viernes, 19 de abril de 2013
Fernando Pessoa - El guardador de rebaños.
Escrito bajo el heterónimo Alberto Caeiro.
Desde la ventana más alta de mi casa,
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos, que viajan hacia la humanidad.
Y no estoy alegre ni triste.
Ése es el destino de los versos.
Los escribí y debo enseñárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario,
como la flor no puede esconder el color,
ni el río ocultar que corre,
ni el árbol ocultar que da frutos.
He aquí que ya van lejos, como si fuesen en la diligencia,
y yo siento pena sin querer,
igual que un dolor en el cuerpo.
¿Quién sabe quién los leerá?
¿Quién sabe a qué manos irán?
Flor, me cogió el destino para los ojos.
Árbol, me arrancaron los frutos para las bocas.
Río, el destino de mi agua era no quedarse en mí.
Me resigno y me siento casi alegre,
casi tan alegre como quien se cansa de estar triste.
¡Idos, idos de mí!
Pasa el árbol y se queda disperso por la Naturaleza.
Se marchita la flor y su polvo dura siempre.
Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la
que fue suya.
Paso y me quedo, como el Universo.
Gustavo Perednik - Filosofía & Suicidio.
Miguel Sanz Romero
Las estadísticas
indican que varias decenas de personas se habrán suicidado en el tiempo en que
mis lectores concluyan este artículo (sin superposición entre los dos grupos).
Por día se suicidan unas mil personas y se estima que diez veces más lo intentan.
Cuando la explicación de este fenómeno se aborda desde la sociología o la
psicología, en general se impone el análisis suicidológico con su intención de
prevenir y evitar el suicidio. La filosofía no: por su naturaleza está exenta
del propósito que guía a sus pares; cuando la filosofía explora el suicidio no
sólo se abstiene de «reafirmar la vida» sino que suele abatirse en una apología
de la autodestrucción.
Uno de los
apólogos más vehementes fue Émile Michel Cioran (1911-1995), cuyo décimo
aniversario este mes es propicio para rastrear sus lóbregos maestros y fuentes
de inspiración.
Empecemos por
sociología y psicología. Dos notables judíos han construido, en base del
suicidio, sendas escuelas de pensamiento: Émile Durkheim y Viktor Frankl. El
primero, frecuentemente considerado el padre de la sociología como ciencia, en
su tratado El suicidio (1897) explicó el fenómeno como el resultado de la falta
de integración del individuo en la sociedad.
A partir de
categorizar a los distintos estratos sociales en base del grado de asiduidad
con el que practican el suicidio, primero encontró la correlación entre éste y
otro tipo de conductas, y luego se ocupó de los fundamentos de la estabilidad
social, que incluyen los valores comunes de una sociedad como la moralidad y la
religión. Durkheim, que nació en el seno de una familia de linaje rabínico,
entendía a la religión como expresión de la conciencia colectiva que mantenía
al orden social. Un quiebre de dichos valores llevaba en su visión a la pérdida
de estabilidad social y a sentimientos individuales de ansiedad e
insatisfacción.
En cuanto a
Viktor Frankl (1905-1997), éste creó la tercera de las llamadas «escuelas
vienesas de psicoterapia», la logoterapia, en base de su reclusión en Auschwitz
durante los tres últimos años de la Segunda Guerra. Procuró allí identificar
qué fuerza mantenía el deseo de vivir en las víctimas de los campos de la
muerte. Su libro El hombre en busca de sentido (1962) fue traducido a más de
veinte idiomas y elaboró la pregunta clave que da inicio a su terapia: «en una
situación tan desdichada, ¿por qué no se suicida usted?».
Hubo otro judío
notable, coetáneo de Durkheim, quien expusiera una idea similar a la que
ulteriormente inspiró a Frankl y su escuela de «análisis existencial». Se trata
de Teodoro Herzl, padre del sionismo político moderno, de quien su principal
biógrafo sostiene que un par de artículos sintetizan su filosofía: El Hotel a
la anilina y Solón en Lidia. El último constituye una apología del trabajo; el
primero (1896) es una memoria de la génesis de su ideal sionista en la que se
arguye contra el suicidio: «Huir de la vida no es recurso. La desesperación es
un precioso material con el que pueden elaborarse los mejores productos, tales
como el autorrenunciamiento, la purificación del carácter y la disposición al
sacrificio... Cuando vuelvo la mirada al pasado, se me ocurre que todos los
hombres grandes y famosos de la historia se hallaron en tal o cual momento de
su vida al borde del abismo, pero se retiraron de él de tal manera que su
desesperación fruteciera».
Hay cuatro
judíos adicionales que sobrevivieron al Holocausto, y cuyas desoladoras
experiencias los acompañaron durante toda la vida. Supieron sublimarlas en
creatividad, pero terminaron sucumbiendo al suicidio. Son ellos el ensayista
Primo Levi (1917-1987), el novelista Jerzy Kosinski (1933-1991), el psicólogo
Bruno Bettelheim (1903-1990), y el filósofo Jean Améry (1912-1978).
El mentado libro
de Víctor Frankl se divide en tres partes, que reflejan las fases por las que
pasaban los prisioneros (la adaptación al campo, la concentración en la
supervivencia, y la liberación). La última fase conlleva una gran decepción,
porque la libertad tan ansiada no llega a ser satisfactoria, debido entre otros
motivos a la falta de comprensión y empatía que recibe el liberado por parte de
quienes no habían sufrido el infierno en los campos.
Así surge del
final de la primera novela de Imre Kerstész, Sin destino (1975): a pesar del
martirio sin parangón de los sobrevivientes de los campos, solían recibir de
sus interlocutores un tibio «nosotros también sufrimos».
Compañero de
Kertesz y de Frankl en Auschwitz, Jean Améry no consiguió extraer de la
supervivencia ninguna conclusión, salvo la sinrazón de la vida. Elocuentemente
en su lápida se ha grabado el lacónico número con el que los nazis suplantaron
su identidad. La única novela de Améry, Lefeu o La Demolición (1974) es una
metáfora de la resistencia a aceptar la vida como si el horror no hubiera
existido; su ensayo Levantar la mano sobre uno mismo (1976) es una apología
filosófica del suicidio, escrita dos años antes de que Améry en efecto se
envenenara. Este es el eje de nuestro artículo.
El Bilanz-Selbsmord.
Suicidios hay
muchos, en su mayoría consecuencia de la impulsividad o la depresión. Otros
tienen como objeto llamar la atención sobre una determinada causa, como el
feminismo (Emily Davison en 1913), el trotskismo (Adolf A. Joffe en 1927) o el
antinazismo (Petra Kelly y su compañero Gert Bastian en 1992).
Pocos suicidios
empero resultan de un plan premeditado que responde a una ideología adversa a
existir. El psicólogo James Hillman lo explica en El suicidio y el alma (1964)
al concebir el impulso de muerte no como un movimiento contrario, sino como una
demanda de encuentro con una realidad absoluta, una exigencia de una vida más
plena a través de la experiencia de la muerte. (Hillman fundó la llamada
«psicología arquetípica», según la cual principio rector de la vida diaria es
el poder).
El psiquiatra
alemán Alfred Hoche acuñó en 1919 el término para definir esta categoría:
Bilanz-Selbsmord, suicidio equilibrado.
Tiene raíces
tanto en la antigua Grecia como en las religiones orientales. En la primera,
fueron portavoces el fundador de la escuela cínica Antístenes y el del
estoicismo, Zenón de Citio, quien inclinó la balanza cuando tropezó y se rompió
un dedo: para qué uno debe seguir viviendo con alguna molestia, por más pequeña
y pasajera que sea, cuando la vida y muerte son indistintas para el hombre
inteligente. Heguesías el cirenaico fue apodado «abogado de la muerte» por
predicar el suicidio ante audiencias que terminaban por cometerlo, hasta que el
rey Ptolomeo lo prohibió para restablecer el orden.
En varios
clásicos asoma una defensa del suicidio, como el Fedón de Platón, el
Enquiridión de Epícteto y poemas de Lucrecio.
Entre las
orientales, la religión jainista –que rechaza todo afecto– promueve el suicidio
ascético por hambre, practicado por «arhats» o seres espirituales perfectos
como Vakkali o Godbika. Los saivas tenían un templo en Vindhyavasini, en donde
frente a la imagen de Bhavani, la forma de la plegaria era cortarse la garganta
hasta morir. Los pandavas en el Himalaya usaban el método de peregrinar sin
pausa hasta morir exhaustos.
En la
modernidad, un tratado pionero es el Biathanatos (1630), obra póstuma de John
Donne de la que Hugh Fausset ha sugerido que el autor de esas doscientas
páginas planeaba coronarlas con su suicidio. Así lo explica Jorge Luis Borges,
para quien el motivo oculto del Biathanatos fue indicar que Jesús se suicidó.
El suicidio fue
para Albert Camus (1913-1960) el único problema filosófico verdaderamente
serio. El primer ensayo de El mito de Sísifo, titulado Lo absurdo y el suicidio
abre con el caso de Peregrinus Proteus que, según el relato de Luciano, en el
año 165 se inmoló en los juegos olímpicos de Atenas.
Para Camus, el
hombre llama al mundo para darle sentido, pero su llamada choca contra un
sentimiento irracional que tienta al suicidio: «Juzgar si la vida vale la pena
ser vivida o no, es responder la principal pregunta de la filosofía... Si uno
no se mata, debe permanecer silencioso frente a la vida».
Borges publicó
en el diario La Nación de Buenos Aires (27-3-83) un relato titulado Agosto 25,
1983, en que vaticina su suicidio para esa fecha exacta, y del que declaró no
haberlo cumplido «Por cobardía».
Sí cumplió el
pintor Maurycy Gottlieb, quien se suicidó a los 23 años en 1879 dejando un
cuadro que incluye la dedicatoria «en recuerdo del honrado maestro Maurycy
Gottlieb, de bendita memoria, 1878».
Cuando en 1988
el filósofo francés Giles Deleuze preparó una serie televisiva de seis horas,
puso como condición que se emitiera después de su muerte –se suicidó el
4-11-95– y Foucault lo consideró «la única mente filosófica de Francia».
La lógica del
sentido de Deleuze invita en una treintena de «paradojas arbitrarias» a
«acribillar la razón... regresar a una prerracional... seguir la ley de no
obedecer la ley». Para Deleuze la historia es «una aventura de la Esquize», y
sólo «la perversidad y la locura conscientes muestran a los sistemas
filosóficos como juegos de superficies y profundidades». Enemigo de toda
aspiración a la profundidad, Deleuze destaca la primacía de la superficie y el
dominio de lo oral por sobre lo escrito. Veía en su filosofía fragmentaria un
arma para destruir la filosofía, la cultura y el psicoanálisis.
Pero por sobre
todos los mentados hay tres singulares filósofos del siglo XIX que, antes de
consumarlo, hicieron del suicidio el foco de su obra: Philip Mainländer
(1841-1876), Carlo Michelstaedter (1887-1910) y Otto Weininger (1880-1903). Los
dos últimos eran de origen judío y se suicidaron a los 23 años de edad.
Weininger, misógino y judeófobo a ultranza, se habría eliminado precisamente
para desembarazarse de su prosapia judía.
El máximo contemporáneo, y el gran inspirador.
Philipp Mainländer
(seudónimo de Philipp Batz, a quien Borges rescató del olvido) escribió La
filosofía de la Redención, publicada el 1 de agosto de 1876, un día antes de
que el autor se pegara un tiro. Según este tratado la verdadera liberación
radica en el suicidio. La conciencia advierte, a través de los tráfagos de la
vida, que la no existencia es mejor que la existencia, y este conocimiento, que
lleva a que el hombre se niegue a perpetuarse y tienda a autoaniquilarse,
consuma finalmente el gran ciclo de la redención del ser: todos somos
fragmentos de un Dios, que en el Big Bang del principio de los tiempos, se
destruyó, ávido de no ser. La historia universal es la oscura agonía de esos
fragmentos y la destrucción del mundo tendría como objetivo resucitar a Dios.
Carlo
Michelstaedter elaboró un pensamiento filosófico poético en Dialogo della
Salute (1912), según el cual la vida aspira siempre a algo distinto de sí, y al
no conseguirlo, experimenta una raigal desilusión, que es a su vez fuente de
impulsos que trascienden la propia existencia hacia un absoluto.
La
irracionalidad del vivir y la desilusión del fracaso dan origen a creaciones, a
racionalizar ilusiones que eventualmente llegan a tener una existencia y valor
propios. En cierta medida, Michelstaedter anticipó ideas de Heidegger y del
existencialismo, así como el «sentimiento trágico de la vida» de Unamuno.
Al tercero de
los anunciados, Otto Weininger, Francisco Romero lo ha llamado «uno de los más
extraños casos de la filosofía contemporánea». Weininger pasó de estudios
literarios y filológicos a las matemáticas y ciencias naturales.
Empiriocriticista, se sumó a un grupo que estudiaba la Crítica de la
Experiencia Pura (1890) de Richard Avenarius. Dominó el francés, inglés,
italiano; supo español y noruego. Su obra Sexo y Carácter (1903) tuvo ya para
1923 una vigésimoquinta edición de 600 páginas (130 de ellas son notas y
complementos) y había sido traducida a seis idiomas. Escribieron sus biografías
Emil Lucka (1905) y Georg Klaren (1924). El israelí Yehoshua Sobol comenzó su
carrera de dramaturgo en 1983 con una teatralización de la última noche de
Weininger, quien murió apenas a los veintitrés años.
El gran
sintetizador de la tanatofilia en la segunda mitad del siglo pasado fue Émile
Michel Cioran (1911-1995), filósofo francés nacido en Rumania, para quien el
ser humano es incapaz de crear ideas libres, y la bondad y la verdad son
cabalmente imposibles. Obras suyas son Breviario de podredumbre (1949), La
tentación de existir (1956), Del inconveniente de haber nacido (1973), y
Desgarradura (1979). Para Cioran «una de
las mayores ilusiones es olvidar que la vida se halla cautiva de la muerte...
Siendo la muerte inmanente a la vida, ¿por qué la conciencia de la muerte hace
imposible el hecho de vivir? La existencia del hombre normal no es turbada por
ella... porque para esa clase de seres humanos normales sólo existe la agonía
última, y no la agonía duradera, inseparable de las primicias de lo vital.
Profundamente, cada paso en la vida es un paso en la muerte, y el recuerdo una
evocación de la nada. Desprovisto de sentido metafísico, el hombre ordinario no
es consciente de la entrada progresiva en la muerte... Cuando la conciencia se
ha desapegado de la vida, la revelación de la muerte es tan intensa que
destruye toda ingenuidad, todo arrebato de alegría y toda voluptuosidad
natural. Hay una perversión, una degradación inigualada en la conciencia de la
muerte. La cándida poesía de la vida y sus encantos parecen entonces vacíos de
todo contenido, al igual que las tesis finalistas y las ilusiones teológicas.
Quienes pretenden que el miedo a la muerte no tiene ninguna justificación
profunda en la medida en que la muerte no puede coexistir con el yo (dado que
éste desaparece al mismo tiempo que el individuo) olvidan el extraño fenómeno
que es la agonía progresiva...
Toda tentativa
de considerar los problemas existenciales desde el punto de vista lógico está
condenada al fracaso. Los filósofos son demasiado orgullosos para confesar su
miedo a la muerte... Estar persuadido de no poder escapar a un destino amargo,
hallarse sometido a la fatalidad, tener la certeza de que el tiempo se ensañará
siempre en actualizar el trágico proceso de la destrucción, son expresiones de
lo Implacable. ¿No constituiría la nada en ese caso la salvación? Pero ¿qué
salvación puede haber en el vacío? Siendo casi imposible en la existencia ¿cómo
podría realizarse la salvación fuera de ella? Y puesto que no hay salvación ni
en la existencia ni en la nada, ¡que revienten entonces este mundo y sus leyes
eternas!»
La extremación
del nihilismo que hemos intentado desgranar tiene un gran inspirador: Arthur
Schopenhauer (1788-1860) quien convirtió «la cosa en sí» kantiana en una
voluntad ciega, radicalmente opuesta a la inteligencia. Todo está animado por
el esfuerzo universal de la Voluntad, que el intelecto transforma en un mundo
de ideas y conceptos. El hombre se debate a un conjuro de ciegos impulsos y
está destinado a luchar sin jamás hallar satisfacción legítima, ya que la vida,
para Schopenhauer, alterna entre dos estados: la frustración y el tedio. La satisfacción
es siempre negativa -la liberación del dolor-.
Según
Schopenhauer, la filosofía debe liberar al hombre de la servidumbre de la
voluntad, su última meta consiste en la completa extinción de la misma. Y la
única razón válida que podría esgrimirse contra el suicidio es que reemplaza un
mundo miserable por otro aparente.
Su pesimismo fue
el más radical y el que más influyó en artistas y filósofos como los referidos,
quienes a lo largo de los siglos XIX y XX fueron ganados por la desilusión del
progreso y sólo vieron el aspecto sombrío de la existencia.
jueves, 18 de abril de 2013
Osvaldo Lamborghini - El niño proletario.
Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño
proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en
una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia
alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo,
asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos
que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más
denso que la mugre de su miseria.
Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar
proletario.
El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su
niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas
asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía
para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente
humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a
la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio
para conservar el fiado.
En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.
Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había
cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a
¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a
entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande.
Evidentemente, la sociedad burguesa, se complace en torturar al niño
proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.
Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre
proletario y vale menos que una cosa. Contrae sífilis y, enseguida que la
contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad
a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de
sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia
de dos espaldas con su esposa ilícita, y así, gracias a una alquimia que aún no
puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se
convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo,
exasperadamente se completa.
¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo
y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres
niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo.
La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.
Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la
vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo
con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo
sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las
monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba
inquiriendo con la cara blanca de terror.
Oh! por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas
obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos
donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado
color.
A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una
zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro,
y nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un
espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio
triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le
terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado!, y lo
miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de
mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario
de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida.
Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra
mano para aumentar la fuerza de la incisión.
No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.
Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran
y llegan a su culminación.
Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la
culminación.
Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con
destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos
del goce.
Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito
sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.
Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos,
amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado,
y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue
Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el
cuerpiño de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura,
todos estos años de fracasada, estropeada pasión: él primero, clavó primero el
vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó
el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo,
iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para
facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó
primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.
Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas
por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos
enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba
brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni
siquiera gritar, porque su boca era firmemente hundida en el barro por la mano
fuerte militari de Gustavo.
A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la
arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido
conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me
agaché, lo incorporé a mi estómago, y Esteban entendió mi hermanación. Se
arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé
una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos
hermanados me arrojé.
Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco
rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La
inocencia del justiciero placer.
Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado.
Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un
punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba
tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies,
malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos,
correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos.
Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano.
—Yo quiero succión —crují.
Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban
terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que
¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la
tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante,
azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda
hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso
blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le
rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulos falanges aferrados, clavados
en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja
hice un ensayo en el cuello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos,
dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse
literalmente en la tardanza.
Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería
limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la
punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y
agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo
se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios
delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se
ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la
rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera
que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe,
lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista,
bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el
rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola
como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese
mismo pañuelo, y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula
eyaculación.
Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en
cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en
la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y
marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara
augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en
el cuello. Justo ahí.
Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo
me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di
vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El
ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos,
como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del
asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el
punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de
sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo
dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de
contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el
falo a la boca respirante de ¡Estropeado! Con los cinco dedos de la mano imité
la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a
¡Estropeado! y le impartí la parca orden:
—Habrás de lamerlo. Succión—
¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera
hacerme daño, aumentándome el placer.
A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije
querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al
irse me regalaron un claro sentimiento de liberación. Era un espacio en blanco
aquel que se extendía para mí crujir.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que
ni sé siquiera si conservo memoria.
Desde la torre fría y de vidrio. Desde donde he contemplado después el
trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la
torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se
aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada,
que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo
que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra
por letra.
Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho
perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto.
Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba
mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo
comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con
exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un
hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza
achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo. Impacientes Gustavo y
Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar
el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para
acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la
boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo. Hasta
que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el
barro la cabeza achatada de animal.
—Ahora hay que ahorcarlo rápido —dijo Gustavo.
—Con un alambre —dijo Esteban en la calle de tierra donde empieza el
barrio precario de los desocupados.
—Y adiós Stroppani ¡vamos! —dije yo.
Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado.
Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando
de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo
caso de estrangulación.
Zbigniew Herbert - Conjeturas sobre Barrabás.
Qué fue de Barrabás Pregunté nadie lo
sabe
liberado de sus cadenas salió a una
calle blanca
pudo torcer a la derecha seguir recto
torcer a la izquierda
andar en círculo cacarear de alegría
como un gallo
Él Emperador de sus propias cabeza y
manos
Él Virrey de su propio hálito
Pregunto pues en cierto modo tomé parte
en el asunto
arrastrado por la turba frente al
palacio de Pilatos grité
como los demás libera a Barrabás a
Barrabás
Todos gritaron aunque sólo yo hubiese
callado
igualmente habría sucedido tal como
tenía que suceder
Y Barrabás quizá volvió con su banda
En las montañas asesina con presteza
hace los debidos pillajes
O abrió un taller de alfarería
Y sus manos manchadas por el delito
limpia en la arcilla de la creación
Es aguador arriero de mulos usurero
propietario de naves -en una de ellas
navegó Pablo hasta los
corintios
o -lo que no puede excluirse-
se convirtió en un apreciado delator a
sueldo de los romanos
Mirad y asombraos del pasmoso juego del
azar
por los poderes de la posibilidad por
las sonrisas de la fortuna
Y el Nazareno
quedó solo
sin alternativa
con un abrupto
sendero
de sangre.
Marqués de Sade - Diálogo entre un sacerdote y un moribundo.
El Sacerdote:
Llegado el instante fatal en que el velo de la ilusión sólo se desgarra para
dejar al hombre reducido al cuadro cruel de sus errores y sus vicios, ¿no te
arrepientes, hijo mío, de los múltiples desórdenes a los que te condujo la
humana debilidad y fragilidad?
El Moribundo:
Sí, amigo mío, me arrepiento.
El Sacerdote:
Pues bien, aprovecha estos remordimientos felices para obtener del cielo, en
este corto intervalo, la absolución general de tus faltas, y piensa que es por
la mediación del santísimo sacramento de la penitencia que te será posible
obtenerla del Eterno.
El Moribundo: No
nos comprendemos.
El Sacerdote:
¡Cómo!
El Moribundo: Te
he dicho que me arrepentía.
El Sacerdote:
Así lo oí.
El Moribundo:
Sí, pero sin comprenderlo.
El Sacerdote:
¿Qué interpretación?...
El Moribundo:
Ésta... Creado por la naturaleza con inclinaciones ardorosas, con pasiones
fortísimas, únicamente colocado en este mundo para entregarme a ellas y para
satisfacerlas, y estos efectos de mi creación no siendo más que necesidades
relativas a las primeras vistas de la naturaleza, o, si lo prefieres, sólo
derivaciones esenciales de sus proyectos sobre mí, todos en razón de sus leyes,
sólo me arrepiento de no haber reconocido bastante su omnipotencia, y mis
únicos remordimientos sólo se refieren al mediocre uso que hice de las
facultades (criminales según tú, según yo muy simples) que ella me había dado
para servirla. La he resistido algunas veces, de eso me arrepiento. Cegado por
tus sistemas absurdos, con ellos combatí toda la violencia de los deseos que
había recibido de una inspiración más que divina, de eso me arrepiento. Coseché
sólo flores cuando pude hacer una amplia cosecha de frutos... Estos son los
justos motivos de mi pesar. Estímame en algo para no atribuirme otros.
El Sacerdote: ¡A
dónde te arrastran tus errores, a dónde te conducen tus sofismas! Prestas a la
cosa creada todo el poder del creador. ¿No ves que esas desdichadas tendencias
que te extravían no son más que efectos de la naturaleza corrompida, a la cual
atribuyes toda la potencia?
El Moribundo:
Amigo, me parece que tu dialéctica es tan falsa como tu espíritu. Quisiera que
razonaras más exactamente o que me dejaras morir en paz. ¿Qué entiendes por
creador, y qué entiendes por naturaleza corrompida?
El Sacerdote: El
Creador es el dueño del universo, es él quien lo ha hecho todo, lo ha creado
todo, y quien conserva todo por un simple efecto de su omnipotencia.
El Moribundo: Es
un gran hombre, sin duda. Pues bien, dime por qué este hombre, que es tan
poderoso, ha hecho, sin embargo, según tú, una naturaleza corrompida.
El Sacerdote:
¿Cuál hubiera sido el mérito de los hombres si Dios no les hubiere dejado su
libre arbitrio, y qué mérito hubiesen tenido para disfrutarlo si no hubiera
habido en la tierra la posibilidad de hacer el bien y la de evitar el mal?
El Moribundo:
Así, pues, tu dios ha querido hacerlo todo oblicuamente sólo para tentar o
probar a su criatura. ¿No la conocía, pues no sospechaba el resultado?
El Sacerdote:
Sin duda que la conocía, pero una vez más quería dejarle el mérito de la
elección.
El Moribundo:
¿Para qué, desde el momento que sabía el partido que tomaría y sólo dependía de
él, ya que le proclamas tan omnipotente, y sólo dependía de él, repito, el
hacerla tomar el bueno?
El Sacerdote:
¿Quién puede comprender los designios inmensos e infinitos de Dios con respecto
al hombre, y quién puede comprender todo lo que vemos?
El Moribundo:
Aquel que simplifica las cosas, amigo mío, sobre todo aquel que no multiplica
las causas para mejor enredar los efectos. ¿Para qué necesitas una segunda
dificultad cuando no puedes explicar la primera, y desde el momento en que es
posible que la naturaleza haya hecho por sí sola lo que le atribuyes a tu dios,
por qué quieres buscarle un amo? La causa de que no comprendas es quizá lo más
simple del mundo. Perfecciona tu física y comprenderás mejor la naturaleza,
depura tu razón y entonces no tendrás necesidad de tu dios.
El Sacerdote:
¡Desdichado! Sólo te creía sociniano, tenía armas para combatirte, pero veo
claramente que eres ateo, y desde el momento en que tu corazón se niega a la
inmensidad de las pruebas auténticas que recibimos cada día de la existencia
del creador, no tengo nada más que decirte. No se le da luz a un ciego.
El Moribundo:
Amigo mío, admite un hecho: de los dos, el más ciego es seguramente aquel que
se pone una venda que el que se la arranca. Tú edificas, inventas, multiplicas;
yo destruyo, simplifico. Tú agregas error sobre error; yo los combato. ¿Cuál de
los dos es el ciego?
El Sacerdote:
¿No crees, pues, en Dios?
El Moribundo:
No. Y esto por una simple razón. Es perfectamente imposible creer en lo que no
se comprende. Entre la comprensión y la fe deben existir conexiones inmediatas;
la comprensión es el primer alimento de la fe; cuando la comprensión no actúa
muere la fe, y ésos que en tal caso pretendieran tenerla, mienten. Te desafío a
que creas en el dios que me predicas -ya que no sabrías demostrármelo, ya que
no está en ti el definírmelo, y, por lo tanto, no lo comprendes- y desde el
momento en que no lo comprendes no puedes suministrarme de él ningún argumento
razonable, pues, en una palabra, todo lo que está por encima de los límites del
espíritu humano es quimera o inutilidad. Si tu dios no puede ser más que una u
otra cosa, en el primer caso sería un loco si creyera en él; un imbécil, en el
segundo. Amigo mío, pruébame la inercia de la materia y te concederé el
creador. Pruébame que la naturaleza no se basta a sí misma y te prometo
suponerle un dueño. Hasta entonces, nada esperes de mí, sólo me rindo a la
evidencia y sólo la recibo de mis sentidos; dónde ellos se detienen allí mi fe
queda sin fuerzas. Creo en el sol porque lo veo, lo concibo como el centro de
reunión de toda la materia inflamable de la naturaleza, su marcha periódica me
complace sin asombrarme. Es una operación de física, acaso tan simple como la
de la electricidad, pero que no nos está permitido comprender. ¿Qué necesidad
tengo de ir más lejos? ¿Cuando me hayas levantado los andamios de tu dios por
encima de esto, qué habré avanzado? ¿No necesitaré hacer tanto esfuerzo para
comprender al obrero como el gastado en definir la obra? Por consiguiente, no
me has prestado ningún servicio con la edificación de tu quimera, has turbado
mi espíritu sin iluminarlo, y debo odiarte en vez de agradecerte. Tu dios es
una máquina que fabricaste para que sirva a tus pasiones, y la has hecho mover
a tu capricho, pero desde el momento en que incomoda los míos permíteme que la
haya derribado. En el instante en que mi alma débil tiene necesidad de calma y
de filosofía no vengas a espantarla con tus sofismas, que la asustarían sin
convencerla, que la irritarían sin hacerla mejor. Amigo mío, esta alma es lo
que la naturaleza quiso que fuera, es decir, el resultado de los órganos que ha
querido formarme en razón de sus designios y de sus necesidades; y como ella
tiene una necesidad igual de vicio y de virtud, cuando quiso llevarme hacia el
primero así lo ha hecho, cuando ha querido la segunda, me ha inspirado deseos
por ella, y me ha entregado a ambos de igual modo. Busca sus leyes como única
causa de nuestra inconsecuencia humana, y no busques a sus leyes más principios
que su voluntad y su necesidad.
El Sacerdote:
Así pues, todo es necesario en el mundo.
El Moribundo:
Seguramente.
El Sacerdote:
Pues, si todo es necesario, todo está, pues, regulado.
El Moribundo:
¿Quién dice lo contrario?
El Sacerdote: ¿Y
quién pudo arreglarlo todo como está si no es una mano omnipotente y sabia?
El Moribundo:
¿No es necesario que la pólvora se inflame cuando se le aplica el fuego?
El Sacerdote:
Sí.
El Moribundo: ¿Y
qué sabiduría encuentras en eso?
El Sacerdote:
Ninguna.
El Moribundo: Es
posible, pues, que haya cosas necesarias sin sabiduría, y posible, por
consiguiente, que todo derive de una causa primera, sin que haya razón ni
sabiduría en esta primera causa.
El Sacerdote: ¿A
dónde quieres llegar?
El Moribundo: A
probarte que todo puede ser lo que es y lo que no es, sin que ninguna causa
sabia y razonable lo conduzca, y que efectos naturales deben tener causas
naturales, sin que haya necesidad de suponerle otras antinaturales, como lo
sería tu dios, ya que él mismo tendría necesidad de explicación sin suministrar
ninguna. Y, por consiguiente, desde que tu dios no es bueno para nada, es
perfectamente inútil; y como hay gran probabilidad de que todo lo inútil es
nulo y de que todo lo nulo es la nada, así pues, para convencerme de que tu
dios es una quimera no tengo necesidad de otro razonamiento fuera del que me
suministra la certeza de su inutilidad.
El Sacerdote:
Sobre este pie me parece innecesario hablarte de religión.
El Moribundo:
¿Por qué no? Nada me divierte tanto como la prueba del exceso de fanatismo y de
la imbecilidad humana sobre este punto. Son extravíos tan prodigiosos que el
cuadro, aunque horrible, a mi juicio es siempre interesante. Responde con
franqueza, y, sobre todo, destierra el egoísmo. Si fuera tan débil que me
dejara sorprender por tus ridículos sistemas de la existencia del ser que hace
necesaria la religión, ¿bajo cuál forma me aconsejarías que le rindiera culto?
¿Quisieras que adoptara los desvaríos de Confucio más bien que los absurdos
Brahama? ¿Qué adorara a la gran serpiente de los negros, al astro de los
peruanos o al dios de los ejércitos de Moisés? ¿A cuál de las sectas de Mahoma
quisieras que me rindiese? ¿Qué herejía de los cristianos es, a tu juicio,
preferible? Cuidado con tu respuesta.
El Sacerdote:
¿Puede ser dudosa?
El Moribundo:
Dila, pues, egoísta.
El Sacerdote:
No, sería amarte tanto como a mí si te aconsejara lo que yo creo.
El Moribundo: Y
es querernos muy poco el escuchar semejantes errores.
El Sacerdote: ¿A
quién pueden cegar los milagros de nuestro divino redentor?
El Moribundo: A
quien no vea en él sino al más ordinario de todos los bribones y al más vulgar
de todos los impostores.
El Sacerdote:
¡Dios, lo escuchas sin descargar tu ira!
El Moribundo:
No, amigo mío, todo está en paz porque tu dios, sea por impotencia, sea por
razón, o, en fin, por lo que tú quieras, es un ser al que admito por un momento
sólo por condescendencia a ti, o, si lo prefieres, para prestarme a tus
pequeños designios, porque ese dios, repito, si existiera como tienes la locura
de creerlo, no puede, para convencernos, haber tomado los medios tan ridículos
como los que tu Jesús supone.
El Sacerdote:
¡Cómo, las profecías, los milagros, los mártires, no son pruebas?
El Moribundo:
¿Cómo quieres, en buena lógica, que pueda recibir como prueba aquello que
necesita probarse? Para que la profecía sea una prueba sería necesario,
primeramente, que yo tuviera la certidumbre completa de que ha sido hecha;
pues, al consignársela en la historia sólo tiene para mi la fuerza de los otros
hechos históricos, dudosos en sus tres cuartas partes; y si a esto agrego la
apariencia más que verdadera de que me han sido transmitidos por historiadores
interesados, estaría, como lo ves, más que en mi derecho para dudar de ellos.
¿Quién me asegura, por otra parte, que esa profecía no ha sido hecha con
posterioridad, que no ha sido el efecto de la combinación de la más simple
política como la de concebir un reino feliz bajo un rey justo, o la de la
helada en invierno? Y si esto es así, ¿cómo quieres que la profecía, al tener
tanta necesidad de ser probada, pueda convertirse en prueba? Con respecto a tus
milagros, ellos tampoco se me imponen. Todos los bribones los han hecho, y
todos los tontos los han creído. Para persuadirme de la verdad de un milagro
tendría necesidad de estar muy seguro de que el acontecimiento que tú llamas de
esa manera fuera absolutamente contrario a las leyes de la naturaleza, pues
sólo lo que está fuera de ella puede pasar por milagro. ¿Y quién la conoce
bastante para atreverse a afirmar cuál es precisamente el punto en que se
detiene y cuál es el que infringe? Bastan dos cosas para acreditar un
pretendido milagro, un titiritero y unas mujerzuelas. Vamos, no busques jamás un
origen distinto para los tuyos. Todos los nuevos sectarios los han hecho, y, lo
que es más singular, todos encontraron imbéciles para creerles. Tu Jesús no ha
hecho algo más singular que Apolonio de Tiana, y, sin embargo, nadie ha pensado
en tomar a éste por un dios. En cuanto a tus mártires, éste es el más débil de
tus argumentos, sólo falta el entusiasmo y la resistencia para hacer mártires,
y mientras la causa opuesta me ofrezca tantos como la tuya, jamás estaré lo
suficientemente autorizado para creer a la una mejor que la otra, sino muy
inducido, en cambio, a suponer despreciables a ambas. ¡Amigo mío! Si fuera
verdad que existe el dios que predicas, ¿tendría necesidad de milagro, mártir o
profecía para establecer su imperio? Y si, como dices, el corazón humano fuera
su obra, ¿no sería ése el santuario que hubiera elegido para su ley? Esta ley
igual, pues emanaría de un dios justo, se encontraría de manera irresistible
grabada igualmente en el corazón de todos, y, de un extremo al otro del
universo, todos los hombres, al ser semejantes por ese órgano delicado,
igualmente serían semejantes por el homenaje que rendirían al dios que le
hubiera dado este corazón, no tendrían más que una manera de amarlo, más que
una manera de adorarlo y servirlo y tan imposible les sería desconocer ese dios
como resistir a la inclinación secreta de su culto. ¿En vez de eso, no veo en
el universo tantos dioses como países; tantas maneras de servir a esos dioses
como diferentes cabezas o diferentes imaginaciones hay? Esta multiplicidad de
opiniones, en la cual físicamente me es imposible elegir, ¿sería, a tu juicio,
la obra de un dios justo?. Vamos, predicante, ultrajas a tu dios al
presentármelo de esta manera. Déjame negarlo completamente, pues si existiera,
entonces le ultrajaría menos mi incredulidad que tus blasfemias. Vuelve a la
razón, predicante, tu Jesús no vale más que Mahoma, Mahoma, menos que Moisés, y
estos tres, menos que Confucio, quien, sin embargo, dictó algunos buenos
principios mientras que los otros tres disparataban. Pero, en general, todos
éstos no son más que impostores, de los cuales el filósofo se ha burlado, y a
los cuáles la canalla ha creído, y a los cuales la justicia hubiera debido
ahorcar.
El Sacerdote:
¡Ay de mí, sólo lo hizo con uno!
El Moribundo:
Era el que más lo merecía. Sedicioso, turbulento, calumniador, bribón,
libertino, grosero, farsante y malvado peligroso, poseía el arte de engañar al
pueblo y mereció, por lo tanto, el castigo de un reino en el estado en que se
encontraba entonces el de Jerusalén. Fueron muy prudentes al deshacerse de él,
y es quizás el solo caso en que mis máximas, extremadamente dulces y tolerantes
por lo demás, admiten la severidad de Temis. Excuso todos los errores, salvo
aquellos que pueden ser peligrosos para el gobierno en que se vive. Los reyes y
sus majestades son las únicas cosas que se me imponen, las únicas que respeto,
pues quien no ama a su país y a su rey, no es digno de vivir.
El Sacerdote:
Pero, en fin, admitirás algo después de esta vida, es imposible que tu espíritu
no se haya complacido, algunas veces, en atravesar la espesura tenebrosa de la
suerte que nos espera. ¿Qué sistema puede ser más satisfactorio que el de una
multitud de penas para quien vivió mal y el de una eternidad de recompensas
para quien vivió bien?
El Moribundo:
¿Cuál, amigo mío? El sistema de la nada nunca me ha espantado: es consolador y
simple. Todos los otros son obra del orgullo, sólo éste lo es de la razón. Por
lo demás, no es ni espantosa ni absoluta esa nada. ¿No tengo ante mi vista el
ejemplo de las generaciones y regeneraciones de la naturaleza? Nada perece,
amigo mío, nada se destruye en el mundo. Hombre hoy, gusano mañana, pasado
mañana mosca, ¿no es siempre existir? ¿Y por qué quieres que me recompensen por
virtudes cuyo mérito no tengo, o me castiguen por crímenes cuyo dueño no he
sido? ¿Puedes conciliar la bondad de tu pretendido dios con este sistema, y
puede él haber querido crearme para darse el placer de castigarme, y esto sólo
a consecuencia de una elección de la que no he sido dueño?
El Sacerdote: Lo
eres.
El Moribundo:
Sí, según tus prejuicios. Pero la razón los destruye. Y el sistema de la
libertad humana sólo fue inventado para fabricar el de la gracia que llegó a
ser tan favorable a tus desvaríos. ¿Qué hombre en el mundo, si viera el
patíbulo junto al crimen, lo cometería si fuera libre de no cometerlo? Una
fuerza irresistible nos arrastra, y ni por un instante somos dueños de
determinarnos por nada que no esté del lado hacia el cual nos inclinamos. No
hay una sola virtud que no sea necesaria a la naturaleza; y, reversiblemente,
ni un solo crimen del que no tenga necesidad, y toda su ciencia consiste en el
perfecto equilibrio en que mantiene a ambos. ¿Podemos ser culpables del lado
hacia el que nos arroje? Tanto como la avispa que clava su aguijón en tu piel.
El Sacerdote:
Así, pues, ¿los crímenes más grandes no deben inspirarnos ningún espanto?
El Moribundo: No
he dicho eso. Basta que la ley lo condene y que la cuchilla de la justicia lo
castigue para que nos inspire la aversión o el terror, pero desde que
desdichadamente se haya cometido, hay que saber tomar su partido y no
entregarse a estériles remordimientos. Su efecto es vano, pues no pudo
preservarnos de él; nulo, pues no lo repara. Es absurdo, pues, entregarse a los
remordimientos, y más absurdo aun temer el castigo en el otro mundo si somos
bastante dichosos de haber escapado al castigo de éste. Dios no quiera que vaya
con esto a estimular el crimen, hay que evitarlo tanto como se pueda, pero es
por la razón que es necesario huirle, y no por falsos temores que no consiguen
nada, y cuyo efecto se destruye tan rápido en un alma firme. La razón, amigo
mío; sí, sólo la razón debe advertirnos que perjudicar a nuestros semejantes no
puede jamás hacernos felices, y nuestro corazón, que contribuir a su felicidad
es lo más grande que la naturaleza nos haya acordado en la tierra. Toda moral
humana se encierra en esta sola frase: hacer a los demás tan felices como uno
mismo desea serlo, y no causarles nunca un mal que no quisiéramos recibir.
Estos son, amigo mío, estos son los únicos principios que debemos seguir y no
hay necesidad de religión ni de dios para apreciarlos y admitirlos: Sólo se
necesita un buen corazón. Pero siento que me debilito, predicante. Abandona tus
prejuicios, sé hombre, sé humano, sin temor y sin esperanza, abandona tus
dioses y tus religiones. Todo esto sólo es bueno para poner cadenas en las
manos de los hombres, y el solo nombre de todos estos horrores ha hecho verter
más sangre en la tierra que todas las otras guerras y plagas juntas. Renuncia a
la idea del otro mundo, no lo hay, pero no renuncies al placer de ser feliz y
de hacer la felicidad en éste. Esta es la única manera que te ofrece la
naturaleza rara duplicar o extender tu existencia. Amigo mío, la voluptuosidad
siempre fue el más querido de mis bienes, le he ofrecido incienso toda mi vida,
y quiero terminarla en sus brazos. Mi fin se aproxima. Seis mujeres más bellas
que el día están en el cuarto vecino, las reservaba para este momento. Toma de
ellas tu parte, trata de olvidar en su seno, a ejemplo mío, todos los vanos
sofismas de la superstición y todos los imbéciles errores de la hipocresía.
Nota: El
moribundo llamó, las mujeres entraron y el predicante se convirtió en sus
brazos en un hombre corrompido por la naturaleza, por no haber sabido explicar
lo que era la naturaleza corrompida.
Manuel Rojas - Laguna.
De aquella época
de mi vida, ningún recuerdo se destaca tan nítidamente en mi memoria y con
tantos relieves como el de aquel hombre que encontré en mis correrías por el
mundo, mientras hacía mi aprendizaje de hombre.
Hace ya muchos
años. Al terminar febrero, había vuelto del campo donde trabajaba en la cosecha
de la uva. Vivía en Mendoza. Como mis recursos dependían de mi trabajo y éste
me faltaba, me dediqué a buscarlo. Con un chileno que volvía conmigo,
recorrimos las obras en construcción, ofreciéndonos como peones. Pero nos
rechazaban en todas partes. Por fin alguien nos dio la noticia de que un inglés
andaba contratando gente para llevarla a Las Cuevas, en donde estaban
levantando unos túneles. Fuimos. Mi compañero fue aceptado en seguida. Yo, en
ese entonces, era un muchacho de diecisiete años, alto, esmirriado, y con
aspecto de débil, lo cual no agradó mucho al inglés. Me miró de arriba abajo y
me preguntó:
-¿Usted es bueno
para trabajar?
-Sí –le
respondí-. Soy chileno.
-¿Chileno? Aceptado.
El chileno
tiene, especialmente entre la gente de trabajo, fama de trabajador sufrido y
esforzado y yo usaba esta nacionalidad en esos casos. Además mi continuo trato
con ellos y mi descendencia de esa raza me daban el tono de voz y las maneras de
tal.
Así fue cómo una
mañana, embarcados en un vagón de tren de carga, hacinados como animales,
partimos de Mendoza en dirección a la cordillera. Éramos, entre todos, como
unos treinta hombres, si es que yo podía considerarme como tal, lo cual no
dejaba de ser una pretensión.
Había varios
andaluces, muy parlanchines; unos cuantos austríacos, muy silenciosos; dos
venecianos, con hermosos ojos azules y barbas rubias; unos pocos argentinos y
varios chilenos.
Entre estos
últimos estaba Laguna. Era un hombre delgado, con las piernas brevemente
arqueadas, el cuerpo un poco inclinado, bigote lacio de color que pretendía ser
rubio, pero que se conformaba modestamente con ser castaño. Su cara recordaba
inmediatamente a un roedor: el ratón.
Le ofrecí
cigarrillos y esto me predispuso a su favor. Me preguntó mi edad y al decírsela
movió la cabeza y suspiró:
-¿Diecisiete
años? Un montoncito así de vida.
Y señalaba con
el pulgar y el índice una porción pequeña e imaginable de lo que él llamaba
vida.
Usaba alpargatas
y sus gruesas medias blancas subían hacia arriba aprisionando la parte baja del
pantalón. Una gorra y un traje claro, muy delgado, completaban su vestimenta
que, como se ve, no podía ser confundida con la de ningún elegante. A la hora
del almuerzo compartí con él mi pequeña provisión y esto acabó de atraerlo
hacia mí. Más decidor ya, por efecto de la comida, me contó algo de su vida;
una vida extraña y maravillosa, llena de vicisitudes y de pequeñas desgracias
que se sucedían sin interrupción. Hablando con él, observé esta rara manía o
costumbre: Laguna no tenía nunca quietas sus piernas. Las movía constantemente.
Ya jugaba con los pies cambiando de sitio o posición una maderita o un trocito
de papel que hubiera en el suelo; ya las movía como marcando el paso con los
talones; ya las juntaba, las separaba, las cruzaba o las descruzaba con una
continuidad que mareaba. Yo supuse que esto provendría de sus costumbres de
vagabundo, suposición un tanto antojadiza, pero yo necesitaba clasificar este
rasgo de mi nuevo amigo. Su cara era tan movible como sus piernas. Sus arrugas
cambiaban de sitio vertiginosamente. A veces no podía yo localizar fijamente a
una. Y sus pequeños ojos controlaban todo este movimiento con rápidos parpadeos
que me desconcertaban.
-¿De dónde es
usted, Laguna?
(¿Por qué se llamaría Laguna? ¿Sería un mote o
un nombre? Nunca lo supe.)
Contestóme:
-Soy chileno; de
Santiago. Pura Araucanía.
Parecía tener el
orgullo de su raza y seguramente decía aquella última frase para significar que
era un chileno de pura sangre araucana.
En el tren
intimamos mucho. Los demás no me llamaban la atención. Laguna era una fuente
inagotable de anécdotas y frases graciosas. Mi juventud se sentía atraída por
este hombre de treinta y cinco años, charlador inagotable, cuya vida era para
mi adolescencia como una canción fuerte y heroica que me deslumbraba. Su tema
favorito era su mala suerte:
-Yo soy roto muy
fatal, hermano. Usted se morirá de viejito, le saldrá patilla hasta para
hacerse una trenza y nunca encontrará un hombre tan desgraciado como yo.
El dolor de su
vida, en lugar de entristecerme, me alegraba. Contaba sus desgracias con tal
profusión de muecas e interjecciones, que yo me reía a gritos. Se paraba un
instante, se ponía serio y me decía:
-No se ría de la
desgracia ajena; eso es malo.
Y seguía
contando. En las partes que él consideraba trágicas o patéticas, sus ojos se
cerraban y sus orejas, largas y transparentes, parecían trasladarse hacia la
nuca.
-Y entonces,
cuando gritaron: ¡cuidado, que vamos a largar!, yo me hice a un lado, el poste
cayó, una piedra saltó y me rompió la cabeza.
Sus arrugas
tornaban a su posición normal, sus ojos se abrían, las orejas volvían al sitio
predilecto y me miraba para ver qué impresión hacía en mí su relato.
-¡Ja, ja, ja!
¡Qué Laguna!
Y toda la
peonada hacía coro a mis risas.
*** *** ***
Al anochecer del
mismo día llegamos a Las Cuevas. Yo conocía la cordillera por haberla
atravesado dos veces en mi niñez, pero de ella no guardaba más recuerdo que el
de una mulita muy suave, un arriero que me cuidaba, de un coche que rodaba
entre dos murallas de nieve y de mi madre, este último más patente que los
otros. Por lo tanto, el espectáculo era nuevo para mí. Una sensación inmensa de
pequeñez sobrecogió mi espíritu, cuando, al descender del tren, mi vista
recorrió ese inmenso anfiteatro de montañas. El cielo me parecía más lejano que
nunca. Ni un árbol. Aridez absoluta en todo lo que veía. Rocas que se erguían,
crestas rojas o azules, manchones de nieve, soledad, silencio. El tren se perdía
como un gusano, entre las moles, ridículo de pequeño. Y los hombres parecíamos
más pegados al suelo que en ninguna parte.
Como no nos
esperaban con alojamiento preparado en el hotel, tuvimos que proceder
inmediatamente al levantamiento de las carpas que nos servirían de habitación.
A cinco chilenos, entre los cuales estaba Laguna, nos dieron una. La paramos en
medio de maldiciones y juramentos. Corría un viento fuerte que azotaba la tela
y la hacía hincharse como una vela. Cuando ya la teníamos casi armada, el
viento la tumbaba. Laguna cogía su gorra, la tiraba al suelo, zapateaba un poco
sobre ella, luego se tomaba la cabeza con ambas manos y levantando al cielo su
cara, exclamaba:
-¡Por Diosito,
Señor!
Esta parecía ser
su exclamación favorita.
Por fin la carpa
quedó en estado de habitarla y nos repartimos el pedazo de terreno, sembrado de
piedras del tamaño de un puño, que utilizaríamos a modo de blanda cama.
Extendimos nuestras ropas en el suelo. Laguna nos miraba hacer. Alguien
preguntó:
-¿En qué irá a
dormir Laguna?
Este lo miró y
bajó la cabeza avergonzado. Nada que denunciara la presencia de una prenda de
vestir o de cama había en su equipaje, que llevaba envuelto en un pañuelo.
Cuando nos
acostamos, Laguna estuvo un momento parado, con expresión de hombre indeciso;
conversaba y fumaba. Luego se decidió y sin hacer ningún preparativo se tendió
en el desnudo suelo, al lado mío. Yo quise ofrecerle mi cama, pero el temor de
avergonzarlo me hizo desistir. Se apagó la luz. Con los ojos abiertos en la sombra,
tendido de espaldas en mi lecho, conversé un momento con él. A la luz de su
cigarro veía a intervalos su nariz aguileña y su bigote lacio. Después,
insensiblemente me quedé dormido. Desperté al cabo de unas horas y mientras
orientaba mi pensamiento escuché los ruidos de la noche. Afuera el viento, muy
frío, parecía aullar como un animal aguijoneado. El rumor del río aumentaba con
su rodar de piedras aquel grito prolongado del viento. La carpa crujía
violentamente. En medio de toda aquella sinfonía salvaje percibí un sonido
humano. Pensé que alguien rondaba, tal vez perdido, alrededor de la carpa e
incorporándome en la cama escuché con atención. Pero no era afuera. Era al lado
mío. Laguna, dormido seguramente helado de frío, castañeteaba los dientes y se
quejaba.
-Laguna…
No me contestó.
-Laguna.
Silencio.
-Laguna.
-¡Ah!
-¿Qué le pasa?
-Tengo frío,
hermanito.
-Acuéstese aquí.
-No, gracias.
-Venga, hombre.
Se levantó y
empezó a desnudarse. De repente oí un sollozo y Laguna lo comentó diciendo:
-Yo soy un roto
muy fatal.
Después, como un
perro, buscó la cama y se acurrucó entre las ropas, tiritando.
-Hermanito…
-¿Qué quiere?
-Muchas gracias.
No contesté.
Laguna suspiró, se movió un poco, se encogió, seguramente hizo una de sus
muecas acostumbradas y por fin se durmió. Yo escuché un momento su respiración,
cortada a trechos por suspiros, y luego me dormí.
Al otro día
empezó el trabajo. Se trataba de hacer túneles para resguardar la línea de las nevazones
y los pequeños rodados. El trabajo era fuerte, pero como el frío también lo
era, ambos se neutralizaban con gran alegría nuestra y satisfacción del inglés.
A los diez días
de estar allí, nuestros rostros habían cambiado completamente. El frío quemaba
la piel, la rajaba; la cara se despellejaba, las pestañas caían quemadas
también y a todo este trabajo de destrucción y transformación contribuía el
hecho de que nadie se lavara la cara sino los domingos. El agua era tan helada
que nadie se animaba a hacerlo. Solamente los días de descanso se calentaba
agua y se procedía a una limpieza, minuciosa por parte de unos, somera por la
de otros. Además, nuestras ropas viejas y sucias, los ponchos oscuros y las
barbas crecidas, aumentaban el cambio, haciéndonos aparecer, a los ojos de
cualquier viajero erudito, como descendientes directos de una familia de
trogloditas.
*** *** ***
A los quince
días de estar ahí le sucedió la primera desgracia a Laguna, si es que desgracia
puede llamarse lo que voy a narrar. El ya lo extrañaba; me decía:
-¿No le parece
raro que no me haya pasado nada?
Y arrugaba la
nariz.
Fue un día
jueves. El día anterior había nevado y el frío era intenso. Trabajábamos en una
zorra y Laguna era el "bandera". Su trabajo consistía en ir delante
de nosotros, a distancia de una cuadra, llevando una bandera roja con la cual
anunciaba la proximidad del tren.
Veníamos con una
carga de madera. Cuando llegamos al sitio en que debíamos descargar, vimos que
Laguna estaba sentado detrás de un peñasco y bien arrebujado en su poncho.
Silbaba monótonamente:
- Fi…, fi…, fiiii…
Le dijimos
algunas bromas y empezamos a descargar. En los ratos que descansábamos, Laguna
nos advertía su presencia con el fi fi de su silbido. Corría un vientecillo que
cortaba las carnes. De repente Laguna dejó de silbar. No paramos en ello la
atención y cuando terminamos uno gritó:
- ¡Ya, Laguna,
vamos!
Pero Laguna no
contestó.
- ¿Se habrá
quedado dormido? Vamos a darle una broma.
Uno de los
compañeros fue sigilosamente hacia él. Cuando estuvo delante, levantó el poncho
como para pegarle. De pronto se inclinó, miró fijamente a laguna y alzando los
brazos gritó:
- ¡Muchachos,
vengan!
Corrimos. Cuando
llegamos, Laguna, con la cabeza inclinada sobre un hombro, sonreía dulcemente
como si soñara. Se estaba helando. Lo levantamos violentamente y mientras uno
lo sujetaba, descargamos sobre él una verdadera lluvia de ponchazos,
pellizcones bofetadas y creo que hasta puntapiés. Al cabo de un rato abrió los
ojos y nos miró atontado. Le refregamos la cara con nieve y le seguimos
pegando. De pronto gritó:
- ¡Ya está
bueno! ¡Ya está bueno!
Y salió
corriendo. Como un caballo que ha estado largo tiempo atado, Laguna daba
saltos, tiraba puntapiés, se revolcaba en el suelo, lanzaba fuertes puñetazos,
hacía mil contorsiones y, por último, variando el ejercicio, cantó, mientras se
acompañaba de un furioso zapateo:
Suspirando te llamé
y a mí llamado no vienes;
como me ves sin trabajo
te haces sorda y no me entiendes.
Hasta que cayó
al suelo, jadeando como una bestia.
*** *** ***
Mientras tanto,
el trabajo adelantaba rápidamente. Ya en algunos sitios la vía estaba cubierta
por los túneles. Se hacían hoyos en el suelo, se metían en ellos enormes
postes, éstos se juntaban por medio de una trabazón de madera y luego todo se
revestía de planchas de zinc. Como el terreno era pedregoso, muchas veces en
los hoyos se encontraban gruesos peñascos que era necesario partir con
dinamita. Todos los días, a la hora del almuerzo o de la comida, fuertes
detonaciones rajaban el silencio de la cordillera. Los estampidos resonaban
contra los cerros más cercanos y éstos devolvían un eco que chocaba en otros,
sucesivamente, hasta convertirlos en un trueno prolongado y profundo.
A consecuencia
del accidente anterior, la movilidad de Laguna se acrecentó
extraordinariamente. El miedo a helarse nuevamente lo hacía andar en un
perpetuo entrenamiento físico. Saltaba, corría, bailaba y zapateaba.
¡Pobre Laguna!
Verdaderamente, era fatal. Un día cayó un poste; todos corrieron, Laguna más
que nadie; pero, al ir corriendo y mirar hacia atrás, tropezó en un durmiente
de la vía y el filo de otro casi le quebró una pierna. Otro día lo llevaron
preso sin causa alguna y lo tuvieron todo el día haciendo un camino en la
nieve, entre el cuartel y la estación, en medio de un fuerte frío. Parece que
esto era un recurso de que se valían los guardias cada vez que la nieve tapaba
el camino.
Después los
acontecimientos se precipitaron y la fatalidad se apretujó más sobre su cabeza
de roedor.
Andábamos
trabajando en la zorra y volvíamos de Las Cuevas con una carga de ochenta
planchas de zinc que pesaban once kilos cada una. Como de la estación al
campamento la vía tenía un profundo declive, largamos los frenos y la zorra se
precipitó velozmente hacia abajo. Con el impulso que traía, ayudado por la
pesada carga y por la pendiente de la línea, el vehículo se cargó. Agarró tal
velocidad, que un poco más allá del puente del río los postes y las rocas
pasaban ante nuestra vista con tal continuidad, que parecía que entre ellos no
había ninguna distancia. Cuando quisimos frenar, la zorra no obedeció y de esa
manera pasamos por el campamento en una carrera trágica. Yo iba en el freno
delantero y Laguna en el de atrás. Ya la peonada corría detrás de nosotros
gritando:
- ¡Tírense!
¡Tírense!
Uno gritó:
- ¡Hay que
tirarse!
Se envolvió la
cabeza con el poncho y saltó. Dio una vuelta en el aire y luego pareció
hundirse en el suelo. Otro de los peones cayó de lado y quedó inmóvil. El
tercero quedó parado después de describir un círculo que habría causado
admiración a cualquier geómetra. Yo tiré mi poncho y luego me arrojé de
espaldas al vacío. Caí de bruces. Cuando levanté la cabeza, la zorra iba a una
cuadra de distancia. Laguna iba parado en el freno; su poncho oscuro se agitaba
a impulsos del viento como una bandera de muerte. La boca de un túnel pareció
tragarse al hombre y al vehículo, que después de un instante reaparecieron por
el otro lado. Todos corríamos detrás. De repente, el freno resbaló, Laguna
vaciló y por un segundo sus manos arañaron el vacío. Luego cayó de boca. A los
treinta metros, en una violenta curva de la vía, la zorra saltó y las planchas
de zinc se clavaron en los postes. Cuando llegamos, Laguna yacía a un costado
de la línea. Había caído sobre la cremallera y del golpe se le saltaron casi
todos los dientes. Después rebotó y cayó en una acequia, en cuyo filo se hizo
dos heridas en la cabeza. Tenía la cara llena de sangre y respiraba
quejumbrosamente. Al otro día se lo llevaron al hospital.
*** *** ***
A los pocos
días, antes de terminarse los trabajos del túnel, yo bajé a Mendoza. Había sido
hablado para invernar, como peón, en una estación situada entre Las Cuevas y
Puente del Inca, y necesitaba comprar ropas de invierno. Cuando quise volver,
la Compañía me negó el pasaje por no presentar una autorización del jefe o del
capataz. Como mi ropa había quedado allá, resolví regresar a pie. Me uní con
dos anarquistas chilenos que regresaban a su tierra y emprendimos el viaje,
saliendo de Mendoza una noche de abril. Después de tres días de viaje, llegamos
al campamento y allí me encontré con Laguna, que ya había vuelto del hospital.
Estaba visiblemente cambiado. La cara se le había hecho más pequeña, tenía la
boca hundida a causa de la falta de los dientes, y toda su persona parecía
estar inclinada bajo un peso invisible. Me llamó a su lado y me dijo casi
llorando:
- Hermano,
vámonos a Chile. Siento que si me quedo aquí me voy a morir.
Lo pensé y me
decidí. Le dije que sí. Se alegró tanto que me dio un abrazo. Esperamos la
noche para salir. De día era peligroso pasar porque había nevado y el camino
del cuartel a la estación estaba tapado. Los peones nos dieron carne, queso,
charqui y café. A unos cuantos arrieros que venían de Chile les preguntamos si
el tiempo era bueno en la cordillera y nos contestaron que el viento que corría
no era fuerte y que la nieve caída era muy poca.
A las nueve,
después de efusivas despedidas, partimos los cuatro: Laguna, los dos
anarquistas y yo.
Había nevado
bastante y el camino estaba tapado. Nos orientamos por las luces de la
estación. Atravesamos un pequeño puente y empezamos a buscar el camino ancho. A
las dos cuadras nos perdimos. Por fin, después de varias vueltas, encontramos
la buena ruta y empezamos a subir. A los mil metros de altura empezó a nevar
fuertemente. La noche era oscurísima. Caminábamos un trecho y descansábamos. El
peso de nuestra ropa, que llevábamos a la espalda, nos fatigaba un poco. No
hablábamos. Laguna iba adelante con la cabeza gacha y silbando despacito. De
vez en cuando, con un dulce dejo de pena, cantaba:
Dos corazones tengo
para quererte;
uno tengo de vida
y otro de muerte.
De repente se
detuvo y nos dijo:
- Oigan.
Escuchamos. Un
ruido profundo y sostenido llegó hasta nosotros. De pronto el ruido se trocó en
un clamor casi humano. Parecía que una garganta enorme, de voz ronca, gritaba
en la cumbre.
Laguna dijo:
- Es el viento.
El era. Llegaba
loco, furioso, estruendosamente. Después de un momento, el clamor subió a
rugido y éste se multiplicó en todos los tonos. Golpeaba en las rocas, saltaba
de quebrada en quebrada, se azotaba contra un cerro y rebotaba en otro. Parecía
que un ejército de leones bajaba rugiendo hacia el llano. Era horrible y
hermoso.
Como íbamos a
favor de un cerro, no lo sentíamos en nuestros cuerpos, pero, al dar vuelta el
camino, el viento nos detuvo como una mano poderosa. Daban ganas de gritar y de
llorar. La sangre zumbaba bajo la impresión de este emocionante e invisible
espectáculo. El viento subía rabiosamente desde el lado chileno, llegaba a la
cumbre y se derrumbaba poderosamente hacia el llano argentino.
Nos detuvimos a
conferenciar. Hablábamos en voz baja, como temiendo que el viento nos oyera.
Volver era peligroso. Nos exponíamos a que el viento nos cogiera de espaldas y
nos lanzara cerro abajo, como a las mulas cargadas. Decidimos seguir. Y nos
lanzamos al camino. A los pocos pasos nos detuvimos, ahogados. La fuerza del
viento era tal, que nos impedía arrojar el aire absorbido en la respiración.
Laguna gritó:
- ¡Tápense la
boca con un pañuelo!
Seguimos su
consejo y pudimos respirar. Caminábamos de lado para ofrecer menos blanco al
viento. A los tres mil ochocientos metros nos detuvimos indecisos. Un pequeño
rodado había tapado el camino, y en lugar de la línea recta de éste, sólo se
veía una blanca raya oblicua que bajaba vertiginosamente hacia la quebrada. La
nieve, endurecida, era resbaladiza como jabón.
- Hasta aquí
llegamos.
¿Cómo pasar? No
traíamos ni un miserable palo con que ayudarnos. Uno de los anarquistas,
llamado Luis, dijo:
- Es preciso
pasar.
Sacó un largo
cuchillo y se lanzó sobre aquella raya, en cuyo fin la muerte abría la boca
enorme de la quebrada.
Inclinados bajo
el viento, lo miramos pasar. Clavaba el cuchillo, agarrado a éste daba un paso,
se tendía en la nieve, sacaba el cuchillo, lo clavaba, daba otro paso y poco a
poco se alejaba de nosotros. De repente resbaló y rodó un metro. Lanzamos un
grito. El hombre quedó un momento inmóvil y luego empezó a subir,
arrastrándose, hasta que logró asirse del cuchillo que había quedado clavado.
Demoró veinte minutos en atravesar los ochenta metros del rodado.
Después pasé yo.
Nunca, como aquel momento, me he sentido más cerca de la muerte. Apretados los
dientes, hincando con todas mis fuerzas los zapatos en la nieve, buscando en la
sombra los hoyos abiertos por el cuchillo del anarquista, atravesé aquel camino
angustioso. Caer era rodar mil o dos mil metros hasta quedar convertido en una
cosa sin nombre. Cuando llegué al camino, permanecí un momento desorientado y
luego me lancé a correr hacia la casilla del Cristo Redentor. Allí estaba Luis.
Con fósforos hicimos arder papeles y nos calentamos las entumecidas manos.
- ¿Y los otros?
- Ya vienen.
Esperamos un
largo rato y no aparecieron.
- ¿Se habrán
perdido? Vamos a buscarlos.
Salimos y
gritamos.
- Si han seguido
hacia delante es inútil gritar. El viento nos devuelve los gritos.
Recorrimos los
alrededores y de pronto oímos una voz que llamaba a lo lejos. Buscamos al que
gritaba y encontramos al otro anarquista, abrazado a un poste de los que marcan
los límites de Chile y Argentina. Lo levantamos y lo sacudimos un poco hasta
que se repuso.
- ¿Y Laguna?
- No sé; cuando
yo llegué a este lado del rodado, él empezaba a atravesarlo.
- Habrá seguido.
- No; no ha
seguido. Debe haberse perdido.
Una enorme
angustia me subió del corazón a la garganta y corrí como un loco, gritando:
- ¡Laguna!
¡Hermanito!
Pero el viento
me devolvía sarcásticamente los gritos.
*** *** ***
Al otro día,
mientras bajábamos, busqué por todas partes los rastros de Laguna. Pero
seguramente la nieve había tapado sus huellas, porque ni en el camino, ni en
las quebradas, ni en ninguna parte la marca de un pie o de un cuerpo quebraba
la armoniosa tersura de aquella inmensa sábana, bajo la cual, seguramente,
Laguna dormía su último sueño.
- ¡Pobre roto
fatal!
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