canalla ha creído, y a los cuales la justicia hubiera debido ahorcar.

El Sacerdote: ¡Ay de mí, sólo lo hizo con uno!

El Moribundo: Era el que más lo merecía. Sedicioso, turbulento, calumniador, bribón, libertino, grosero, farsante y malvado peligroso, poseía el arte de engañar al pueblo y mereció, por lo tanto, el castigo de un reino en el estado en que se encontraba entonces el de Jerusalén. Fueron muy prudentes al deshacerse de él, y es quizás el solo caso en que mis máximas, extremadamente dulces y tolerantes por lo demás, admiten la severidad de Temis. Excuso todos los errores, salvo aquellos que pueden ser peligrosos para el gobierno en que se vive. Los reyes y sus majestades son las únicas cosas que se me imponen, las únicas que respeto, pues quien no ama a su país y a su rey, no es digno de vivir.

El Sacerdote: Pero, en fin, admitirás algo después de esta vida, es imposible que tu espíritu no se haya complacido, algunas veces, en atravesar la espesura tenebrosa de la suerte que nos espera. ¿Qué sistema puede ser más satisfactorio que el de una multitud de penas para quien vivió mal y el de una eternidad de recompensas para quien vivió bien?

El Moribundo: ¿Cuál, amigo mío? El sistema de la nada nunca me ha espantado: es consolador y simple. Todos los otros son obra del orgullo, sólo éste lo es de la razón. Por lo demás, no es ni espantosa ni absoluta esa nada. ¿No tengo ante mi vista el ejemplo de las generaciones y regeneraciones de la naturaleza? Nada perece, amigo mío, nada se destruye en el mundo. Hombre hoy, gusano mañana, pasado mañana mosca, ¿no es siempre existir? ¿Y por qué quieres que me recompensen por virtudes cuyo mérito no tengo, o me castiguen por crímenes cuyo dueño no he sido? ¿Puedes conciliar la bondad de tu pretendido dios con este sistema, y puede él haber querido crearme para darse el placer de castigarme, y esto sólo a consecuencia de una elección de la que no he sido dueño?

El Sacerdote: Lo eres.

El Moribundo: Sí, según tus prejuicios. Pero la razón los destruye. Y el sistema de la libertad humana sólo fue inventado para fabricar el de la gracia que llegó a ser tan favorable a tus desvaríos. ¿Qué hombre en el mundo, si viera el patíbulo junto al crimen, lo cometería si fuera libre de no cometerlo? Una fuerza irresistible nos arrastra, y ni por un instante somos dueños de determinarnos por nada que no esté del lado hacia el cual nos inclinamos. No hay una sola virtud que no sea necesaria a la naturaleza; y, reversiblemente, ni un solo crimen del que no tenga necesidad, y toda su ciencia consiste en el perfecto equilibrio en que mantiene a ambos. ¿Podemos ser culpables del lado hacia el que nos arroje? Tanto como la avispa que clava su aguijón en tu piel.

El Sacerdote: Así, pues, ¿los crímenes más grandes no deben inspirarnos ningún espanto?

El Moribundo: No he dicho eso. Basta que la ley lo condene y que la cuchilla de la justicia lo castigue para que nos inspire la aversión o el terror, pero desde que desdichadamente se haya cometido, hay que saber tomar su partido y no entregarse a estériles remordimientos. Su efecto es vano, pues no pudo preservarnos de él; nulo, pues no lo repara. Es absurdo, pues, entregarse a los remordimientos, y más absurdo aun temer el castigo en el otro mundo si somos bastante dichosos de haber escapado al castigo de éste. Dios no quiera que vaya con esto a estimular el crimen, hay que evitarlo tanto como se pueda, pero es por la razón que es necesario huirle, y no por falsos temores que no consiguen nada, y cuyo efecto se destruye tan rápido en un alma firme. La razón, amigo mío; sí, sólo la razón debe advertirnos que perjudicar a nuestros semejantes no puede jamás hacernos felices, y nuestro corazón, que contribuir a su felicidad es lo más grande que la naturaleza nos haya acordado en la tierra. Toda moral humana se encierra en esta sola frase: hacer a los demás tan felices como uno mismo desea serlo, y no causarles nunca un mal que no quisiéramos recibir. Estos son, amigo mío, estos son los únicos principios que debemos seguir y no hay necesidad de religión ni de dios para apreciarlos y admitirlos: Sólo se necesita un buen corazón. Pero siento que me debilito, predicante. Abandona tus prejuicios, sé hombre, sé humano, sin temor y sin esperanza, abandona tus dioses y tus religiones. Todo esto sólo es bueno para poner cadenas en las manos de los hombres, y el solo nombre de todos estos horrores ha hecho verter más sangre en la tierra que todas las otras guerras y plagas juntas. Renuncia a la idea del otro mundo, no lo hay, pero no renuncies al placer de ser feliz y de hacer la felicidad en éste. Esta es la única manera que te ofrece la naturaleza rara duplicar o extender tu existencia. Amigo mío, la voluptuosidad siempre fue el más querido de mis bienes, le he ofrecido incienso toda mi vida, y quiero terminarla en sus brazos. Mi fin se aproxima. Seis mujeres más bellas que el día están en el cuarto vecino, las reservaba para este momento. Toma de ellas tu parte, trata de olvidar en su seno, a ejemplo mío, todos los vanos sofismas de la superstición y todos los imbéciles errores de la hipocresía.

Nota: El moribundo llamó, las mujeres entraron y el predicante se convirtió en sus brazos en un hombre corrompido por la naturaleza, por no haber sabido explicar lo que era la naturaleza corrompida.

Manuel Rojas - Laguna.



De aquella época de mi vida, ningún recuerdo se destaca tan nítidamente en mi memoria y con tantos relieves como el de aquel hombre que encontré en mis correrías por el mundo, mientras hacía mi aprendizaje de hombre.

Hace ya muchos años. Al terminar febrero, había vuelto del campo donde trabajaba en la cosecha de la uva. Vivía en Mendoza. Como mis recursos dependían de mi trabajo y éste me faltaba, me dediqué a buscarlo. Con un chileno que volvía conmigo, recorrimos las obras en construcción, ofreciéndonos como peones. Pero nos rechazaban en todas partes. Por fin alguien nos dio la noticia de que un inglés andaba contratando gente para llevarla a Las Cuevas, en donde estaban levantando unos túneles. Fuimos. Mi compañero fue aceptado en seguida. Yo, en ese entonces, era un muchacho de diecisiete años, alto, esmirriado, y con aspecto de débil, lo cual no agradó mucho al inglés. Me miró de arriba abajo y me preguntó:

-¿Usted es bueno para trabajar?

-Sí –le respondí-. Soy chileno.

-¿Chileno? Aceptado.

El chileno tiene, especialmente entre la gente de trabajo, fama de trabajador sufrido y esforzado y yo usaba esta nacionalidad en esos casos. Además mi continuo trato con ellos y mi descendencia de esa raza me daban el tono de voz y las maneras de tal.

Así fue cómo una mañana, embarcados en un vagón de tren de carga, hacinados como animales, partimos de Mendoza en dirección a la cordillera. Éramos, entre todos, como unos treinta hombres, si es que yo podía considerarme como tal, lo cual no dejaba de ser una pretensión.

Había varios andaluces, muy parlanchines; unos cuantos austríacos, muy silenciosos; dos venecianos, con hermosos ojos azules y barbas rubias; unos pocos argentinos y varios chilenos.

Entre estos últimos estaba Laguna. Era un hombre delgado, con las piernas brevemente arqueadas, el cuerpo un poco inclinado, bigote lacio de color que pretendía ser rubio, pero que se conformaba modestamente con ser castaño. Su cara recordaba inmediatamente a un roedor: el ratón.

Le ofrecí cigarrillos y esto me predispuso a su favor. Me preguntó mi edad y al decírsela movió la cabeza y suspiró:

-¿Diecisiete años? Un montoncito así de vida.

Y señalaba con el pulgar y el índice una porción pequeña e imaginable de lo que él llamaba vida.

Usaba alpargatas y sus gruesas medias blancas subían hacia arriba aprisionando la parte baja del pantalón. Una gorra y un traje claro, muy delgado, completaban su vestimenta que, como se ve, no podía ser confundida con la de ningún elegante. A la hora del almuerzo compartí con él mi pequeña provisión y esto acabó de atraerlo hacia mí. Más decidor ya, por efecto de la comida, me contó algo de su vida; una vida extraña y maravillosa, llena de vicisitudes y de pequeñas desgracias que se sucedían sin interrupción. Hablando con él, observé esta rara manía o costumbre: Laguna no tenía nunca quietas sus piernas. Las movía constantemente. Ya jugaba con los pies cambiando de sitio o posición una maderita o un trocito de papel que hubiera en el suelo; ya las movía como marcando el paso con los talones; ya las juntaba, las separaba, las cruzaba o las descruzaba con una continuidad que mareaba. Yo supuse que esto provendría de sus costumbres de vagabundo, suposición un tanto antojadiza, pero yo necesitaba clasificar este rasgo de mi nuevo amigo. Su cara era tan movible como sus piernas. Sus arrugas cambiaban de sitio vertiginosamente. A veces no podía yo localizar fijamente a una. Y sus pequeños ojos controlaban todo este movimiento con rápidos parpadeos que me desconcertaban.

-¿De dónde es usted, Laguna?

 (¿Por qué se llamaría Laguna? ¿Sería un mote o un nombre? Nunca lo supe.)

Contestóme:

-Soy chileno; de Santiago. Pura Araucanía.

Parecía tener el orgullo de su raza y seguramente decía aquella última frase para significar que era un chileno de pura sangre araucana.

En el tren intimamos mucho. Los demás no me llamaban la atención. Laguna era una fuente inagotable de anécdotas y frases graciosas. Mi juventud se sentía atraída por este hombre de treinta y cinco años, charlador inagotable, cuya vida era para mi adolescencia como una canción fuerte y heroica que me deslumbraba. Su tema favorito era su mala suerte:

-Yo soy roto muy fatal, hermano. Usted se morirá de viejito, le saldrá patilla hasta para hacerse una trenza y nunca encontrará un hombre tan desgraciado como yo.

El dolor de su vida, en lugar de entristecerme, me alegraba. Contaba sus desgracias con tal profusión de muecas e interjecciones, que yo me reía a gritos. Se paraba un instante, se ponía serio y me decía:

-No se ría de la desgracia ajena; eso es malo.

Y seguía contando. En las partes que él consideraba trágicas o patéticas, sus ojos se cerraban y sus orejas, largas y transparentes, parecían trasladarse hacia la nuca.

-Y entonces, cuando gritaron: ¡cuidado, que vamos a largar!, yo me hice a un lado, el poste cayó, una piedra saltó y me rompió la cabeza.

Sus arrugas tornaban a su posición normal, sus ojos se abrían, las orejas volvían al sitio predilecto y me miraba para ver qué impresión hacía en mí su relato.

-¡Ja, ja, ja! ¡Qué Laguna!

Y toda la peonada hacía coro a mis risas.

*** *** ***

Al anochecer del mismo día llegamos a Las Cuevas. Yo conocía la cordillera por haberla atravesado dos veces en mi niñez, pero de ella no guardaba más recuerdo que el de una mulita muy suave, un arriero que me cuidaba, de un coche que rodaba entre dos murallas de nieve y de mi madre, este último más patente que los otros. Por lo tanto, el espectáculo era nuevo para mí. Una sensación inmensa de pequeñez sobrecogió mi espíritu, cuando, al descender del tren, mi vista recorrió ese inmenso anfiteatro de montañas. El cielo me parecía más lejano que nunca. Ni un árbol. Aridez absoluta en todo lo que veía. Rocas que se erguían, crestas rojas o azules, manchones de nieve, soledad, silencio. El tren se perdía como un gusano, entre las moles, ridículo de pequeño. Y los hombres parecíamos más pegados al suelo que en ninguna parte.

Como no nos esperaban con alojamiento preparado en el hotel, tuvimos que proceder inmediatamente al levantamiento de las carpas que nos servirían de habitación. A cinco chilenos, entre los cuales estaba Laguna, nos dieron una. La paramos en medio de maldiciones y juramentos. Corría un viento fuerte que azotaba la tela y la hacía hincharse como una vela. Cuando ya la teníamos casi armada, el viento la tumbaba. Laguna cogía su gorra, la tiraba al suelo, zapateaba un poco sobre ella, luego se tomaba la cabeza con ambas manos y levantando al cielo su cara, exclamaba:

-¡Por Diosito, Señor!

Esta parecía ser su exclamación favorita.

Por fin la carpa quedó en estado de habitarla y nos repartimos el pedazo de terreno, sembrado de piedras del tamaño de un puño, que utilizaríamos a modo de blanda cama. Extendimos nuestras ropas en el suelo. Laguna nos miraba hacer. Alguien preguntó:

-¿En qué irá a dormir Laguna?

Este lo miró y bajó la cabeza avergonzado. Nada que denunciara la presencia de una prenda de vestir o de cama había en su equipaje, que llevaba envuelto en un pañuelo.

Cuando nos acostamos, Laguna estuvo un momento parado, con expresión de hombre indeciso; conversaba y fumaba. Luego se decidió y sin hacer ningún preparativo se tendió en el desnudo suelo, al lado mío. Yo quise ofrecerle mi cama, pero el temor de avergonzarlo me hizo desistir. Se apagó la luz. Con los ojos abiertos en la sombra, tendido de espaldas en mi lecho, conversé un momento con él. A la luz de su cigarro veía a intervalos su nariz aguileña y su bigote lacio. Después, insensiblemente me quedé dormido. Desperté al cabo de unas horas y mientras orientaba mi pensamiento escuché los ruidos de la noche. Afuera el viento, muy frío, parecía aullar como un animal aguijoneado. El rumor del río aumentaba con su rodar de piedras aquel grito prolongado del viento. La carpa crujía violentamente. En medio de toda aquella sinfonía salvaje percibí un sonido humano. Pensé que alguien rondaba, tal vez perdido, alrededor de la carpa e incorporándome en la cama escuché con atención. Pero no era afuera. Era al lado mío. Laguna, dormido seguramente helado de frío, castañeteaba los dientes y se quejaba.

-Laguna…

No me contestó.

-Laguna.

Silencio.

-Laguna.

-¡Ah!

-¿Qué le pasa?

-Tengo frío, hermanito.

-Acuéstese aquí.

-No, gracias.

-Venga, hombre.

Se levantó y empezó a desnudarse. De repente oí un sollozo y Laguna lo comentó diciendo:

-Yo soy un roto muy fatal.

Después, como un perro, buscó la cama y se acurrucó entre las ropas, tiritando.

-Hermanito…

-¿Qué quiere?

-Muchas gracias.

No contesté. Laguna suspiró, se movió un poco, se encogió, seguramente hizo una de sus muecas acostumbradas y por fin se durmió. Yo escuché un momento su respiración, cortada a trechos por suspiros, y luego me dormí.

Al otro día empezó el trabajo. Se trataba de hacer túneles para resguardar la línea de las nevazones y los pequeños rodados. El trabajo era fuerte, pero como el frío también lo era, ambos se neutralizaban con gran alegría nuestra y satisfacción del inglés.

A los diez días de estar allí, nuestros rostros habían cambiado completamente. El frío quemaba la piel, la rajaba; la cara se despellejaba, las pestañas caían quemadas también y a todo este trabajo de destrucción y transformación contribuía el hecho de que nadie se lavara la cara sino los domingos. El agua era tan helada que nadie se animaba a hacerlo. Solamente los días de descanso se calentaba agua y se procedía a una limpieza, minuciosa por parte de unos, somera por la de otros. Además, nuestras ropas viejas y sucias, los ponchos oscuros y las barbas crecidas, aumentaban el cambio, haciéndonos aparecer, a los ojos de cualquier viajero erudito, como descendientes directos de una familia de trogloditas.

*** *** ***

A los quince días de estar ahí le sucedió la primera desgracia a Laguna, si es que desgracia puede llamarse lo que voy a narrar. El ya lo extrañaba; me decía:

-¿No le parece raro que no me haya pasado nada?

Y arrugaba la nariz.

Fue un día jueves. El día anterior había nevado y el frío era intenso. Trabajábamos en una zorra y Laguna era el "bandera". Su trabajo consistía en ir delante de nosotros, a distancia de una cuadra, llevando una bandera roja con la cual anunciaba la proximidad del tren.

Veníamos con una carga de madera. Cuando llegamos al sitio en que debíamos descargar, vimos que Laguna estaba sentado detrás de un peñasco y bien arrebujado en su poncho. Silbaba monótonamente:

- Fi…, fi…, fiiii…

Le dijimos algunas bromas y empezamos a descargar. En los ratos que descansábamos, Laguna nos advertía su presencia con el fi fi de su silbido. Corría un vientecillo que cortaba las carnes. De repente Laguna dejó de silbar. No paramos en ello la atención y cuando terminamos uno gritó:

- ¡Ya, Laguna, vamos!

Pero Laguna no contestó.

- ¿Se habrá quedado dormido? Vamos a darle una broma.

Uno de los compañeros fue sigilosamente hacia él. Cuando estuvo delante, levantó el poncho como para pegarle. De pronto se inclinó, miró fijamente a laguna y alzando los brazos gritó:

- ¡Muchachos, vengan!

Corrimos. Cuando llegamos, Laguna, con la cabeza inclinada sobre un hombro, sonreía dulcemente como si soñara. Se estaba helando. Lo levantamos violentamente y mientras uno lo sujetaba, descargamos sobre él una verdadera lluvia de ponchazos, pellizcones bofetadas y creo que hasta puntapiés. Al cabo de un rato abrió los ojos y nos miró atontado. Le refregamos la cara con nieve y le seguimos pegando. De pronto gritó:

- ¡Ya está bueno! ¡Ya está bueno!

Y salió corriendo. Como un caballo que ha estado largo tiempo atado, Laguna daba saltos, tiraba puntapiés, se revolcaba en el suelo, lanzaba fuertes puñetazos, hacía mil contorsiones y, por último, variando el ejercicio, cantó, mientras se acompañaba de un furioso zapateo:

Suspirando te llamé
y a mí llamado no vienes;
como me ves sin trabajo
te haces sorda y no me entiendes.

Hasta que cayó al suelo, jadeando como una bestia.

*** *** ***

Mientras tanto, el trabajo adelantaba rápidamente. Ya en algunos sitios la vía estaba cubierta por los túneles. Se hacían hoyos en el suelo, se metían en ellos enormes postes, éstos se juntaban por medio de una trabazón de madera y luego todo se revestía de planchas de zinc. Como el terreno era pedregoso, muchas veces en los hoyos se encontraban gruesos peñascos que era necesario partir con dinamita. Todos los días, a la hora del almuerzo o de la comida, fuertes detonaciones rajaban el silencio de la cordillera. Los estampidos resonaban contra los cerros más cercanos y éstos devolvían un eco que chocaba en otros, sucesivamente, hasta convertirlos en un trueno prolongado y profundo.

A consecuencia del accidente anterior, la movilidad de Laguna se acrecentó extraordinariamente. El miedo a helarse nuevamente lo hacía andar en un perpetuo entrenamiento físico. Saltaba, corría, bailaba y zapateaba.

¡Pobre Laguna! Verdaderamente, era fatal. Un día cayó un poste; todos corrieron, Laguna más que nadie; pero, al ir corriendo y mirar hacia atrás, tropezó en un durmiente de la vía y el filo de otro casi le quebró una pierna. Otro día lo llevaron preso sin causa alguna y lo tuvieron todo el día haciendo un camino en la nieve, entre el cuartel y la estación, en medio de un fuerte frío. Parece que esto era un recurso de que se valían los guardias cada vez que la nieve tapaba el camino.

Después los acontecimientos se precipitaron y la fatalidad se apretujó más sobre su cabeza de roedor.

Andábamos trabajando en la zorra y volvíamos de Las Cuevas con una carga de ochenta planchas de zinc que pesaban once kilos cada una. Como de la estación al campamento la vía tenía un profundo declive, largamos los frenos y la zorra se precipitó velozmente hacia abajo. Con el impulso que traía, ayudado por la pesada carga y por la pendiente de la línea, el vehículo se cargó. Agarró tal velocidad, que un poco más allá del puente del río los postes y las rocas pasaban ante nuestra vista con tal continuidad, que parecía que entre ellos no había ninguna distancia. Cuando quisimos frenar, la zorra no obedeció y de esa manera pasamos por el campamento en una carrera trágica. Yo iba en el freno delantero y Laguna en el de atrás. Ya la peonada corría detrás de nosotros gritando:

- ¡Tírense! ¡Tírense!

Uno gritó:

- ¡Hay que tirarse!

Se envolvió la cabeza con el poncho y saltó. Dio una vuelta en el aire y luego pareció hundirse en el suelo. Otro de los peones cayó de lado y quedó inmóvil. El tercero quedó parado después de describir un círculo que habría causado admiración a cualquier geómetra. Yo tiré mi poncho y luego me arrojé de espaldas al vacío. Caí de bruces. Cuando levanté la cabeza, la zorra iba a una cuadra de distancia. Laguna iba parado en el freno; su poncho oscuro se agitaba a impulsos del viento como una bandera de muerte. La boca de un túnel pareció tragarse al hombre y al vehículo, que después de un instante reaparecieron por el otro lado. Todos corríamos detrás. De repente, el freno resbaló, Laguna vaciló y por un segundo sus manos arañaron el vacío. Luego cayó de boca. A los treinta metros, en una violenta curva de la vía, la zorra saltó y las planchas de zinc se clavaron en los postes. Cuando llegamos, Laguna yacía a un costado de la línea. Había caído sobre la cremallera y del golpe se le saltaron casi todos los dientes. Después rebotó y cayó en una acequia, en cuyo filo se hizo dos heridas en la cabeza. Tenía la cara llena de sangre y respiraba quejumbrosamente. Al otro día se lo llevaron al hospital.

*** *** ***

A los pocos días, antes de terminarse los trabajos del túnel, yo bajé a Mendoza. Había sido hablado para invernar, como peón, en una estación situada entre Las Cuevas y Puente del Inca, y necesitaba comprar ropas de invierno. Cuando quise volver, la Compañía me negó el pasaje por no presentar una autorización del jefe o del capataz. Como mi ropa había quedado allá, resolví regresar a pie. Me uní con dos anarquistas chilenos que regresaban a su tierra y emprendimos el viaje, saliendo de Mendoza una noche de abril. Después de tres días de viaje, llegamos al campamento y allí me encontré con Laguna, que ya había vuelto del hospital. Estaba visiblemente cambiado. La cara se le había hecho más pequeña, tenía la boca hundida a causa de la falta de los dientes, y toda su persona parecía estar inclinada bajo un peso invisible. Me llamó a su lado y me dijo casi llorando:

- Hermano, vámonos a Chile. Siento que si me quedo aquí me voy a morir.

Lo pensé y me decidí. Le dije que sí. Se alegró tanto que me dio un abrazo. Esperamos la noche para salir. De día era peligroso pasar porque había nevado y el camino del cuartel a la estación estaba tapado. Los peones nos dieron carne, queso, charqui y café. A unos cuantos arrieros que venían de Chile les preguntamos si el tiempo era bueno en la cordillera y nos contestaron que el viento que corría no era fuerte y que la nieve caída era muy poca.

A las nueve, después de efusivas despedidas, partimos los cuatro: Laguna, los dos anarquistas y yo.

Había nevado bastante y el camino estaba tapado. Nos orientamos por las luces de la estación. Atravesamos un pequeño puente y empezamos a buscar el camino ancho. A las dos cuadras nos perdimos. Por fin, después de varias vueltas, encontramos la buena ruta y empezamos a subir. A los mil metros de altura empezó a nevar fuertemente. La noche era oscurísima. Caminábamos un trecho y descansábamos. El peso de nuestra ropa, que llevábamos a la espalda, nos fatigaba un poco. No hablábamos. Laguna iba adelante con la cabeza gacha y silbando despacito. De vez en cuando, con un dulce dejo de pena, cantaba:

Dos corazones tengo
para quererte;
uno tengo de vida
y otro de muerte.

De repente se detuvo y nos dijo:

- Oigan.

Escuchamos. Un ruido profundo y sostenido llegó hasta nosotros. De pronto el ruido se trocó en un clamor casi humano. Parecía que una garganta enorme, de voz ronca, gritaba en la cumbre.

Laguna dijo:

- Es el viento.

El era. Llegaba loco, furioso, estruendosamente. Después de un momento, el clamor subió a rugido y éste se multiplicó en todos los tonos. Golpeaba en las rocas, saltaba de quebrada en quebrada, se azotaba contra un cerro y rebotaba en otro. Parecía que un ejército de leones bajaba rugiendo hacia el llano. Era horrible y hermoso.

Como íbamos a favor de un cerro, no lo sentíamos en nuestros cuerpos, pero, al dar vuelta el camino, el viento nos detuvo como una mano poderosa. Daban ganas de gritar y de llorar. La sangre zumbaba bajo la impresión de este emocionante e invisible espectáculo. El viento subía rabiosamente desde el lado chileno, llegaba a la cumbre y se derrumbaba poderosamente hacia el llano argentino.

Nos detuvimos a conferenciar. Hablábamos en voz baja, como temiendo que el viento nos oyera. Volver era peligroso. Nos exponíamos a que el viento nos cogiera de espaldas y nos lanzara cerro abajo, como a las mulas cargadas. Decidimos seguir. Y nos lanzamos al camino. A los pocos pasos nos detuvimos, ahogados. La fuerza del viento era tal, que nos impedía arrojar el aire absorbido en la respiración. Laguna gritó:

- ¡Tápense la boca con un pañuelo!

Seguimos su consejo y pudimos respirar. Caminábamos de lado para ofrecer menos blanco al viento. A los tres mil ochocientos metros nos detuvimos indecisos. Un pequeño rodado había tapado el camino, y en lugar de la línea recta de éste, sólo se veía una blanca raya oblicua que bajaba vertiginosamente hacia la quebrada. La nieve, endurecida, era resbaladiza como jabón.

- Hasta aquí llegamos.

¿Cómo pasar? No traíamos ni un miserable palo con que ayudarnos. Uno de los anarquistas, llamado Luis, dijo:

- Es preciso pasar.

Sacó un largo cuchillo y se lanzó sobre aquella raya, en cuyo fin la muerte abría la boca enorme de la quebrada.

Inclinados bajo el viento, lo miramos pasar. Clavaba el cuchillo, agarrado a éste daba un paso, se tendía en la nieve, sacaba el cuchillo, lo clavaba, daba otro paso y poco a poco se alejaba de nosotros. De repente resbaló y rodó un metro. Lanzamos un grito. El hombre quedó un momento inmóvil y luego empezó a subir, arrastrándose, hasta que logró asirse del cuchillo que había quedado clavado. Demoró veinte minutos en atravesar los ochenta metros del rodado.

Después pasé yo. Nunca, como aquel momento, me he sentido más cerca de la muerte. Apretados los dientes, hincando con todas mis fuerzas los zapatos en la nieve, buscando en la sombra los hoyos abiertos por el cuchillo del anarquista, atravesé aquel camino angustioso. Caer era rodar mil o dos mil metros hasta quedar convertido en una cosa sin nombre. Cuando llegué al camino, permanecí un momento desorientado y luego me lancé a correr hacia la casilla del Cristo Redentor. Allí estaba Luis. Con fósforos hicimos arder papeles y nos calentamos las entumecidas manos.

- ¿Y los otros?

- Ya vienen.

Esperamos un largo rato y no aparecieron.

- ¿Se habrán perdido? Vamos a buscarlos.

Salimos y gritamos.

- Si han seguido hacia delante es inútil gritar. El viento nos devuelve los gritos.

Recorrimos los alrededores y de pronto oímos una voz que llamaba a lo lejos. Buscamos al que gritaba y encontramos al otro anarquista, abrazado a un poste de los que marcan los límites de Chile y Argentina. Lo levantamos y lo sacudimos un poco hasta que se repuso.

- ¿Y Laguna?

- No sé; cuando yo llegué a este lado del rodado, él empezaba a atravesarlo.

- Habrá seguido.

- No; no ha seguido. Debe haberse perdido.

Una enorme angustia me subió del corazón a la garganta y corrí como un loco, gritando:

- ¡Laguna! ¡Hermanito!

Pero el viento me devolvía sarcásticamente los gritos.

*** *** ***

Al otro día, mientras bajábamos, busqué por todas partes los rastros de Laguna. Pero seguramente la nieve había tapado sus huellas, porque ni en el camino, ni en las quebradas, ni en ninguna parte la marca de un pie o de un cuerpo quebraba la armoniosa tersura de aquella inmensa sábana, bajo la cual, seguramente, Laguna dormía su último sueño.

- ¡Pobre roto fatal!